Anécdotas, curas y TLC
Mauricio Víquez Lizano
No quiero un mañana en un país marginado
Profesor Universitario
En medio de todo cuanto ha ocurrido en estos días, hay dos hechos que me han llevado a ciertas reflexiones que, de alguna manera, me han direccionado respecto a acciones pendientes, o bien, me han confirmado de cara a opciones que se presentan urgentes en estos momentos.
Uno de esos acontecimientos me ha llevado a la necesidad de insistir en lo que pienso y el otro ha sido capaz de suscitar mi asombro. Ambos me han abierto a una serie de cuestiones que en este momento me parecen algo más que urgentes.
Lo primero tiene que ver con un encuentro con unos conocidos. En medio del parqueo de un visitado supermercado, el niño de esa pareja de esposos hizo ver un signo externo en mi carro y que denotaba fácilmente mi manera de comprender la conveniencia o no del TLC para nuestro país. Ante ello, los padres del niño le hicieron ver que seguramente es que andaba un carro prestado, porque –a su entender– un sacerdote no tiene por qué ser un ciudadano normal. No lo dijeron así, pero me lo dieron a entender. Dejar de lado lo implicado en el verbo latino solere me pareció demasiado urgente en ese preciso momento.
La segunda experiencia me asombró. Un estudiante universitario todo él, en una que va y otra que viene, me abordó en la universidad y me planteó un asunto. Lo que preocupaba al muchacho era un tema relacionado con el TLC. Su angustia se debía a algo que oyó en la enésima mesa redonda que escuchaba. La pregunta que hería el intelecto de aquel joven era: “profesor, luego del TLC, ¿es cierto que no habrá aguinaldos?”.
Como dije antes, aunque lo segundo que he narrado asombra y asusta un poco, lo primero me anima a asumir más en serio mi rol como ciudadano y ello a pesar de todos los correos explosivos que me envíen o los artículos descalifica- dores que puedan quizás aparecer por ahí aludiéndome de vez en cuando.
Quién es quién. Es más, y dependiendo de lo que pase en la ruta hacia el 30 de setiembre, me parece fundamental pasar a tomar posiciones aún más claras y decididas. Me explico: si Mons. Trejos llegara a tomar la palabra en la plaza pública del NO ese día domingo del mes en curso, tal y como se ha anunciado y su tono está en la línea del mensaje clerical presentado el día 26 en el marco de una aula de la mismísima sede de la CECOR, me parece a mí que los tiempos de las falsas prudencias y los paños tibios se habrán terminado. Llegará el momento de la claridad, de saber bien quién es quién. Será claro que ciertos equilibrios estarán por colapsar.
Una sola palabra del obispo emérito de San Isidro el próximo 30 de setiembre en el Paseo Colón será mortal para muchas credibilidades y un detonante al interior de una realidad –como la eclesial– que ha sabido ser, hasta el momento, más o menos correcta políticamente con respecto a los dos polos radicales en que se divide actualmente el país.
La palabra, claro está, la tienen los que pueden intervenir de cara al 30 de setiembre. Si nadie lo hace y se dice que lo que se piensa decir y, además, lo dice quien no debería decirlo, solo puedo proceder de una manera: asumir las actitudes que las anécdotas narradas me han suscitado y evitar callar de cara a cierto discurso “setentero”, anquilosado y manipulador que parece de vuelta y que ahora une el factor religioso a la mentira. Incluso, últimamente, se ha llegado al punto de que hasta el Sagrado Corazón se usa en una campaña en la que nunca tanto “izquierdoso” junto había aparecido tan catoliquito.
Por ahora, solo queda pronunciar un SÍ y esperar. Me parece que es lo mejor en medio de tanto desvarío clerical. Afirmo eso sí, sin temor alguno a errar, que afirmar la posibilidad para mi país de un futuro abierto al mundo es lo ideal. No quiero un futuro “cubanizado” o “albanizado”, menos aún, un futuro marcado por un absurdo “autoembargo” castrante de posibilidades reales. No quiero, finalmente, un mañana vivido en un país marginado de todos por la voluntad retrógrada de algunos, a quienes la historia dejó tirados por ahí hace ya muchos años.
periódico La Nación 29 setiembre 2007.

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