Anticipo
Los recreos de Daniel
Extracto del libro de relatos “Ellas también cuentan”, de la autora nacional Rima de Vallbona
El Nahual de mi amiga Irene
Daniel era sólo un nombre que me venía de tarde en tarde, desde México, en las cartas de mi amiga Irene. A pedacitos, carta tras carta, desde hacía más de diez años, yo iba reconstruyendo con afán esa misteriosa realidad humana que llevaba por nombre Daniel. No me atrevía a preguntarle a Irene directamente, porque algo dentro de mí me decía que en el nombre y en la vida de Daniel había un coto cerrado para los que vivíamos ajenos al impenetrable rito de su existencia. En el laberinto de parrafadas triviales concernientes a la literatura, el arte, la poesía –nuestro común quehacer– entre comentarios de que este mundo, tal como iba era el acabóse y ya-no-había-nada-que-hacer; entre el barullo de palabras necias cargadas de quejas que eran siempre las mismas, gastadas ya de tanto escribirlas, le preguntaba a Irene por Daniel y ella –siempre en el último párrafo– me contestaba que estaba bien, bastante bien después de unos días en cama, o en el hospital. Entonces deduje que Daniel tenía una salud precaria o padecía algún mal incurable. Sin embargo no me atrevía a inquirir cuál era y continuaba recogiendo frases sueltas de las cartas que me iban trayendo pedazos de Daniel:
“La plácida vida de mi Daniel transcurre entre nimios hábitos poéticos y largos paseos por el bosque. ¡Es tan feliz en su repetido mundo!
“Daniel no quiso ir conmigo a Guadalajara a recibir el premio de poesía que me otorgaron por mi último libro. A él no le gusta romper la tersura de su rutina que tiene un no sé qué de lírico y trascendental.
“Pasaré un año como profesora de poesía en la Universidad de Winnipeg y lo mejor de todo es que Daniel accedió a venir conmigo. Dejar su pequeño mundo infinito y acompañarme es para él una empresa digna de encomio… Hay que reconocer que una separación de mi hijo, ni él ni yo la podríamos sobrellevar. Pobre de mi ‘Minou’ adorado, ¡cuánto hace por tenerme contenta!”.
Era la primera vez que Irene lo llamaba “Minou”, y yo, extrañada, hube de recurrir al diccionario: “Minou”: voz francesa que en lenguaje infantil designa el gato. Minimo. Misingo”.
A los párrafos de sus cartas se agregaron los comentarios dispersos de amigos con datos que iban delineando con más precisión la imagen esfuminada de Daniel:
–Daniel es un misántropo –me explicó alguien–. Vive en aquel caserón cultivando rosas y leyendo minuciosos libros y artículos sobre ferrocarriles. Si hay un experto en la materia que no sea ingeniero ni haya manejado una locomotora, ése es Daniel. ¡Vaya inútil ocupación la que llena su vida! Porque mire que, si hay algo inútil en este mundo y sin interés alguno, son los datos nimios de trenes, tuercas, engranajes, pistones, cilindros, válvulas, fuelles; locomotoras de vapor o eléctricas, ténder, vagón, batea; marca, calidad y velocidad. La verdad es que no podía haber encontrado nada más inservible después de haberse retirado joven de su brillante carrera de profesor de administración y negocios.
¿Inútil? ¿Inservible? Visto a la luz de ese juicio tan lapidario, ¿hay algo en esta vida que sea real y rotundamente útil? Este tecleteo de mi máquina de escribir en mi vano esfuerzo por reconstruir un evanescente arcano, ¿no es tanto o más inútil que acumular apuntes sobre ferrocarriles? La verdad es que todo acto nuestro, comer, pasear, leer, escuchar música, trabajar en una planta nuclear o en la colecta de la basura, el quehacer doméstico, las conversaciones y diversiones diarias, las noticias meticulosas del periódico, la radio, la televisión, todo, es inútil absolutamente todo; es uno y lo mismo, marcado por el inexorable esfuerzo igualitario de hay-que-matar-el-tiempo-mientras-tanto. […]
Autora: Rima de Vallbona
Editorial: Torremozas. Madrid.
Suplemento Áncora periódico La Nación 4 de noviembre de 2007

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