Columna Pido la palabra
“¿Qué hay de comida?”
Ana Coralia Fernández, periodista
paradigma@racsa.co.cr
¿Y cuál mamá no se siente feliz de ver a sus hijos comiendo con ganas? Damos amor con los alimentos.
Lo que pasa es que hoy hay una enorme presión (y muy sana) de dar a los hijos alimentos sanos y balanceados, como si las madres fuésemos nutricionistas.
Mi mamá, mi abuela y mis antepasadas, seguro que lo eran; estaban todo el día en la casa y eran expertas en picadillos, sopas, ollas de carne, atoles y remedios caseros. Cuando sobraba algo rico, lo ponían en el mejor platito y se lo mandaban a la vecina quien a su vez devolvía la cortesía con una cajeta o una tortillita con queso.
Pero los tiempos han cambiado y yo lo confieso: trabajo como un buey trapichero, salgo temprano, llego de noche. Soy una experta en las promociones de comida rápida y si sobra un pedacito de pizza, de seguro va envuelto en papel de aluminio para el cafecito de media mañana del día siguiente.
Cuando llego, no crean, lo pienso dos veces. Veo las ollas y los sartenes de reojo y todos los alimentos crudos que esperan a que yo decida. Pero casi siempre me gana el cansancio y la facilidad de un número express.
Los fantasmas de mamá y abuela me fruncen el ceño: ¿Qué clase de ama de casa soy que no paso tres horas vigilando la cena para servirla humeante y deliciosa cuando todos lleguen? ¿Adónde están mis delantales? ¿Por qué mis manos no huelen a tomillo y a cocina?
Yo las desaparezco de un almohadazo. Sabe Dios que si alguna vez fue duro ganarse la hamburguesa de cada día, fue ahora…
periódico Al Día 15 octubre 2007

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