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RESONOCO

25/10/2007 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 02:35

Crónicas de la tribu juvenil

Extracto de la obra ‘Las dudas que nos empujaban en la noche’, del autor nacional Otto Apuy

La excavación

Hipólito y sus amigos llegaron al sitio del hallazgo. Se acercaron a mirar y limpiar la punta esculpida en la roca. Aristides, con una piedra, la golpeó y pegó la oreja cerrando los ojos. Hipólito pensó que era otro acto de magia de su amigo; estuvo así, arrodillado, por cinco minutos, como si estuviera en trance. Luego se levantó con una gran sonrisa; asintió con su cabeza y miró a los otros. Se acercó parsimoniosamente a Hipólito y le dijo, en lenguaje extraño que era un “ahuizote, un elegido”, hizo una figura cuadrada en el aire con su mano. Después de unos segundos de inmovilidad y estupefacción, los tres se abrazaron; celebraban algo que no sabían en verdad qué era.

Aristides contó que era sólido porque resonaba muchas veces el golpe que hizo con la piedra.

Hipólito se acordó de lo que le había dicho Aurelio: que podía pedir ayuda cuando quisiera.

Aristides, adivinando, le dijo que sí. Que vendría la ayuda: una tribu entera del otro lado de la cordillera.

Recogió por aquí y por allá unos trozos de madera e hizo una fogata, mientras Hipólito ayudaba a descargar las bestias con las tiendas y las herramientas.

Poco a poco, los tres hombres con la pala y el pico cavaron dos metros; de la punta de la piedra se ensanchaba hacia abajo, obligando a retirar la arena más lejos. La dura piedra no aceptaba los golpes accidentales del pico. Después de cavar todo el día, descansaron.

Bajo la luz de la luna, Hipólito acudió a Aristides con las manos llenas de ampollas y le preguntó por qué no llegaba la ayuda prometida. –Aún está la fogata encendida– dijo Aristides. Se levantó y le llamó para que mirara la piedra excavada bajo la luz de la luna. Le dijo que observara bien la estructura pulida; Hipólito vio la punta de una pirámide hundida. No era un conjunto de piedras que formaba algo escultórico, era algo más grande.

Hipólito quedó sin habla por unos minutos. Miró la belleza del lugar y lo que estaba emergiendo ante ellos. El mismo campamento quedaría en las partes altas si las proporciones eran ciertas. En la medida que avanzaban se iban hundiendo. El monumento fue descubriéndose hacia abajo. –Imagínese que la punta de esa inmensidad es la que había tocado su cuerpo– dijo Aristides que por eso él era el Ahuizote. Hipólito volvió a ver su mano, que brillaba con la luna; habían desaparecido sus ampollas.

La Pirámide

Con los rayos matinales llegó la tribu, que se aprestó a excavar de inmediato bajo el mando de Aristides y Aurelio. Cada vez que podían, volvían a mirar a Hipólito como “el enviado”. Ellos no sabían qué estaban buscando. Imaginaban una pirámide de al menos diez metros y unos pocos días de trabajo.

Una semana después, la tribu estaba asombrada del tamaño de la pirámide –un poco torcida– que había sobrepasado los veinte metros. Ya no había espacio para depositar la arena que sacaban. Un movimiento de tierra hizo que se inclinara por la noche. Hipólito comentó que siempre la había visto un poco desnivelada hacia el Oriente.

De nuevo, Hipólito pidió ayuda a la magia de Aristides. Éste, muy pronto, hizo una fogata grande que resplandecía en todo el desierto. Desde lo alto de la pirámide inclinada, reflejada por las llamas intensas, el cuerpo de Hipólito enfrentaba una gran pregunta. ¿Sería el viento que le trajo la respuesta? Los vientos son los mejores transportadores de subterfugios en forma de voces del desierto.

Bajó de allí y volvió a subir al campamento. Se dio cuenta de que estaba buscando de pronto otra cosa. O la pirámide era tan grande que sobrepasaba la imaginación de ellos.

Hipólito le preguntó a Aristides si podía inventar algo para quitar tanta arena.

Entonces su compañero levantó los brazos y se puso las manos en la boca para poder soplar en todas direcciones. Después se puso a danzar tímidamente, dando pasos en redondo, para convocar los vientos de la leyenda de Tramuntana.

De ellos había que refugiarse bajo tierra, con los oídos tapados, so pena de quedar sordos de por vida.

Hipólito esperó sentado, sin deseos de consultar el oráculo que tenía arriba, en la inmensidad de las constelaciones. Pasaron por su lado las serpientes detrás del rastro de las ratas, y alguna lagartija estuvo saltando las horas de la vigilia sobre un escorpión.

Aristides tenía la sorpresa para Hipólito. Le habló de una fórmula con la cual podía sacar con rapidez la arena. Con una rama delgada dibujó una ecuación matemática que más parecía un encadenamiento de cubos. […]

Autor: Otto Apuy

Editorial: EUNED
Suplemento Áncora. periódico LA Nación 21 octubre 2007.

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