China: ¿una superpotencia?
Carlos Murillo Zamora | camuza@ice.co.cr
Relacionista internacional
Ser una superpotencia implica una serie de costos políticos, económicos y en seguridad, a fin de lograr presencia global y contribuir a la estabilidad del sistema internacional. No se trata solo de tener recursos y capacidades para ello, sino la voluntad para adoptar posiciones en diversas áreas de relaciones internacionales y enfrentar los retos que genera una diplomacia activa. Por ello cabe preguntarse si Pekín está en disposición de asumir ese papel a escala mundial. No hay que olvidar que, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, tiene una serie de compromisos para garantizar la paz y seguridad internacionales.
Este cuestionamiento resulta válido a raíz de los recientes acontecimientos políticos, económicos y sociales en China y al tono populista del discurso del presidente Hu Jintao en la inauguración del 17.° Congreso del Partido Comunista Chino (PCC). En el primer caso, la estabilidad del régimen chino es amenazada por los movimientos separatistas en el Tíbet y en las provincias occidentales de mayoría musulmana; por el abandono de algunas iniciativas democratizadoras experimentadas en comités locales del PCC, que generaron la preocupación del Politburó ante la posibilidad de provocar una ola de entusiasmo democrático en todos los niveles del partido; por algunas protestas en demanda de mayor autonomía política; por la gigantesca brecha socioeconómica entre las megaciudades orientadas al mercado internacional y la empobrecida zona rural; la preocupante contaminación del aire, suelo y aguas; y por la creciente inflación y problemas económicos provocados por la liquidez generada por el enorme superávit comercial (aumenta a un promedio de $25.000 millones mensuales), las grandes reservas de divisas y el escaso consumo interno.
Transformaciones. Por su parte, en el discurso inaugural del Congreso, el presidente Hu afirmó: “China está avanzando a través de rápidas y profundas transformaciones. Esto conlleva oportunidades sin precedentes, pero también desafíos sin precedentes”. De ahí las tareas pendientes para lograr la consolidación del modelo de desarrollo científico y del socialismo con características chinas (eslogan que recuerdan el período de Mao) y advirtió que ello se logrará exclusivamente bajo el liderazgo del PCC y la vigencia del sistema político de partido único, descartando cualquier posibilidad de democratización y rechazando tajantemente cualquier modelo político occidental; por eso los esfuerzos para rejuvenecer la cúpula del partido y del gobierno con dirigentes afines. Destacó el mejoramiento de los estándares de vida, el fortalecimiento de las fuerzas de defensa de 2,3 millones de soldados a través de la ciencia y la tecnología, la activa diplomacia en Asia y África y el manejo exitoso de las relaciones con Taiwán (pero condenó enérgicamente cualquier intento independentista), aunque utilizó un tono moderado sobre los reclamos de la isla a favor de la independencia, en contraste con declaraciones anteriores, pues expresó la disposición a tener un acuerdo de paz de largo plazo con Taipéi.
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Hu continúa apostando por un acelerado crecimiento económico (el objetivo es cuadruplicar el PIB per cápita del 2000 para el 2020), aun a costa de las repercusiones ambientales y el bienestar social, que poco a poco se han ido colando en la agenda gubernamental; incluso el dirigente manifestó que tal crecimiento rápido constituye su más notable logro en los pasados 5 años. La cuestión es que ese modelo demanda grandes cantidades de energía, sobre todo de hidrocarburos, lo que incide en los precios internacionales. Por ello, en el marco del 17.° Congreso, tanto Hu como el primer ministro, Wen Jiabao, destacaron el tema del desarrollo sostenible e introdujeron las tesis de seguridad, justicia y equidad social, como congruentes con los principios rectores del socialismo chino. Por eso las promesas se quedaron en modestos pasos hacia las reformas, algunas de las cuales solo se observarán a partir del 2020.
Rumbo de colisión. Expertos consideran que el modelo de desarrollo chino y su repercusión en la economía mundial colocan a Pekín en rumbo de colisión con Estados Unidos, Europa y Japón, tanto en lo económico como en asuntos de seguridad y defensa.
Así, visto desde afuera, China parece ser una sólida economía, un régimen político estable y una superpotencia a escala global; pero, penetrando un poco en la realidad del país, esa solidez desaparece y adquiere rasgos preocupantes para la estabilidad global.
Y aunque Hu expresó el compromiso de Pekín para contribuir al mantenimiento de la paz mundial, habrá que esperar para conocer si estará dispuesto a pagar por el costo de ser una auténtica superpotencia, lo que implica ajustes domésticos en todos los ámbitos, o, por tercera vez en la milenaria historia china, desistirá de una política imperialista, típica de toda superpotencia.
periódico LA Nación 23 octubre 2007

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