Democracia agredida
Enrique Obregón Valverde | enriqueobregon@yahoo.com
El legislador juró obedecer las leyes y la moral y filosofía de la democracia
Abogado
La organización política democrática tiene sus leyes; no aceptarlas corresponde a una actitud contraria a su forma de vida. En términos generales, un ciudadano sin cargo gubernamental tiene derecho a manifestar que no acepta la democracia; es parte de su libertad. Pero un funcionario y, sobre todo, un legislador, no tienen ese derecho. Quien aceptó la representación popular juró obedecer las leyes y los fundamentos morales y filosóficos del sistema.
El gobierno democrático nace con el descubrimiento de la razón como forma ordenada de justa convivencia pacífica. Cuando quien gobierna propone, los sectores de oposición pueden y, yo digo deben, formular una contraproposición, y ambas han de estar basadas en la razón.
Solamente la razón. El arma única que se debe emplear en la necesaria contradicción democrática es la razón. Así quedó establecido por las escuelas jónicas, y fortalecido, cien años después, por Sócrates. La razón como base del equilibrio y de la paz.
Afirmaba John Locke que “lo que une y combina a los miembros de una comunidad política, formando con todos ellos un cuerpo vivo y bien constituido, es su poder legislativo. Este viene a ser el alma que da forma, vida y unidad a la comunidad política”. Respetar este enunciado elemental es precisamente entender que el legislador representa el alma de la comunidad política.
Valor supremo. Si en un parlamento se conoce de un proyecto de ley, los que lo adversan solo tienen a mano un procedimiento: el argumento razonado de un discurso o de una nueva proposición. Razón contra razón, y sabiendo, siempre, que el valor supremo del sistema es el parecer de la mayoría.
Pero, cuando alguien se opone a un proyecto de ley con cien mociones, sin ánimo de probar, solamente obstaculizando, abofetea la democracia. Y el que estorba deliberadamente, lejos del argumento lógico, aunque sea con una sola propuesta, apunta con un revólver hacia el corazón del poder legislativo; pero, si lo hace con cinco mil mociones, dispara brutalmente con una ametralladora.
periódico La Nación 22 enero 2008.

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