¡Democracia del “berrinche”!
Laura C. Arguedas Mejía
Politóloga y docente universitaria
En su forma básica, la democracia es el gobierno por mandato mayoritario del pueblo. Es la voluntad de la mayoría. Sea esta representativa o directa, decía Norberto Bobbio, el principio que prevalece siempre es el de la legitimidad; es decir, el de la obligación política, y eso significa que un poder es aceptado como legítimo y de tal manera debe ser obedecido. El pueblo costarricense fue convocado para tomar una decisión y ya la tomó; ya habló de forma clara, contundente; y muy a pesar de aquellos oídos que aún se niegan a escuchar (algunos nuevos y otros ya majaderos).
Una mayoría evidente decidió adoptar el TLC con Estados Unidos. Eso es democracia; un mandato para la acción; lo demás es solo grito, desorden que no luce, provocación y simple berrinche, que ya a fuerza de majadería perdió credibilidad y, con ello, el poder de convocatoria. Y es que de todas formas, ¿qué se puede convocar?, ¿con qué legitimidad y con qué argumentos reales? Solo se me ocurre una pobre versión de “Jalisco a la tica” o algún tipo de “democracia” del berrinche (que ojalá no llegue al relincho...). El costarricense, antaño corazón del SÍ o del NO, hoy solo es costarricense sin etiquetas, a secas y con ganas de seguir adelante; es respetuoso de la voluntad de la mayoría y entiende perfectamente y con madurez lo que eso significa en una democracia. La voz del pueblo es una orden, es un mandato y simplemente debe ejecutarse.
Requisito ineludible. La famosa agenda de implementación, muy a pesar de los diputados y diputadas que la adversan, es un requisito ineludible para que el tratado entre en vigencia; es decir, si no se aprueba, no hay tratado y si no hay tratado, el ejercicio democrático y el mandato emanado directamente del pueblo costarricense se volverían un pésimo chiste y la democracia verdadera un cuento de hadas. El TLC depende de esa agenda, entonces ¿cuál es la lógica de rechazarla?, ¿un siempre NO porque no me da la gana? Ojalá que no sea así. Por el bien de Costa Rica y residualmente, por el futuro político de los “líderes” actuales, esperemos que no. Porque, como bien dice la canción, tan utilizada en marchas y tarimas, “el pueblo no olvida”.
Por otro lado, rescato y celebro que la tan criticada “cumiche” del parlamento es en este momento la única diputada que con claridad meridiana ha reconocido que no puede ni pretende burlar el mandato del pueblo. Tal parece que la sensatez de la juventud tiene más sentido común que la voz de la “experiencia”; la diputada Fonseca, desde ese Olimpo llamado curul legislativa, pretende ignorar el imperativo categórico que le impone la democracia; sí, ese mismo “instrumento chunche” que sí le funcionó para acomodarla en el puesto que hoy ocupa. Pero es cierto, el pueblo no olvida...
Coyuntural y pasajero. En el caso del señor Trejos, no me extiendo: su “liderazgo” es además de triste, dichosamente coyuntural y pasajero. Pero con don Ottón Solís, a quien respeto y en quien antes había creído y confiado, el asunto es muy distinto. En mi caso, ha quemado ya hace un buen rato sus cartuchos de credibilidad y de legitimidad; pero, bueno, que por esta “pinche terrícola” no se preocupe. Más bien, que lo haga a partir de ahora por quienes, después de sus tantas y recientes frases tristes y desafortunadas, han hecho que cada vez más gente piense como yo.
Si en su horizonte político aún hay esperanza, sin duda debe preocuparse; si aún –en un ejercicio de total optimismo– ve posibilidades en ese sentido de cara al futuro, que no olvide..., que es verdad y no retórica, que “el pueblo no olvida”. Pero, hablo de la memoria de un pueblo que no pasa facturas de calle, de tumultos, capuchas, máscaras, palos, garrotes, camisetas delChe y consignas cada vez más vacías. ¡No! Hablo de un pueblo de verdad; con memoria atlética, que no olvida y que democráticamente se lo recordará cuando le toque encontrárselo a él de nuevo justo donde corresponde, en las urnas electorales.
periódico La Nación 12 octubre 2007

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