Columna A FONDO 2
José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
Domingo 23 de setiembre, siete de la mañana. Un enorme autobús amarillo se estacionó en la acera de enfrente de la Soda Tapia, en Sabana Este. El salonero, como que sabía, y dejó escapar una espontánea exhalación diciendo: “¡Ay, Dios Mío!”
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Del bus se bajaron aproximadamente unos cincuenta jóvenes. Difícilmente alguno llegaría a los 17 años. El promedio de ellos alcanzaría los 15… a lo sumo 16. Para sorpresa, parecían más damitas que varones. Es feo decirlo, pero con una simple mirada nos dábamos cuenta de que pobres no eran. Todo lo contrario, parecían pertenecer a eso que hace unos treinta años la gente le llamaba “de sociedad”.
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Ya ahora no se le llama así. Es que en esa época y las que le precedieron, la gente “de sociedad” no se caracterizaba tanto por tener dinero, sino por tener elegancia. Hoy, me disculpan, pero la mayoría de los pobres con la mayoría de los ricos son igual de pachucos. ¡Es tan difícil hacer hoy en día, alguna diferencia…! Los jóvenes andan con los pantalones rotos, aunque sea por razones diferentes; y las jóvenes andan también con muy poca ropa… también por razones diferentes. También en el vocabulario, uno no oye absolutamente ninguna diferencia. Mucho menos en los escrúpulos sexuales. ¿Para qué? Todos usan condones.
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Pero volvamos. ¿Qué era lo que llamaba tanto la atención de aquellos pasajeros, aparte de que no había una sola persona mayor de edad que los acompañara cuando entraron a este tradicional negocio? Que una gran cantidad de ellos venía con una cerveza en la mano, y dentro de esa cantidad, también la mayoría que la portaba eran señoritas.
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En sus rostros desvencijados se notaba una noche completa de excesos. Narices rojas, ojos desorbitados y rojos y poses para la espectacularidad. Las latas de “birra” empezaban a ser puestas en las mesas. El chofer del bus se retiró con su bus, y posiblemente, con unos billetes más en su billetera. Ahí quedaron las decenas de jóvenes. ¡Total! Lo contrataron para traer muchachitos borrachos, no para que los cuidara.
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“¿Los cuidara?” ¡Ah! Saltó la pregunta: ¿Y los padres? ¿Dónde estaban los cien padres de estos cincuenta muchachos? No lo sé. La verdad es que, igual al chofer del bus, yo no me quise quedar a buscar respuestas.
periódico La Nación 25 septiembre 2007.

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