Columna EN GUARDIA
Jorge Guardia
Economista
El padre Glenm Gómez tiene mucho en común con la Bala Gómez: dispara sin dirección.
Sus disparos silbaron sobre mi cabeza por incluir a la Conferencia Episcopal entre los propulsores del discurso conciliador posreferendo: “sí, pero no”. Trató de corregirme (y corregir indirectamente a los obispos) afirmando que la posición de la Iglesia no es “sí, pero no”, sino “ni sí ni no”. Error. Porque implica que no está con el TLC ni con las reivindicaciones sociales del No. O sea, no está en nada.
Entiendo que haya sacerdotes de derecha y otros que, quizás, sufrieron presión dentro y fuera del Gobierno para mantener una aparente “neutralidad”. Pero no es cierto que los obispos no tomaran una posición clara en su última publicación. Se inclinan con mucha más fuerza y convicción por la posición del NO que por las posturas del SÍ y las que ahora asume el sacerdote.
Los obispos asumieron de lleno la crítica visión de la Conferencia de Aparecida sobre la globalización “sin la cual, no es posible un orden justo en sociedad”; el padre Glenm la minimiza. Los obispos, al hacer suya esa visión, afirman que “conducida por una tendencia que privilegia el lucro y estimula la competencia, la globalización sigue una dinámica de concentración de poder y riqueza en manos de pocos”. Pero el padre Glenm piensa que “la globalización no es ni buena ni mala” (o sea, ni sí ni no). Mientras los obispos exigen a los responsables de diseñar políticas que afectan a nuestros pueblos “que lo hagan desde una perspectiva ética, solidaria y auténticamente humanista”, el padre Glenm cree que “debe haber coincidencia con los postulados éticos del SÍ. ¿Cuáles?
En esa misma línea, los obispos abogan por “un nuevo modelo de desarrollo y construcción solidaria de un proyecto de país”; el SÍ, en cambio, está por preservar y profundizar el modelo neoliberal de apertura comercial. Los obispos desean fervientemente una economía marcada por la justicia; el SÍ, por el mercado. Aquellos claman por que las leyes de implementación no sacrifiquen las prácticas tradicionales de producción y comercio solidario (pequeños agricultores); los otros piden competencia en aras de la eficiencia y rentabilidad. Y esto es una constatación, no un juicio de valor, como él erradamente alega. Obviamente, no coincidimos. Mi crítica a los obispos es que no hablaron tan claramente antes del referendo. Por eso afirmé –y sostengo– que sufrían remordimientos, pues siempre han estado con los pobres. El padre Glenm, en cambio, se solaza en su neutralidad. Y no le remuerde nada. No está ni con los ricos ni con los pobres, ni con el Sí ni con el No. No está en nada.
periódico LA Nación 30 octubre 2007

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