Anticipo
La fuga de Francisco
Extracto del cuento “El santo, el niño y el mar”, del libro del autor nacional Hernán Elizondo Arce.
–¡Francisco! ¡Francisco!
Nadie respondía a lo largo de la inmensidad del mar. Este lanzaba sus olas contra el declive de la playa, encrespado y rugiente, como un dios fatuo, prepotente y sádico, y el nombre repetido con entonación dantesca iba a romperse sin ecos contra la furia del oleaje.
La oscura silueta del fraile se triplicaba en la arena, en una sombra alargada que tenía algo de fantasma, formando un ángulo con el cuerpo enjuto enmarcado en contornos de penumbra.
–¡Francisco! ¡Francisco!
La voz severa, angustiada y cortante, clavada contra el aire tibio que olía a sal y a mariscos, era como un cuchillo de palabras que dividiese en dos gajos el mundo de la noche.
Pero nadie respondía al llamado del fraile.
Una rocola cansada chillaba un rock en Los Baños entre risas aguardentosas de clientes rezagados; algunas parejas furtivas buscaban, entre juegos, cobijos protectores, y un vagabundo sin caminos dormitaba cara al cielo, semidesnudo en la arena, al soplo de la brisa cálida, pegajosa, hipnótica.
–¡Francisco! ¡Francisco!
La voz doliente del fraile volvió a clamar en la noche.
Otra vez aquel diablillo se había escapado de su asilo para irse a vagabundear bajo las palmas, o a hurgar con obsesión en los rincones, o a perderse en aquel mundillo poblado de muelleros y pescadores cargados de aventuras, entre los que desfilaban displicente-mente los turistas de la capital, burócratas o burgueses, amantes del “churchill” o del “banana split”, los “american boys” cubiertos de suciedad y pelambre, vestidos de mezclilla y alpargata, y las americanillas medio desnudas, con pecas y sin “brassier”.
Otra vez el chiquillo había huido para encararse con la noche, con la claridad salobre que le entreabría horizontes, tal vez para clavar apenas la mirada en las estrellas fugaces que se deslizaban al mar, o en las golondrinas que por miles pernoctaban sobre los alambres en su sueño de emigrantes, o quizá solo había querido ir a dar vuelo a su fantasía soñando mares más azules con danzas de sirenas.
Fue en el pase de lista de la rutina diaria a que se había acostumbrado a los niños antes de enviarlos al lecho, cuando el afligido guardián se dio cuenta de que del díscolo rebaño se había escapado una oveja.
Se trataba, como siempre, de Francisco, el negrillo recogido por él junto al muelle del estero, en una tarde de lluvia sin pan y sin gaviotas.
No era la primera vez que el niño se rebelaba frente a la seguridad de su asilo y se lanzaba en carrera hacia la orilla del mar para revivir en sueños las fogonatas del crepúsculo, el oro de las tormentas o el salto de los delfines.
Otras veces, llevado por un instinto vital que se agarraba a sus carnes, se perdía en el marasmo de callejuelas impúdicas o iba a recogerse en la mugre y el calor de las barracas.
El fraile recordó la tarde en que lo halló acurrucado junto a las paredes de un viejo caserón semidestruido, comiéndose los dedos por el hambre y apenas medio visible entre las sombras que formaban el marco de su estupor y la concha de su miedo.
–Uno más– pensó con amargura. Y recordó el buen fraile la tarea que se había impuesto ante el Señor, su misión de apóstol de tugurios, su afán de redención de los niños que la sociedad indiferente abandona a su suerte, vagabundos de callejas, mendigos de mercado, merodeadores de portales olorosos a ratas.
El niño se estremeció cuando el fraile lo asió de la muñeca.
–¿Cómo te llamas?
–Francisco.
–¿Tienes padres?
–Murieron.
–¿Has ido a la escuela?
–Nunca.
–¿Qué hacías aquí?
–Dormía.
–¿Dónde vives?
–En la calle. […]
Cortesía de ECR
Autor: Hernán Elizondo Arce
Editorial: Costa Rica
Suplemento Áncora. periódico La Nación 28 octubre 2007

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Por favor, necesito contactar a don Hernan Elizondo. Soy una antigua corresponsal suya, de Chile. Si alguien pudiera darme su direccion postal o electronica o su telefono, estaria eternamente agradecida.
Percy Ximena Neiman H | 28-06-2008 - 05:00:04 GMT 1 #