Anticipo
El inicio de los fuegos
Seco, muy reseco el ambiente por el calor de ese marzo agorero de año bisiesto, hace 150 años. ¡Adiós al verdor de la estación lluviosa, así como a la sencilla y apacible vida de los días pretéritos!
Porque este era un país casi deshabitado, colmado de montañas prístinas, donde era común escuchar cerca el rugido de jaguares y pumas y el ulular de monos congos, ver las firmes huellas del transitar de dantas y palpar, en el dosel del bosque, el potente aleteo del águila arpía.
Lo cruzaban apenas dos rutas largas para comunicarlo con el mundo exterior. Una era la angosta trocha embarrialada de San José a Muelle (en la ribera del río Sarapiquí), convertida a continuación en vía fluvial para alcanzar San Juan del Norte (Greytown), en Nicaragua. La otra era la de Puntarenas, maciza para el trasiego de café en las carretas que después regresaban cargadas de mercaderías extranjeras, desde ese puerto.
Tiempos de bonanza, sin duda. Habían surgido gracias a ese cultivo prodigioso que es el café, cuyo grano empezó a exportarse en 1832, tornándose en fuente de riqueza y factor democratizador en el plano económico, como lo fue hasta hace pocos años en nuestras zonas intermontanas.
El hermosísimo altiplano del Valle Central y algunas comarcas distantes eran entonces habitadas por un pueblo laborioso, de talante pacifista, ajeno a turbulen-cias bélicas, como las que sufrían algunos países vecinos.
En la aldeana capital, el ambiente era más bien anodino, sin mayores sobresaltos, y, salvo por las aglomeraciones en la gallera, los días de mercado en la Plaza Principal y la concurrencia masiva a la misa dominical, la vida cotidiana se centraba en el trabajo.
Pero este esfuerzo colectivo de construcción se vio crudamente amenazado por la descomunal torpeza del liberal Francisco Castellón, quien pactó con William Walker –vendiendo así el alma al diablo– para enfrentarse a los con-servadores, sus adversarios históricos en Nicaragua [...]
Tan versátil que era (médico, abogado y periodista), no obstante Walker ejerció mejor que nadie su oficio de sabandija. Prepotente, su bandera blanquiazul portaba la consigna “Five or none” (Todas o ninguna) porque quería conquistar y entregar a sus amos nuestras cinco repúblicas, con su mente obnubilada por la aberrante ideología del “destino manifiesto”
¡Fácil y barata ideología para tratar de someter a nuestros pueblos! Para su criminal aventura, Walker contaba, en primer lugar, con el sólido sustento económico de los sectores esclavistas sureños, así como con el apoyo político y diplomático solapado de los presidentes Franklin Pierce y James Buchanan allá, así como del desvergonzado “ministro filibustero” John Wheeler en Nicaragua. Tan solo faltaba reclutar sus tropas, que incluía tal amalgama de delincuentes, apátridas y mercenarios, que hasta nuestro obispo Anselmo Llorente y Lafuente perdió el recato cristiano y los calificó como “una banda de forajidos, heces corrompidas de otras naciones”.
¿Qué haría usted, amigo lector, si, en un día de disfrute con su familia, un extraño llega armado a su puerta y le dice que le entregue su casa, así como todos los bienes conseguidos con su propio esfuerzo? Pues, de seguro lo mismo que hizo don Juanito, a pesar de que muchos (los mismos oligarcas poderosos que cuatro años después decretarían su fusilamiento) le aconsejaran pactar con el gobierno nicaragüense de Patricio Rivas, quien entonces no era más que un títere de Walker.
Visionario y valiente, como genuino estadista, don Juanito no se anduvo por las ramas. Entendió que la lucha tendría carácter regional, centroamericano, pero que a Walker había que detenerlo en nuestras fronteras. Y, a pesar de topar con actitudes timoratas o reticentes de algunos de sus colegas, decidió enfrentarse al poderoso enemigo confiado en la respuesta y arrojo de su pueblo, acerca del cual, en aquella primera y hermosa proclama, dijo estar “bien convencido de que en el instante de peligro, apenas retumbe el primer cañonazo de alarma, todos, todos os reuniréis en torno mío, bajo nuestro libre pabellón nacional”.
Ese fue el humilde pueblo, compuesto sobre todo por jóvenes campesinos y artesanos, que, imbuido de patriotismo y amor por ese terruño construido con tanto esfuerzo, supo nutrir de manera espontánea al ejército formal, yendo a los cuarteles provinciales a inscribirse.
Supieron responder a ese líder que no los defraudaría, quien, el 1º de marzo de 1856, emitió su segunda proclama, diciendo: “Compatriotas: ¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié: marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos”. Dos días después, al caer la tarde, se convocó al Ejército Expedicionario en la Plaza Principal (hoy Parque Central) para recibir del obispo la bendición apostólica. [...]
Autor: Luko Hilje Quirós
Editorial: EUNED
Suplemento Ancora. periódico La Nación 16 setimbre 2007.

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