Visionario de la tolerancia
Cien años En el 2007 se cumplió el centenario del mayor estudioso contemporáneo de las religiones
Juan Carlos Valverde Campos | jvalverd@una.ac.cr
Una página de sus Diarios , correspondiente a 1960, revela la motivación humanística y política que estaba detrás de la abundante y diversa obra de Mircea Eliade: “Un día no lejano, Occidente no solo deberá conocer y comprender los universos culturales de los no occidentales, sino que además se verá obligado a valorarlos como parte integrante de la historia del espíritu humano”.
Hoy, esta cita es tanto o más pertinente que cuando fue escrita, casi cincuenta años atrás. Ese día ya llegó, estamos en él: hoy resulta imperativa la convivencia pacífica, el reconocimiento del otro (y allí, el “otro religioso”) no solo como “algo” más, sino como una verdad entre las muchas que componen este universo tan diverso.
En esta tarea de reconocimiento es tan actual la obra del rumano Mircea Eliade, considerado como el estudioso cuyas investigaciones han marcado más el conocimiento histórico y fenomenológico de las religiones.
Razón y pasión. Eliade conjugaba de manera brillante lo racional e intelectual con la experiencia; al mismo tiempo, dedicaba idénticas energía y pasión al descubrimiento y transmisión de nuevos conocimientos. Muchas veces, se ha interpretado que detrás de sus investigaciones estaba la inmensa preocupación por llenar un vacío en su propia vida.
Eliade estaba preocupado por hacer comprensible el mundo moderno, lo mismo occidental que oriental, igual en la India que en Tokio o París; sobre todo, las creencias religiosas y filosóficas poco conocidas o mal comentadas en Occidente.
Eliade nació el 9 de marzo de 1907 en Bucarest, donde comenzó sus estudios de filosofía. A los 21 años se trasladó a la India; allí vivió durante tres años. Entonces comenzó un proceso de asimilación de la cultura oriental. Profundizó en los principales textos del hinduismo –que estudió en su lengua original, el sánscrito– y escribió su tesis sobre el yoga.
Después de esta experiencia volvió a Bucarest, donde fue profesor universitario y, como muchos otros intelectuales, colaborador de los principales medios de extrema derecha, hasta el punto de ser miembro del movimiento fascista de la Guardia de Hierro .
Durante la Segunda Guerra Mundial fue diplomático en Inglaterra, y en 1942 en el Portugal del dictador Antonio de Oliveira Salazar, a quien dedicó un libro. Hacer coincidir estos hechos con las motivaciones de su obra posterior es uno de los acertijos a los que se enfrentan quienes estudian su obra.
Tras la conclusión del conflicto, Eliade emprendió una nueva aventura en París en la École Pratique des Hautes Études, donde permaneció hasta 1957, cuando lo nombran catedrático de Historia de las Religiones en la Universidad de Chicago. Allí permaneció hasta su muerte, en 1986.
Durante estas cuatro décadas enseñó en Francia y Estados Unidos; publicó decenas de libros, tanto estudios como textos literarios, como el Tratado de historia de las religiones (1949), Historia de las creencias y las ideas religiosas (cuarto volumen del libro anterior, aparecido póstumamente), Imágenes y símbolos (1949), Herreros y alquimistas (1956), Lo sagrado y lo profano (1956), Mito y realidad (1963).
Naturaleza simbólica. Eliade intentó descubrir qué hay de universal en cada religión particular. Hacerlo a través de una descripción de todas las religiones hubiese sido algo impresionante para su época; sin embargo, su trabajo trató de penetrar en la esencia misma de lo religioso.
Para el estudioso rumano, hay algo que va más allá de las numerosas formas religiosas: todo hombre y toda mujer tienen en sí un “algo” que los hacen entrar en relación con lo sagrado y que es un constituyente de su ser. La persona se reconoce efímera, limitada a su condición histórica, la cual desea superar, y a través de lo sagrado lo consigue.
Eliade afirma que lo sagrado es poder, fuerza que brinda solidez a la totalidad de la existencia. Por esto, las manifestaciones de lo sagrado son la puerta para comprender el fenómeno religioso y una parte importante de la vida cotidiana de la humanidad.
Eliade afirma que el mundo arcaico ignora las actividades “profanas” y que toda acción dotada de un sentido preciso (caza, pesca, agricultura, fuego, lucha, sexualidad), participa de lo sagrado. De esta manera, lo religioso, y no lo profano, explica cuanto sucede y cuanto se hace.
En esta exposición, cobra particular importancia la noción de símbolo. El símbolo permite interpretar las formas religiosas (mitos y ritos). Son raros –probablemente no existan– los fenómenos mágico-religiosos que no impliquen cierto simbolismo. El símbolo no es un concepto o una forma, sino la puerta a través de la cual se capta el misterio, se reconoce el sentido.
A su vez, el mito forma parte del pensamiento simbólico. Concepto clave dentro de la construcción teórica de Eliade, el mito permite la irrupción de lo divino en lo temporal. En los mitos de diferentes pueblos, el historiador de las religiones encuentra muy similares relatos.
Como un ejemplo, basta tomar un breve texto de las culturas asiáticas: “En el comienzo, dicen los polinesios, no había sino las aguas primordiales, sumidas en las tinieblas cósmicas (…). Io, el dios supremo, expresó su deseo de salir de su reposo. Inmediatamente apareció la luz. Luego continuó: ‘Sepárense las aguas, fórmense los cielos, hágase la tierra’. Así fue, por las palabras cosmogónicas de Io, como el mundo llegó a la existencia” ( Tratado de historia de las religiones ).
Por su parte, un texto que por este lado del mundo conocemos muy bien, dice: “En el principio (…), la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo (…). Dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz” ( Génesis 1, 1-3).
¿Sorprendente? Pues es posible citar otros cientos de ejemplos. De acuerdo con Eliade, el mito cumple una función muy importante: fijar los modelos ejemplares de todos los ritos y de todas las acciones humanas significativas.
El mito es siempre un precedente y un ejemplo. El hombre debe hacer lo que los dioses hicieron en los comienzos: así actuaron los dioses, así actúan los hombres. Es una manera de justificar el presente.
El pensamiento de este autor que mencionamos en el inicio de este artículo, adquiere hoy una particular importancia. El diálogo implica conocimiento y aceptación del otro. El proselitismo es la enfermedad más grave de nuestro tiempo, nos está destruyendo. Es enfermizo querer convencer a todo aquel que piensa diferente de mí para que crea que lo nuestro es “mejor”. Esta actitud nos lleva a la catástrofe total.
Al celebrar, en este 2007, los cien años del nacimiento de tan ilustre pensador, convendría hacer una revisión de su pensamiento para ver cuánto de ello tiene aún validez. Es más, el autor de esta breve síntesis piensa que mucho de cuanto Eliade afirmó es aún más valido hoy, en nuestras sociedades de conocimiento, que antes.
EL AUTOR ES FILÓSOFO Y TEÓLOGO. OBTUVO LA MAESTRÍA EN TEOLOGÍA BÍBLICA Y SISTEMÁTICA EN EL INSTITUTO CATÓLICO DE PARÍS. DIRIGE LA ESCUELA ECUMÉNICA DE CIENCIAS DE LA RELIGIÓN DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 2 diciembre 2007.

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