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RESONOCO

30/01/2008 GMT 1

El poeta de los niños

marfuerte @ 00:31

Ejemplo y amigo Una semblanza de l escritor y maestro Carlos Luis Sáenz, admirable ser humano

María Eugenia Dengo
Educadora, Premio Magón

¿Cómo se hace el poeta? ¡El poeta nace, no hay duda: su alma tiene una sensibilidad especial; ve la belleza en todo, pero también quiere expresarla y comunicarla! No se contenta con contemplarla, no le basta con admirarse y admirarla, sino que, por un imperativo de su espíritu, se siente impelido a capturarla, a transformarla en acto creador, y ese mismo impulso de su creatividad necesita manifestarse, demanda tener vida propia: es la objetivación de la belleza contemplada internamente, es la externalización del espíritu.

Pero ¿para qué grabar esa percepción, para su propio deleite o para satisfacer su necesidad de perdurarse? Creo que no; al menos en este caso estoy segura de que no. El poeta lo hace porque el alma creadora es generosa, quiere participar a otros sus hallazgos de las cosas bellas, de las situaciones de que alguna manera la inspiran, de sus penas, de su amor.

El poeta, para serlo, tiene que ser comunicativo: quiere hacer a los demás partícipes de su visión de mundo, sin teoría, sólo sintiéndolo, vivir los dolores de la gente, disfrutar de lo que él o ella disfruta, sufrir lo que sufre o pensar en su propio lenguaje poético, que hay que aprender a penetrar y a convivir.

Pero este poeta escogió la alegría de la infancia, y así continuó a lo largo de su vida, no obstante las luchas, las destituciones, persecuciones, e inclusive la prisión por unos meses y exilio por varios años, a los que tuvo que enfrentarse por causa de la defensa de sus ideas políticas.

Y, con todo ello, hasta sus últimos años permaneció cultivando esa alegría con aquella creatividad juguetona y fogosa que solo es propia de los niños. Entonces escribió cuentos al modo del abuelo y recreó sus memorias de ensueño.

Carlos Luis Sáenz nació poeta: el 9 de junio de 1899, en Heredia, en la vieja casona de sus padres, media cuadra al sur de la iglesia de El Carmen.

Muy significativo, para sus símbolos expresivos, el vecindario en que nació y vivió su infancia y juventud, y que quedó plasmado, especialmente, en la que es la más representativa de sus obras: Mulita Mayor . Como él mismo lo decía: “Había nacido el siglo pasado y debajo de la torre de El Carmen”.

No pretendemos analizar, ni siquiera presentar, todos ni los más de los libros que Carlos Luis escribió específicamente para los niños, que son numerosos: en poesía sobresalen Nido de la canción , El viento y Daniel , Memorias de alegría y, por supuesto, Mulita Mayor , que también contiene cuentos y rondas; en teatro infantil, especialmente Navidades , Estampas guanacastecas y Papeles de risa y fantasía ; en cuento, El Abuelo cuentacuentos , El gato tiempo , El libro de Ming y, de manera muy particular, Yorustí , que es un fantasioso relato, deliciosamente bien ambientado sobre un niño talamanqueño y su iniciación en la vida independiente, con la mención bien informada de sus dioses y cosmogonías; de semejante tipo es Las semillas de nuestro Rey : leyendas de los aborígenes de Costa Rica.

Sin tener esa pretensión, decíamos, indudablemente forzoso es referirse a Mulita Mayor que, en el juicio de su esposa Adela Ferrero, es “la mejor de las obras de Carlos Luis”. “ Mulita Mayor es el poema de las rondas y juegos infantiles, un poema de poemas, pues cada tema tratado: ronda, juego, cuento, dicho o canto, es un poema en el que el niño viaja, jinete en su mulita de palo, por cielos de luceros y mundos encantados…”. Este poeta no sólo escogió a la infancia, sino que, a través de todos los medios expresivos que empleó, mantuvo, pura como una flor recién brotada, el alma de niño; por eso pudo conservar esa frescura, esa alegría en su expresión poética.

La PATRIA (así, con mayúscula) fue otro de sus grandes temas: amaba todo lo más entrañable de Costa Rica: su tierra, su geografía, su historia, su gesta heroica en la Campaña Nacional (con sano orgullo narraba que su abuelo, don Matías Sáenz, había combatido en la Guerra del 56), sus símbolos, sus indios, sus animales, sus relatos tradicionales, y así trasladaba todo esto a los niños, combinando la vena poética con su profundo sentido de educador, sin contradicción ninguna, y sin pose didáctica, pues enseñaba con su persona misma, con su conversación, con sus anécdotas sobre valores del país con los que le había tocado en suerte compartir en la vida, como fue el caso de Omar Dengo. Cuando hablábamos, siempre tenía alguna anécdota simpática sobre “don Omar”, como le decía, que presentaba algún rasgo de su carácter en forma risueña, y que encerraba alguna enseñanza agradable: él disfrutaba contando aquello, pues era un insigne conversador, y riendo él mismo al revivir el recuerdo: poseía un notable sentido del humor. […]

Cómo conocí a Carlos Luis Sáenz

Durante mi infancia la casa de Carlos Luis y Adela fue para mí uno de los lugares más gratamente frecuentados. Estando Carlos Matías, el mayor de sus hijos, de unos dos años de edad, Carlos Luis nos llevaba a él y a mí, un poco mayor, a caminar por los alrededores de Heredia y nos hacía, con cuchilla, figuritas de palitos que recogíamos por el camino.

Pasamos una temporada juntas las dos familias en San José de la Montaña: Carlos Luis, que por entonces era teósofo, tenía cierta reserva de adoptar la ideología socialista, en la que Adela estaba más iniciada. En 1936, en casa de ellos supe de la Guerra Civil Española, pues la seguían con gran interés.

Los acompañé cuando a Carlos Luis se le otorgó el Premio Magón, en 1966; a veces conversaba con él en la Universidad. Participaron activamente en el cincuentenario de la muerte de Omar Dengo; estuve con ellos en la celebración de sus bodas de oro, en 1979. Ese año Carlos Luis fue condecorado por el presidente Carazo.

Yo los visitaba con cierta frecuencia en su casa de Barrio México, y también en su acogedora casa del Monte: si bien mi relación era mayor con Adela, que era una lectora insigne y siempre comentábamos libros. Carlos Luis participaba en la conversación contando anécdotas ricas en reminiscencias y en su humor juvenil, que él disfrutaba de primero.

Y también pude palpar cercanamente cómo ambos habían regresado a las raíces de un auténtico espíritu cristiano, que quizá nunca abandonaron, sino que había permanecido suplantado por la fuerza impactante de las ideologías.

Cuando Carlos Luis murió, en 1983, yo no estaba en el país, y, al regreso, ya la amistad se concentró en Adela, con quien compartí tantas horas agradables y enriquecedoras, hasta el final.

No puedo rememorar a uno sin traer al otro al recuerdo, pues en la relación estrecha ambos eran admirables: por lo que hacían, por lo que enseñaban, por su ejemplar sentido de la vida, de lo humano, de la creatividad que se da a los demás –en su caso, especialmente a los niños– como un regalo sin igual.

LA AUTORA ES UNA DE LAS MÁS IMPORTANTES EDUCADORAS DE COSTA RICA. ESTA SEMBLANZA SE PUBLICÓ EN LA ‘REVISTA NACIONAL DE CULTURA’ EN AGOSTO DE 1999. SE REEDITA CON PERMISO DE LA AUTORA.

Suplemento Ancora. periódico La Nación 27 enero 2008.

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