Tierra minada
Antibélico El cineasta kurdo Bahman Ghobadi asombra con su cinta filmada en Irak tras la invasión
Jurgen Ureña | jurgenurena@yahoo.com
Perdido en los linderos montañosos entre Irak, Irán, Siria y Turquía, el pueblo kurdo se ha visto condenado ancestralmente a una existencia nómada y marginal. En consecuencia, a su discreta cinematografía le han faltado rasgos de identidad hasta cumplir medio siglo, tras el estreno internacional de la bella y singular Yol (1982).
El nombre limpio de ese filme es preludio de vuelo, de soplo capaz de despertar memorias y levantar el polvo blanco de Cannes, donde consiguió la Palma de Oro.Yol surgió de un proceso excepcional: su director, Yilmaz Gulney, rodó buena parte del filme desde la cárcel, donde debía cumplir diez años por acusaciones políticas; luego escapó, se refugió en Suiza y culminó allí el azaroso y célebre montaje de Yol .
Dos décadas después de esa hazaña, el aplaudido estreno de Las tortugas pueden volar (2004) en el Festival de Cine de San Sebastián (España), confirmó que el destino recuerda algunas veces a los pueblos olvidados.
Vuelo segundo. En los inicios de la invasión estadounidense a Irak, el cineasta Bahman Ghobadi viaja al Kurdistán iraquí para presentar su película Canciones de la tierra de mi madre (2002). Repentinamente, las condiciones de cientos de niños huérfanos y mutilados se imponen y lo obligan a filmar un nuevo largometraje, a contrapelo de la emisiones de CNN y su “mundo feliz y democrático”.
El argumento de Las tortugas pueden volar se ubica en un campo de refugiados, en la frontera entre Irak y Turquía. La inminencia de la invasión militar conduce, hacia aquel campo, a una turba infantil dedicada a desactivar minas, y a la búsqueda y emplazamiento de antenas parabólicas.
El líder de la operación responde al apodo oportuno de Satélite y cultiva el sueño de un contrato en los predios del Tío Sam, bajo el amparo de su precario dominio del inglés.
La parodia y el humor negro son las únicas formas de acercarse a la insólita y dolorosa memoria del pueblo kurdo, tal como se infiere de los recuerdos del propio Ghobadi: “No sé desde cuándo está minado el Kurdistán, pero ya mi abuela me contaba historias de las minas y de los que fueron sus víctimas. Cada día, cada hora, hay personas que mueren o quedan mutiladas por ellas. Incluso hay familias en el Kurdistán que ponen el nombre de Mina a sus hijos recién nacidos”.
Plano a plano, el cineasta nos muestra las posibilidades argumentales de las minas (objetos tecnológicos transformados en pulsión de muerte) y el burdo espectáculo televisivo disfrazado de noticia.
“Las cadenas internacionales que anunciaban la guerra presentaban a Bush y a Sadam como estrellas, pero no hablaban de la gente con nombres y apellidos que moría en las calles. Yo mostré algo totalmente diferente. Las estrellas de mi película son las personas y los niños. Bush y Husein son el contexto”, ha dicho Bahman Ghobadi.
Influencias. Las tortugas pueden volar exhibe características del cine iraní contemporáneo, como el papel protagónico de los niños y la puesta en escena de rasgos neorrealistas.
Las influencias del ámbito estudiantil del director son evidentes; sin embargo, sus motivos esenciales transitan otros territorios.
“Mi película se refiere al Kurdistán, y espero que contribuya a la causa kurda. Yo aprendí a amar el cine a través del cineasta iraní Abbas Kiarostami, pero no aprendí a hacer cine como él. Intento hacer películas a mi manera, inspirándome en la cultura de mi pueblo”, ha expresado el cineasta.
A partir de su ópera prima, El tiempo de los caballos borrachos (2000), la filmografía de Ghobadi ha girado en torno a la nación kurda. En consecuencia, ha desarrollado los motivos del nomadismo y la frontera: “Los kurdos se representan siempre con un niño o un tapete sobre la espalda. La vida de una mujer kurda consiste en reaccionar de prisa a los bombardeos, tomar un cobertor, envolver algún niño y huir en dirección a la frontera: he ahí su cotidianidad”.
Las dantescas consecuencias de la guerra sobre la fragilidad del pueblo llano, y particularmente el monstruoso ciclo de mutilaciones y traumas infantiles, han demandado a Ghobadi un ejercicio de malabarismo sobre las fronteras brumosas que existen entre el documental y la ficción, el esperpento y la pesadilla, la realidad y el absurdo. Es probable que, entre los cineastas contemporáneos, solamente se encuentre una afinidad, un gusto semejante por el realismo de tintes oníricos, en el gitano Emir Kusturica.
Por su parte, Ghobadi rechaza las clasificaciones simplificadoras y prefiere permanecer en tierra de nadie: “Adoro las películas de Kusturica; sin embargo, su surrealismo no existe en mi trabajo. Lo que puede parecer surrealista en mis películas, y en la cultura kurda, es lo que a menudo sucede. Por ejemplo, para ayudar a los refugiados kurdos iraquíes que vienen a Irán, les dan leche en polvo. Cada día llegan las madres con un hijo a cuestas. Les he preguntado cómo hacían para que sus hijos nunca llorasen, y me han respondido que los niños dormían. Al cabo de una semana he descubierto que los niños estaban muertos y que ellas venían a buscar la leche para ellas mismas. Este detalle macabro parece surrealista, pero es la triste realidad”.
Letargo y vida. Las tortugas pueden volar es una denuncia del ciclo mortuorio de la guerra, un grito desesperado contra la plaga de mercenarios de cuello blanco que habitan impunemente nuestro mundo.
Una vez más, Ghobadi encuentra palabras claras, obtenidas de la tertulia familiar y el trasiego de pensamiento, para representar la historia de su pueblo: “Estoy convencido de que los kurdos perdemos la infancia cuando nacemos: de cero días de edad pasamos a veinte años. Nos hacemos mayores por la fuerza. La empresa más rentable del mundo es el armamento, que consiste en convertir chatarra en medios capaces de destruir y dominar pueblos. Este armamento, estas minas, les quitan a nuestros niños el brazo, la pierna y la infancia”.
Durante el rodaje de El tiempo de los caballos borrachos , Ghobadi escribió la secuencia en la que un grupo de niños sube a una colina y observa de cerca el vuelo de un aeroplano. Ninguno de ellos había visto jamás una película, una bombilla eléctrica ni un avión: eran pequeñas tortugas liberadas por un segundo de su condena al letargo y el peso de una sociedad desigual. Un buen día Ghobadi nos ha recordado que las tortugas pueden volar. Los espectadores de su intenso cine difícilmente podremos olvidarlo.
Suplemento Áncora. Periódico La Nación 4 noviembre 2007

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