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RESONOCO

05/12/2007 GMT 1

Bruma y libertad

marfuerte @ 00:48

Polifacético El compositor Luis Eduardo Aute nos sorprende como cineasta con un filme onírico

Jurgen Ureña | jurgenurena@yahoo.com
Según algunos, todos los caminos conducen a Roma. Otros desconfían de los romeros y de las rutas guiadas por certezas; echan a andar por los caminos de la música, la pintura y la poesía, y descubren que todos conducen al cine. Sin duda, Luis Eduardo Aute es el más inquieto entre estos viajeros rebeldes, el más sorprendido y feliz ante la caricia final del celuloide.

Desde muy temprano, las andanzas de ida y vuelta maravillan a Aute: primero viaja de su natal Filipinas a España, donde descubre el placer del aplauso popular y la orquestina; luego se aventura tierra adentro y cruza los territorios de la poesía miniaturista, la música de íntimas urgencias, la pintura, el dibujo y la escultura de espíritu romántico. En el fondo de esta odisea singular, descansan mil y un películas vistas con anhelo y asombro.

Cine, cine, cine. Cuenta la leyenda que el vagabundeo creativo de Aute se abre camino a la edad de nueve años ante la proyección del filme La ley del silencio (1954). Es posible que el niño no reparase entonces en los matices y arrebatos histriónicos de Marlon Brando, o en la ejemplar dirección de Elia Kazan, pero se dice que esa noche afortunada escribió sus primeros poemas.

Un año más tarde, el embrujo cinematográfico le obsequia el erotismo que nunca más lo abandonará. La película se titula Niágara (1953) y la musa iniciática es Marilyn Monroe. Al llegar a su casa, Aute busca y encuentra, en una revista, a la inquietante rubia; hace desaparecer con pasta dental el vestido de baño de la imagen y dibuja encima el cuerpo desnudo que grita su imaginación. Después guarda el retrato, mitad pintura, mitad deseo, en su libro de geografía. Ese día olvida para siempre el significado de la palabra “frontera”.

Durante el tiempo de la adolescencia, como bien acostumbran todas las adolescencias de su tiempo, la cinefilia viaja al lado del encuentro amoroso. Años más tarde, el cantautor recordará en la letra ingeniosa de alguna de sus composiciones: “Fue en ese cine, ¿te acuerdas?, en una mañana Al este del Edén : James Dean tiraba piedras en una casa blanca; entonces te besé”.

A los veinte años, el destino enrumba las inquietudes del joven Aute hacia París, donde se interna en la poesía surrealista de Paul Eluard, en la filosofía más radical de Nietzsche y el cine que la censura franquista niega a los españoles.

Al año siguiente trabaja como segundo ayudante de dirección en las películas Cleopatra (1963) y Hagan juego, señoras (1964), y observa, admirado, el trabajo de dos cineastas admirables: Joseph Mankiewicz y Marcel Ophüls.

El Edén se anuncia a la vuelta de la esquina. En unas líneas de cadencia y finalidad musicales, Aute expresa el sentimiento eufórico de aquellos días: “Cine, cine, cine; más cine, por favor. Que todo en la vida es cine y los sueños cine son”.

La pupila tras la cámara. A inicios de los años 70, el aprendiz de brujo oficia por fin de hechicero. Por esta época, Aute dirige doce videoclips y se lanza a la escritura y dirección de tres cortometrajes: Minutos después (1970), Chapuza 1 (1971) y A flor de piel (1972), protagonizado por Ana Belén y Jaime Chávarri.

En los años 80, las exposiciones pictóricas y la publicación de discos y poesías lo alejan de los predios cinematográficos; sin embargo, escribe y dirige El muro de las lamentaciones (1986) y La pupila del éxtasis (1989) para la serie de Televisión Española Delirios de amor .

En 1995, el sueño del celuloide regresa con fuerza. Aute cuenta únicamente con un puñado de asombros fervorosos, algunos dibujos a lápiz y la presencia de un perro entristecido que llama Dolor en recuerdo de la mascota de Frida Kahlo. No parece demasiado, pero nada es poco para un domador de enigmas.

El ambicioso proyecto consiste en registrar los vínculos etéreos que hay entre el artista y su modelo, a partir de una serie de semblanzas dedicadas a los pintores Francisco de Goya, Frida Kahlo, Diego Rivera, Julio Romero de Torres, Pablo Picasso, Marcel Duchamp, Joaquín Sorolla, Salvador Dalí y Diego Velázquez.

De haber contado con dos o tres segundos de cordura, Aute no habría filmado jamás Un perro llamado dolor (2001). Por suerte para el canon del cine agudo y delirante, y según se comprueba en cada uno de los cuatro mil quinientos dibujos requeridos durante los cinco años de producción, Aute vivió esta temporada en pleno estado de locura.

Interiores. Un perro llamado dolor se ubica en las antípodas argumentales y estéticas del cine de animación en boga, tanto del manga japonés como de los dulzones retoños Disney.

A pesar de la advertencia surrealista sobre los riesgos de asomarse al interior, Aute escarba en la imaginación propia y ajena, dibuja sueños y traiciones tras bambalinas y trae a la memoria algunas películas de abolengo experimental, como El acorazado Potemkin (1925) y Un perro andaluz (1928).

En el insólito y brumoso filme, la audacia apuesta la representación del mundo creativo a una sola carta: la íntima e inexplicable coherencia. Por lo demás, no existen límites para este cadáver exquisito en el que todo se vincula y significa: violencia, muerte, poesía, sexo, humor, deseo, vuelo. Ya se ha dicho: Aute desconoce el significado de la palabra “frontera”.

Un perro llamado dolor es un paseo por los temores de la infancia. ¿Qué es la originalidad sino el regreso al origen? ¿Qué despiertan estas imágenes soñadas sino los recuerdos más primitivos? Durante noventa minutos de insomnio visionario, el poeta dicta imágenes al oído del cineasta: “Dicen que sangra la Luna al filo de su guadaña”, “Miles de buitres callados van extendiendo sus alas”, “Maldito baile de muertos, pólvora de la mañana”.

Un perro llamado dolor es una apuesta por el cine lúdico y sincero; por el celuloide que propone tránsitos complejos en lugar de simples transacciones comerciales. En una canción titulada Libertad , Aute se pregunta: “¿Quién nos compuso el engaño de que existir es apostar a no perder?”. Con su primer largometraje, Aute lo apuesta todo a no ganar y gana con ases la partida.

Al final de la película enciende su cigarrillo y se pierde en la bruma. Es fácil adivinar, en su rostro, una sonrisa de satisfacción por el dolor cumplido.

Suplemento Áncora paeriódico LA Nación 11 noviembre 2007.

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