Gobernando con un 33%
Haydée MendiolaGabriel Bonilla
La forma como se gana condiciona la capacidad futura de gobernar
politólogos
Nunca antes hubo tanto en juego en un proceso electoral como en el pasado referéndum y, quizás por ello, nunca confluyeron tantos recursos y esfuerzos en favor de una causa política. Mas todos ellos, por irónico que resulte, no lograron aumentar ni en un voto el apoyo político-popular con el que contaban el Gobierno y sus aliados desde febrero del 2006. Y es que el resultado del referéndum, como ya habíamos previsto meses atrás en nuestros análisis de situación, no fue más que un fiel reflejo de la última elección presidencial. Y esto, ahora más que nunca, requiere una reflexión.
La razón es simple y tiene que ver con principios básicos del mercadeo. En primer lugar, el TLC y el modelo de desarrollo del que forma parte, fue el principal tema de campaña del entonces candidato Óscar Arias, y quienes votaron por él, lo hicieron conscientes de ese hecho. Consecuentemente –agregamos–, quienes votaron por otras propuestas políticas (por el PAC principalmente), lo hacían también en contra del Tratado y lo que representaba, por lo que las posiciones (duras) sobre el tema en cuestión ya estaban tomadas desde mucho antes de convocarse el referéndum.
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Y en segundo lugar, porque durante este año y medio de gobierno no hubo ningún hecho político relevante que pudiese modificar tales percepciones, adhesiones y comportamientos, por lo que la lógica nos indicaba claramente que no se podía obtener un resultado diferente al de la elección del 2006, al menos que alguno de los dos movimientos en pugna lograse incorporar una parte –por mínima que fuera–, de esa importante masa de ciudadanos (35%) que en la elección presidencial se había abstenido de participar.
Una encuesta que realizamos 3 meses atrás nos indicó claramente que eso no se estaba logrando y el 40% de abstención en el referéndum lo confirma. En condiciones iguales, resultados iguales. Más allá de lo que señalaron varias encuestas, el famoso “empate técnico” siempre se mantuvo a lo largo del proceso.
Desde esa perspectiva, toda la campaña no fue otra cosa que fuegos artificiales que a muchos encandilaron con su brillo y distrajeron con su ruido –en especial a las empresas encuestadoras que no supieron diferenciar lo relevante de lo intrascendente–, pero que rápidamente se esfumaron, al igual que los cientos de millones mal invertidos en una campaña que, por carecer de credibilidad –ese elemento que a los publicistas se les olvida con tanta frecuencia y que cada vez más resulta indispensable para hacer una comunicación efectiva… y más aún en política–, resultó inútil.
Lo cierto es que, después de 3 intensos meses de campaña, de abrir heridas, de profundizar diferencias, de romper diálogos y de obviar normas y procedimientos, luego de exacerbar los ánimos y de lastimar a los adversarios tratando de procurar un resultado favorable, no se modificó en nada la “participación de mercado” (para usar un término mercadológico de fácil comprensión) que tenía el Gobierno… desde febrero del 2006. Con el agravante de que todas ellas son costosas “facturas” que tarde o temprano sus adversarios políticos le cobrarán al Gobierno, pues contrariamente a lo que muchos “estrategas” piensan, no solo es importante ganar, sino también cómo se gana, pues ello condiciona la capacidad futura de gobernar.
Los números son claros. En la elección presidencial, Óscar Arias y sus principales aliados políticos en la consulta popular, el PUSC y el ML, sumaron juntos un 33% de los electores inscritos en el Padrón Electoral. El pasado 7 de octubre, el SÍ obtuvo un 30% sobre el Padrón. En otras palabras, se pasó de un total de 859.916 votos en el 2006 a 810.677 votos (proyectado) en el 2007. Esto sin considerar –si se quisiera hilar más fino– que entre un padrón y otro hubo cerca de 95.000 nuevos electores, en cuyo caso la alianza de Gobierno habría perdido más bien cerca de 3 puntos porcentuales.
Quienes trabajamos en mercadeo sabemos que modificar significativamente la estructura de un mercado requiere mucho más que una campaña publicitaria; más aún, si la que hacemos es insulsa, absurda y sin contenido. ¡Ojalá fuera tan fácil!
¿Qué logró el SÍ en definitiva? Mantener su “participación de mercado”. ¿Qué logró el NO? Aumentar, aunque sea circunstancialmente, su mercado en 6 ó 7 puntos porcentuales y, sobre todo (políticamente), estructurar un movimiento social, que, si bien difícilmente podrá ser utilizado electoralmente en el 2010, será un permanente dolor de cabeza para el Gobierno en los difíciles tiempos que se avecinan. Y precisamente el haberlo logrado sin dinero, en contra de un poderoso contingente de recursos económicos, partidarios e institucionales, es muestra de una voluntad política que mal haría el Gobierno en ignorar.
¿En que fracasaron ambos? En motivar e incorporar a los “indecisos”, pues en definitiva, entre las “dudas” de unos y el “temor” de otros (temas estos que serán objeto de extensos debates y no pocas impugnaciones legales), ambos se neutralizaron, sin que ninguno encontrara los argumentos correctos para motivarlos a participar.
Hoy, en definitiva, tiene más que perder el Gobierno ganando, que el NO perdiendo, pues ahora la “carga de la prueba” –de los beneficios y promesas hechas durante la campaña– es suya.
Más allá del discurso conciliador, que necesariamente tendrá que ir acompañado de señales claras de enmienda, reconstruir la credibilidad (empezando por la del Presidente); incorporar (con hechos ciertos) a ese 66% que no les ha apoyado; sanar las heridas (de sus adversarios y las suyas propias) y sobre todo, contar con los relevos requeridos, presentando una “cara nueva” que haga más fácil el diálogo con la oposición después de una campaña tan desgastante y dolorosa, son los primeros pasos que (externamente) el Gobierno debe dar.
Pero un paso fundamental ( internamente) es tomar plena conciencia de que se cuenta (desde el 2006) con el apoyo de tan solo un 26% del electorado –33% sumando a sus circunstanciales aliados en el referéndum– y que solo ese tercio de la población, se “siente” beneficiada –según nuestros estudios– con el modelo de desarrollo vigente. Que otro tanto igual se considera excluido de este y “directamente” perjudicado por el Tratado. Y que ya no un 35%, sino un 40%, de los costarricenses se han marginado peligrosamente del activismo y del debate político, sin que sepamos a ciencia cierta sus razones.
Lo que sí sabemos ciertamente es que dentro de este último grupo hay más gente –en una proporción de 3 a 1– que tendía a votar NO (al TLC y al modelo), de la que tendía al SÍ. Y de ahí que siempre dijimos que, a mayor participación, mayor era la posibilidad de que ganara el NO. ¿Qué posición asumirá esta gente frente al proceso de negociación y el trámite de la Agenda de Implementación (en el corto plazo)? ¿Qué demandas sociales le hará al Gobierno (en el mediano plazo)? y ¿participará o no en las elecciones del 2010? Son temas muy importantes de analizar.
Por lo pronto y, en este contexto, ganar por un 1% (18.000 votos en el 2006) o por un 3% (50.000 votos en el referéndum) no hace ninguna diferencia. Lo que sí hará diferencia es la forma como se maneje este proceso, pues lo cierto es que, si hubiera triunfado el NO, el tema del “maldito TLC” (para usar una expresión del Presidente) ya hubiese terminado. Con el triunfo del SÍ, por el contrario, este apenas comienza.
periódico La Nación 15 octubre 2007.

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