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RESONOCO

31/10/2007 GMT 1

Cantares a la ‘señora’

marfuerte @ 01:34

Vieja conocida La muerte es un antiguo y familiar personaje en la poesía mexicana DE TODOS LOS TIEMPOS

Pedro González Olvera
Diplomático mexicano

Múltiples son las tradiciones mexicanas vinculadas con la muerte. El “más allá” se recuerda con ofrendas a los difuntos, calaveras (cráneos) de azúcar y chocolate, pan de “muerto”, versos satíricos (“calaveras”) sin exigencias de calidad, papel picado con motivos “panteoneros”, y los famosos grabados elaborados por José Guadalupe Posada, que presentan a las “calacas” en distintas actividades. Todo constituye parte importante de la relación amor-odio, cercanía-alejamiento, que los mexicanos sostienen con la muerte.

Pero no sólo son expresiones populares o tradiciones. Como hecho, como tema filosófico, como permanente compañía, esencia y trascendencia, la muerte es algo que ha ocupado los afanes de los mexicanos desde tiempos prehispánicos y luego desde el virreinato.

No es extraño que así sea si nos atenemos a que los dos poderosos afluentes de la cultura mexicana –el indígena y el español– otorgan un lugar preponderante a la relación que los seres humanos tienen con su destino final.

Ciclo infinito. Así, en el género del ensayo quizá no exista otro escritor que haya intentado una explicación sobre los lazos del mexicano con la muerte como la formulada por Octavio Paz hace 50 años en El laberinto de la soledad : “Para los antiguos mexicanos, la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y, a la inversa, la muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estados de un proceso cósmico, que se repetía insaciable”.

Otro ensayo nos habla sobre la constante aparición de la muerte en la obra de Juan Rulfo. En El hilo de la muerte en la obra de Juan Rulfo , Sara Poot presenta una afirmación tan tajante que no podía venir sino de una mexicana: “Si no hubiera muertes, no existiría El llano en llamas ”.

¿Y qué decir de Pedro Páramo , obra en la que las voces narrativas, los personajes, los diálogos, corresponden casi todos a personas difuntas?

En el campo de la poesía, más de tres siglos atrás, Nezahualcoyotl, emperador indígena de Texcoco, expresaba su preocupación por la muerte y por la vida después de ella:

“Nadie esmeralda, / nadie oro se volverá, / ni será en la tierra algo que se guarda: / todos nos iremos / hacia allá igualmente: / nadie quedará, todos han de desaparecer; / de igual modo iremos a su casa / Como una pintura / nos iremos borrando...”.

Luego, en los albores de la Nueva España, sor Juana Inés de la Cruz escribió un soneto con el que lamenta la muerte de su amiga Laura y que arrastra tristeza infinita y ofrece lágrimas provenientes de su instrumento de escritura: “Mueran contigo, Laura, pues moriste, / los afectos que en vano desean, / los ojos a quien privas de que vean / la hermosa luz que un tiempo concediste. // Muera mi lira infausta en que influiste ecos, / que lamentables te vocean / y hasta estos rasgos mal formados sean / lágrimas negras de mi pluma triste”.

Muertos buenos. En el siglo XIX la tradición se mantiene. Ignacio Ramírez, Manuel Gutiérrez Nájera, Ignacio Mariscal y otros hacen su aportación a la “poesía de la muerte”, como podría denominarse este subgénero literario. Basten como ejemplo unas líneas de Gutiérrez Nájera: “Venid, tristezas… / Venid y habladme de las cosas idas, / de las tumbas que callan, / de muertos buenos y de ingratos vivos…”.

La poesía del siglo XX fue igualmente pródiga en referencias a la muerte. Escritores, como Jaime Sabines y Efraín Huerta, se inspiraron en el fin de la vida física. Del primero es la queja, amarga pero hermosa, por el rechazo que se da a los recién fallecidos:

“¡Que costumbre tan salvaje ésta de enterrar a los muertos! ¡De matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir! […] Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? […] Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir”.

De Efraín Huerta, poeta que canta a la vida cotidiana y al amor, famoso por sus “poemínimos“, podemos leer: “[…] soy tu luto, tu negro, enronquecido y ciego / ir y venir, morir, nacer y estar muriendo. / Tú fuiste la paloma del más perfecto vuelo. / Yo invento la tristeza e invento la agonía. / Estoy junto a tu muerte, que es mi propio veneno. / Estás junto a mi muerte y soy tu elegía”.

Por supuesto, la lista es larga e incluye poetas que van de López Velarde a José Gorostiza, autor de uno de los poemas cumbres no sólo sobre la muerte, sino de la literatura mexicana, Muerte sin fin :

“¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo, / es una espesa fatiga, / un ansia de trasponer / estas lindes enemigas, / este morir incesante, / tenaz, esta muerte viva, / ¡oh Dios! que te está matando / en tus hechuras estrictas, / en las rosas y en las piedras, / en las estrellas ariscas / y en la carne que se gasta / como una hoguera encendida, / por el canto, por el sueño, / por el color de la vista […]”.

Mujeres. El tema de la muerte pasa también por Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Jaime Torres Bodet, y Enrique González Martínez, entre muchos otros.

Incluso, alguien como Alfonso Reyes, cuyas virtudes más reconocidas como escritor provienen de sus ensayos, cedió a la tentación de la poesía para regalarnos estos excelentes versos: “Mis pasos sigue, transparente y clara, / y desde entonces no me desampara / ni me deja de noche ni de día”.

Las mujeres poetas mexicanas no han sido menos al escribir sobre la muerte.

Citemos a Margarita Michelena, de fuertes posiciones políticas: “Mas allá de mí misma, / de mi sangre de otoño / y más allá del nombre que tenía, / como a angustia y a origen te quería. / Celda de amor y noche, / ya guardabas la juventud del tallo en que voy a salir / y yo era sólo un sueño y el deseo de morir”.

El otro ejemplo es el de Griselda Álvarez: “Nací para vivir. Para el dispendio. / Para salvar la rosa de la espina. / Para ungir con ternuras el incendio. / Para soñar la gloria que alucina. / Pero el fin llegará, será el compendio. / Y de esta carne nacerá la ruina”.

En sus diferentes expresiones, la muerte es una inquietante figura para casi todos los literatos y literatas de México.

La pregunta que surge es si ello se debe a la herencia cultural de la que hablamos al principio de esta nota, o tal vez a las ganas de tenerla siempre presente para que la hora de su llegada no sorprenda.

Tal vez, aquellos escritores se empeñan en elaborar fórmulas para conjurar y evadir la muerte, o quizá sean cantos amistosos para que tarde lo más posible.

No tenemos la respuesta a la mano; lo que sí podemos constatar es que, gracias a su fría presencia, la muerte ha estimulado la imaginación poética de los mexicanos, lo que para cualquier pueblo es una buena ganancia.

No está de más tener eso en cuenta en los días que recordamos a nuestros difuntos.

EL VIERNES 2 DE NOVIEMBRE, DESDE LAS 6 P. M., EN EL INSTITUTO DE MÉXICO (LOS YOSES, SAN JOSÉ) SE CELEBRARÁ LA FIESTA MEXICANA DEL DÍA DE MUERTOS, CON UN ALTAR DEDICADO A DIEGO RIVERA Y FRIDA KAHLO. HABRÁ VENTA DE COMIDA Y BEBIDA MEXICANAS.
Suplemento Áncora, periódico La Nación 20 octubre 2007

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