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RESONOCO

04/12/2007 GMT 1

El gobierno del pueblo

marfuerte @ 01:06

Enrique Obregón Valverde

La unanimidad en democracia no existe ni pueden gobernar las minorías

Abogado

Cuando se publicó mi pequeño articulito sobre la izquierda, un amigo muy apreciado me llamó saludándome de la siguiente manera: “Buenos días, señor dinosaurio”, agregando que eso de izquierdas y derechas eran términos que las nuevas realidades habían sepultado. Pero de todo lo que me comentó, me ha preocupado la crítica que hace de la democracia, al afirmar que ya no se puede soportar la opresión de las mayorías, para concluir con una expresión que se ha convertido en lugar común: Hay que cambiar de sistema, inventar una nueva forma de gobernar, la Asamblea Legislativa es un desastre.

Pienso que esta última afirmación de mi amigo amerita un debate nacional. Hay demasiada confusión, tanto por lo que debe entenderse por democracia como por la terminología que siempre ha formado parte de ella: pueblo, poder, mayorías, socialismo, minorías, libertad, derechos, liberalismo, representación, ciudadanía, urna electoral.

Acelerado cambio. Ciertamente, hay una realidad que dramatiza la democracia de nuestros días y es la aceleración del cambio. Nos hemos quedado con el concepto, con las palabras de hace 100, 200 años, y en cuestión de cinco décadas, la ciencia y la tecnología han transformado la sociedad cambiando totalmente de escenario y de lenguaje. El joven de hoy y el viejo de hoy hablamos idiomas diferentes y pensamos de manera casi opuesta. Los muchachos, ahora, no piensan como ciudadanos, sino que definen su personalidad social a través de la Internet, su sensibilidad se mide según sea su capacidad para acariciar el ratoncito de la computadora y por su disposición para asistir al concierto del cantante internacional que nos visita frecuentemente y que es su único líder espiritual. El dirigente político, el profesor universitario, el escritor, el poeta, el filósofo, desaparecen de su vida porque la contorsión del cantante está sobre todo lo demás.

Yo, a mis 83 años, me quedé medio siglo atrás. No me pude bajar de la carreta que conducen unos apacibles bueyes cuando hoy los muchachos viajan en aviones supersónicos. La distancia es cada vez mayor. Pero, con tozudez de campesino que piensa que debe seguir cultivando maíz como lo hicieron sus padres y sus abuelos, creo que debemos seguir cultivando la democracia –con sus semillas originales–, ese gobierno simple de gentes sencillas; que debemos continuar aceptando que los pueblos elijan en votación libre y secreta; que la decisión popular que aparece en la urna electoral ha de respetarse como sagrada, y que al gobernante lo nombra una mayoría porque la unanimidad en democracia no existe ni pueden gobernar las minorías. Esa es la ley que nadie debe poner en duda ni violar jamás.

Solo el pueblo. Sucede, con frecuencia, que el muchacho que se crio en las barriadas populares tuvo la oportunidad de estudiar en universidades extranjeras y viene, cargado de honores académicos, a objetar los valores de la democracia y hasta la fe de sus padres en Dios. Su orgullo lo pierde al olvidar el contacto con el pueblo, fuente única de justicia social y de fervorosa espiritualidad.

Por mi parte (y sin rechazar el valor de la cultura universal), cuando me citan a los grandes teóricos de las ciencias sociales, de la filosofía política y de la economía para poner en duda la democracia, me aparto tranquilamente y, con Abraham Lincoln, rezo: “Que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra”.
periódico La Nación 9 noviembre 2007

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