La Iglesia que hallé en Aparecida
Una Iglesia que, pese a sus evidentes pecados, vive llena de acción por Jesucristo
Presbítero
Leyendo el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que tuvo lugar en mayo del 2007 en Aparecida, Brasil, me encontré con una Iglesia muy, pero muy, diferente de la que algunos pretenden ver enEl Financiero , como una institución poderosa en lo económico…, muy, pero muy, diferente de la que pretenden algunos políticos, que la quisieran siempre a su servicio…, muy, pero muy, diferente de la que algunos ven como un supermercado del que exigen productos de calidad, sin jamás preocuparse de embellecerla con sus servicios, sus testimonios o sus plegarias…, muy, pero muy, diferente de la “perdedora” que algunos quisieron ver después del referendo…
Me encontré una Iglesia que, a pesar de sus evidentes pecados, vive llena de acción de gracias porque Jesucristo ha llenado de sentido la vida de los creyentes, y con la gracia de Cristo intenta seguir sirviendo a la humanidad, ofreciéndole una lectura, desde el Evangelio de Cristo, de todos los acontecimientos de la realidad latinoamericana, que interpelan a los discípulos y misioneros, creyentes en Cristo, que no pueden ser indiferentes ante las miserias que hacen ingrata la vida de muchísimos latinoamericanos, en este continente en el que el Evangelio hubiera debido transformar la realidad en una vivencia más evidente de la justicia y del amor.
Una buena noticia. Me encontré una Iglesia que ve la humanidad, el trabajo humano, la historia y los bienes de la tierra, como un “Evangelio”, es decir, como una buena noticia, porque Dios, a través de Jesucristo, ha llenado de su gracia todo lo creado, y todo lo “creado” por los hombres, destinándolo a la participación de su gloria en los “nuevos cielos y la nueva tierra” (Cfr. II Ped 3, 13). Una Iglesia que tiene solo la buena noticia de la salvación traída por Cristo, naturalmente tiene una visión del hombre, de la historia y de la materia, muy diferente de la que “predican” (si a eso se le puede llamar predicación…) los profetas de desgracias de antes y de ahora…
Me encontré una Iglesia consciente de que tiene que promover la comunión entre todos los creyentes, sin pensar que sus técnicas, métodos y la cuantificación de sus objetivos son lo decisivo, ya que solo con la gracia de Dios se puede esperar que diócesis, parroquias, comunidades pequeñas, conferencias episcopales y relaciones con otros creyentes, puedan terminar en comunión de personas. Los hijos de Dios somos muy débiles, muy limitados. Si la tarea de la construcción de la comunión hubiera quedado en nuestras pobres manos, abandonadas a su propia fuerza, tendríamos razón para perder la esperanza. Por dicha, la Iglesia sabe que el Espíritu de su Señor es el que lleva adelante la comunión de las Iglesias, y la comunión de la humanidad en general, sin descuidar los esfuerzos humanos, que todos los creyentes debemos hacer para construir la comunión, porque la gracia de Dios no nos maneja como robots. Dios cuenta con la colaboración de nuestra libertad.
Me encontré una Iglesia consciente de que para servir de algo debe comenzar de rodillas, a los pies del Maestro, para aprender de Él cómo se vive en comunión con el Padre, para luego lanzarse a la tarea de compartir con los demás la riqueza de haber compartido con Jesucristo la misma vida de Dios. Me encontré una Iglesia que ve en la Santísima Virgen María el modelo de discípula y misionera que ella debe tratar de imitar.
Reconocimiento de la dignidad. Me encontré una Iglesia con ánimos de servir a “todo el hombre y a todos los hombres”, para que sea reconocida la dignidad de la vida humana, para que sea reconocida la dignidad de los excluidos a todo nivel, para que sea realidad el respeto por la vida de infantes, niños, jóvenes, adultos y ancianos. No me encontré con ninguna Iglesia triunfalista, sino con una Iglesia que tiene afán de servir, sin pretensiones de convertirse en institución poderosa, porque su único interés es y debe ser que el Señor se quede con nosotros (Cfr. Lc 24, 29).
Y esta Iglesia no es “un ente de razón”. Existe realmente en los esfuerzos sinceros de los obispos, sacerdotes y laicos que, enamorados de Cristo y de su proyecto, rezan, testimonian, sirven, organizan y trabajan en la pastoral litúrgica, en la pastoral profética y en la pastoral social de nuestras comunidades cristianas, sin que los conflictos del pasado referendo, y sin que los escándalos de algunos sacerdotes enturbien en nada su amor a la Iglesia de Cristo, que siempre han amado y servido como criatura del Espíritu Santo, compuesta por personas que llevan el tesoro de Cristo en “vasijas de barro”… (Cfr. II Cor. 4, 7).
La Nación 4 enero 2008.

Meneame
del.icio.us