Columna Surco
Francisco Barahona R.
Diálogo nacional podría ser el concepto más usado y zarandeado de los últimos años, unos y otros lo utilizan en una verborrea improductiva que confunde a todos y que finalmente desemboca en nada, unos lo exigen, otros se quitan el tiro, pero el resultado es más de lo mismo.
Lo hemos dicho en otras oportunidades, sin diálogo no puede haber acuerdos y sin ellos la democracia se estanca, el obstruccionismo se convierte en moneda corriente y el país se inmoviliza. El “status que” gana junto con sus intereses, la ciudadanía se desmoviliza y decepciona y todos perdemos como sociedad; en otras palabras: secuestran nuestra alma de nación y la esperanza de un mejor futuro se frustra.
Pero no se trata de establecer cualquier diálogo, sino uno que realmente aborde nuestras frustraciones, nuestros límites en el campo político (Participación ciudadana), en lo económico, incluyendo qué modelo debemos impulsar, si uno solidario y justo, u otro exclusivo de un libre mercado basado en la oferta y la demanda; en la cultural, en lo ecológico y en cuanto otro tema nos resulte fundamental.
Para lograrlo es central la participación de todos los partidos políticos, de las organizaciones sociales de todo tipo, incluyendo a las iglesias, a los sindicatos, a las organizaciones participativas de la sociedad y en suma, escuchar a todos los que crean tener un mensaje a favor del cambio, dentro de la nueva Costa Rica del siglo XXI.
Lo anterior supondría además, establecer una metodología, un calendario y sobre todo una forma consensuada de tomar decisiones en forma democrática y abierta.
Es muy posible, si se hiciera, aunque la realidad parece marchar en sentido inverso, que finalmente surgiera con los nuevos acuerdos, la necesidad de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente que acogiera buena parte de los acuerdos negociados y aprobados.
Sin embargo, he de reconocer que sobre este camino, la mayoría de las fuerzas políticas no aceptan participar, con lo cual retrasan la adopción de nuevas reformas con sentido anti-histórico y niegan así a su pueblo, el derecho soberano de permitirle evolucionar pacíficamente sin sobresaltos de futuro, veteados quizás por dosis de posible tolerancia destructiva.
periódico La Prensa Libre 24 enero 2008

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