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RESONOCO

31/10/2007 GMT 1

Una tierra inalienable

marfuerte @ 01:29

Grettel Paniagua Varela

Relacionista internacional

Apenas van a ser las once de la mañana. Vamos subiendo con los vidrios opacos y la llovizna tenue cubre de humedad el verde vivo de invierno que acá es casi perenne. Informó La Nación (20/8/07) que, por una ley de 1888, estas tierras son inalienables, patrimonio de todos nosotros, los costarricenses. Y yo, con mis ojos que reflejan la niebla fresca con la ilusión de una niña feliz, advierto que un capital tan hermoso no podría ser de unos pocos.

Y es que, como alguien me dijo un día de modo cándido, acá parece que está Dios. ¿Será por eso que se llama sacramento?

Nada más puro. Cuando vine acá por primera vez, la exquisitez del paisaje de calcomanía y el frío travieso enamoraron mis sentidos. Nada más puro pude obsequiarle a mis pulmones hastiados por el humo de las muflas que aceleran el paso en la ciudad y nos ahogan la paz a todos con sus ruidos. En cambio, en este rincón del mundo la gracia se cuela con la quietud y los pastizales esparcidos cual mantos sobre la tierra llaman a soñar sobre ellos con los ojos dispuestos al cielo.

Sobre la hierba fresca se esparcen los petates y el encuentro no podría hacer más reverencia a la belleza: bajo los árboles cubiertos de líquenes, entre cuyas ramas se oculta un concierto de grillos, vemos el algodón de niebla que se aproxima, agigantándose como en una fiesta de polen.

Y el frío, ese cómplice de la dulzura que se alista que pedirnos una cálida compañía, se nos mete entre las mangas, en los puños que pretenden resguardarse dentro de las bolsas de chaquetas y pantalones. En el pecho, la ternura del la diosa Naturaleza en sus mejores galas nos brota en una ramo de amor, de ceremonia ante el rostro puro de los cipreses que parecen escapados de un cuento medieval de castillos y comarcas, desdibujados entre la bruma.

Un beso de la vida. Caminamos y reímos. Inhalar aire fresco y abrir los brazos es recibir un beso de la vida, un aliento de árboles, de tierra mojada, de campo virginal que se deseara atrapar para siempre en el alma, guardar en el chip de la conciencia colectiva en este mundo de máquinas y redes virtuales, para recordar que la perfección está en lugares como éste, ataviada de verde y de paz.

Un corazón palpitó también: cierro los ojos y escucho música dentro de mí, la armónica distensión de venas conectadas con la libertad de este puro escondite donde puede sentirse una forma de amor cristalina que puede llegarnos desde arriba en gotitas.

Algo tan simple como el ganado pastando en medio del clima gélido tan delicioso de acá, se transforma en una imagen para recordar. Este sacramento ¿hay que recibirlo de rodillas? Y con el corazón abierto, porque es una obra divina, sin duda.
periódico La Nación 27 octubre 2007.

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