Anticipo
Anticipo
Un vestigio de humanidad
El planeta Tierra se había convertido finalmente en un campo infinito de armas bioquímicas. Los pro-sistema vivían en ciudades-célula donde no se podía ingresar ni por aire, tierra o mar. Pero las bandas apocalípticas penetraban esas células, como virus, y les arrojaban a los pro-sistema las armas bioquímicas que ellos mismos distribuían por el mundo. Aquello era una carnicería. Las armas químicas se habían cebado con todo el mundo.
No había cuerpo que no naciera con mutaciones genéticas, ni cuerpo que no llevase la marca de una peste olvidada, o nueva. Los cuerpos humanos no eran como los que existen hoy. Eran cuerpos remendados, como los de Frankenstein, cuerpos en los que se confundía una mecánica sofisticada con los tejidos de la vida más frágil. Los laboratorios producían los nuevos especímenes. El sexo se había descartado de la vida de todo el mundo. La cuota de placer que aún se requería para el resto de vida animal que existía, podía ser adquirida en cápsulas especiales. Todos confiaban en el placer químico.
El planeta era solo un páramo cubierto de desecho metálico. No había animales. Todos habían muerto envenenados, pues no podían producir equipos de defensa y máscaras antigases, como sí los tenían las bandas, que vivían fuera de las ciudades-célula, en reductos bajo tierra. De vez en cuando, un miembro de una banda veía a un topo o a una rata, y corría a contarlo a todos los demás como si fuera una gran aventura. Se celebraban ferias de caza que buscaban hacerse con el extraño botín de un animal vivo, palpitante.
Se vivía muy mal. Los pro-sistema, como ha sido siempre, eran implacables. Se habían quedado con todos los recursos, hablaban de patria, de una patria sostenida por la fe hacia un dios que había creado el universo gracias a una fórmula matemática. Se vivía siempre a la espera de lo peor, de que los pro-sistema produjeran una arma química que matase a las bandas, o que las bandas fabricasen una arma tan letal que ingresara, inexpugnable, a las ciudades-célula. Era muy común que los pro-sistema persiguiesen en sus carros de guerra a las bandas, y que los matasen como a moscas. Era muy común también que las bandas acorralasen patrullas de pro-sistema, y los hicieran añicos. En una de esas persecuciones (como muchas sucedían todas las semanas), Pavlova, una teniente militar pro-sistema que andaba detrás de una banda de apocalípticos, estaba a punto de darles alcance con su patrulla. La banda había ejecutado un acto terrorista en una ciudad-célula importante, una ciudad quizá llamada todavía Moscú. Todos sabían que Pavlova era terrible y que, de encontrar a los culpables, los arrasaría con sus armas aniquiladoras. Por los linderos de un bosque radiactivo, donde solo se escuchaba el viento invernal soplando como el mismo viento del infierno, Pavlova divisó a la banda. Sin embargo, la banda, dirigida por Igor Z, había dispuesto a un grupo de cadáveres de excombatientes alrededor de una fogata, esperando en la espesura que Pavlova los tomase por asalto. En esa oportunidad, pensaba Igor Z, los apresarían en un fuego cruzado. El plan resultó efectivo. La banda de apocalípticos redujo por completo a la patrulla de Pavlova. La destrucción fue total..., es decir, casi total. Entre los escombros de los carros de guerra, Igor Z encontró el cuerpo de la teniente: la mujer aún seguía viva. Igor Z llevó a Pavlova a su campamento. Pero no estaba seguro qué haría con ella. La verdad, nunca se tomaban rehenes. Los rehenes eran atípicos en esa especie de batalla de desgaste, fiera, terrorífica. En esa ocasión, Igor Z, quizás guiado por algún impulso humano aún vivo en él, ordenó que trataran de revivir a Pavlova. Cuando la mujer despertó a los días, se vio desnuda y tendida en una cama. Su primera reacción fue admirarse. La desnudez no era bien vista en ese mundo, los cuerpos todos estaban desfigurados, se vestían gruesos trajes militares, nadie pensaba en la piel. Y allí estaba Pavlova con su cuerpo desnudo, y allí también tuvo la oportunidad de ver sus extremidades espantosas, mezcla de trozos mecánicos y carne chamuscada, como la carne de todo el mundo.De repente, Pavlova percibió en una penumbra de la habitación a Igor Z. Antes de preguntarle nada a Pavlova, antes incluso de torturarla, como hubiera creído ella que procedería, se acercó muy lento a su lecho de convaleciente.
—Soy Igor Z –le dijo.
—Ya lo sé –dijo ella–. ¿Por qué no me mata?
—Es algo que tal vez no logro explicarme a mí mismo –dijo el apocalíptico.
—¿Y por qué me ha desnudado? –dijo con gran intriga Pavlova.
—Quizás he buscado siempre un cuerpo entero de mujer.
Autor: Guillermo Fernández
Editorial: Costa Rica
Suplemento Áncora. Periódico La Nación 7 de octubre de 2007.

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