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RESONOCO

05/01/2008 GMT 1

Columna ESAS COSAS RARAS

marfuerte @ 03:20

María Elena Jiménez Vega
mjimenez@prensalibre.co.cr
Un domingo antes de Navidad me encontraba trabajando en San José. A la hora de almorzar decidí ir a McDonald’s de la Plaza de la Cultura y así despejarme un rato del quehacer de la oficina.

En diciembre son típicas las presas en las carreteras y los llenazos, no solo en los centros comerciales, sino también en el casco central de San José. Ese día no era la excepción.

Llegué a McDonald’s a eso de la 1.30 de la tarde. En el restaurante había mucha gente, pero igual muchas personas que ocupaban mesas habían terminado, por lo que era presumible que tuviera suerte de encontrar espacio con prontitud.

Así es que al llegar a la caja solicité mi combo favorito para comer en el restaurante.

Sin embargo, no tuve la suerte de encontrar mesa con rapidez. Después de pasearme por los pasillos y de notar que mis papitas se me estaban enfriando, pregunté por el área de arriba y me dijeron que estaba cerrada, porque tenían un evento especial. Supuse que se trataba de un cumpleaños.

Fue entonces cuando noté que en el sector del McCafé solo había dos personas y el resto de las mesas estaba sin ocupar.

Confieso que soy fiel consumidora no solo de los combos de McDonald’s sino también del café americano del McCafé. Con frecuencia salgo a comprar café para mi jefe y para mí, o bien me encuentro en ese restaurante con amigos para compartir el café, el pie de limón con —de vez en cuando— unas papitas.

Pues esa tarde no vi nada de malo en sentarme en ese sector para almorzar y regresar a la oficina.

Sin embargo, al dirigirme con mi bandeja de comida a la mesa, una empleada me detuvo y me dijo:
-No puede sentarse ahí. Si lo hace tiene que comprar antes un café.

Le expliqué a la joven que yo con frecuencia les compraba café y que además era evidente que había comprado un combo que se me estaba enfriando y que necesitaba almorzar para regresar al trabajo.

Ella me contestó:
-Entonces por qué no lo pidió para llevar. Aquí no puede quedarse si no compra café.

La respuesta francamente me indignó. Ahora resulta que una empleada de un restaurante como McDonald’s me dice qué tengo que hacer o dónde puedo comer. ¡Solo le faltó mandarme a almorzar a la Plaza de la Cultura!
Lo lógico en estos casos es que ella como empleada me hubiese ayudado a encontrar una mesa pronto. Busqué al gerente de servicio y le expliqué lo que ocurría y él atentamente me ayudó, sin necesidad de ser descortés.

Fue como un rato de mala suerte, porque inmediatamente que me senté las mesas del restaurante empezaron a vaciarse. Todavía la joven que me hizo echada del McCafé trabaja ahí. Solo espero que alguien le explique cómo debe atender a los consumidores de McDonald’s. Sé que un cliente más o un cliente menos para la transnacional no debe ser algo importante para preocuparse, pero imagínese que no solo yo tenga un trato así.

Ahora, aunque me encanta el café americano de McDonald’s, lo compro desde entonces en otro restaurante.

periódico La Prensa Libre 4 enero 2008.

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