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RESONOCO

19/10/2007 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 00:30

Juventud en lucha

Alirio descubrió una vieja guitarra colgando en una pared y se la pidió al de la caja. Tómela, le dijo el otro, está ahí para el que quiera. Tocó algunos acordes, murmuró es un palo viejo, empezó a afinarla. Cruzó una pierna, inclinándose sobre el instrumento hasta rozar la barbilla en la agrietada madera. Así se estuvo un buen rato, tín tín, tón, tín, cual caricias que preceden al buen acto de amor. De pronto interrumpía, la concurrencia hacia silencio, expectante, y él decidía que faltaba un último detallito. Gonzalo sentía que el tal Alirio era un lamparoso y que en definitiva no tocaría nada, y estaba a punto de decírselo cuando por fin el otro cantó. Aleluya, hermano. Tenía la voz gruesa y potente y en un instante el Manchester se llenó de Víctor Jara, luego Serrat, c olgado de un barranco, duerme mi pueblo blanco , y Silvio, cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sin pasar tú por mí. Las grietas de la guitarra le abrían las grietas del alma y la música le subía hasta el ceño, los altos pómulos, la barbilla que otra vez bajada a rozar la madera. Pero Flory, Sandra y Vilma no estaban de ánimo para la poesía. Querían simplemente reírse de cualquier cosa: la espuma de la cerveza, el pelo parado de aquél de allá, la silla que renquea. Entonces mejor otra ronda y más boquitas, platitos plásticos amarillos con enyucados o puñitos de arroz con pollo ultra frito, olla de carne y garbanzos, y más y más risas y manazos y empujones. Alirio se detuvo en seco, dejó la guitarra donde la encontró, pidió más cerveza, observó en silencio y se puso a hablar con José Luís, Gonzalo y Rodrigo. Soy guerrillero, destapó de pronto, del Farabundo Martí. Me vine con la compañía de carruseles porque quiero pasar a Panamá, Torrijos nos está ayudando y es fácil irse a Cuba. Lo fue contando poco a poco, en susurros, y José Luis, Gonzalo y Rodrigo maravillados, de codos sobre sus muslos para hablarle más de cerca. Dijo ser Velásquez y de Chalatenango, es rica la Pilsen, me invitan a otra, por favor. Le brillaban los ojos, voy a ser comandante, se estremecía levemente con el escozor de las burbujas, ponía la botella de golpe, viva El Salvador, carajo.

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Los tres amigos militaban en la juventud comunista, conocida como La Jota. Tenían una célula que se reunía en el altillo de una zapatería, de barrio Pilar para abajo, como cogiendo hacia Calle Blancos. Al principio fue emocionante, porque el partido funcionaba en la clandestinidad. Pero luego la cosa se hizo rutinaria: leer el Manifiesto Comunista , vender el periódico, repartir volantes con propaganda a la salida de una fábrica de textiles. Cinco de la tarde, tropel de obreros en el gran portón y ellos junto a los demás camaradas deshaciéndose de los papeles, estoicos contra la pena que produce ser inoportuno, tome, un mensaje revolucionario, el obrero mirando para otra parte, recibiéndolo por pura educación y arrugándolo al pasar junto a los estañones de la basura.

Había una gran diferencia entre eso y tener la oportunidad de estar con alguien que hablara de armas, técnicas militares y campamentos de montaña. Se fueron aislando en una esquina de la mesa mientras los demás no paraban de decir tonteras. Nadie se percataba de lo incómodas que estaban Lucía y Sandrita la buena, hasta que de pronto ellas recogieron sus bolsos y se pusieron de pie.

–Adiós, chau, dijeron sin más.

–¿Qué pasa, Morsa?–. Gonzalo se volvió sorprendido – No es tan tarde, acordate que ahora la ley te deja llegar hasta las once…

–Nos vamos juntos o me voy sola –Lucía soltó con brusquedad el brazo que él le había tomado–, pero aquí no me quedo.–¿Pero por qué, qué te pasa?– Gonzalo se incorporó.

–No quiero discutir aquí, chau, nos vemos mañana.

Sandrita la buena ya esperaba en la puerta del Manchester y Gonzalo apenas tuvo tiempo de recoger su chaqueta del respaldar de la silla, dejar algo para la cuenta y salir tras ellas. Le rodeó el hombro y se alejaron en silencio.

Él no entendía qué podía estar pasando, ni siquiera encontraba la pregunta adecuada para quebrar el silencio. Fue ella la que hizo fuego.

–Cómo se te ocurre llevarme a un chinchorro así…

–¿Por qué, qué tiene?

–¡Una cantinucha, si Papi me hubiera visto!

–¿Y por qué no dijiste nada?

–Para no caerles mal, ¿pero no sentiste la hediondez?

–Tan delicada.

–Además con ese tipejo, ¿no te diste cuenta, todo mundo viéndonos, como si fuéramos quién sabe qué?

–Sí, hablaba demasiado, debería cuidarse más.

–Ay amor, cómo se les ocurrió invitarlo, esos guerrilleros son todos unos asesinos desalmados.

Gonzalo la soltó y se volvió, mirándola de frente.

–¡Son héroes, se están jugando la vida!–, exclamó. […]

Autor: Rodolfo Arias Formoso

Editorial: Legado y EUNED
Suplemento Áncora. periódico La Nación 14 de octubre de 2007.

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