Defensa de declaración universal
Enrique Gomáriz Moraga | enriquegomariz@yahoo.com
Ataques de distinta naturaleza a la declaración moral de toda la humanidad
Fundación Género y Sociedad
La celebración del sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) parece destinada a pasar sin que se note o, peor aún, a seguir aceptando el vaciamiento de su verdadero significado político y moral. Eso sí, pese a que todos aseguren su completa adhesión al documento más traducido de la tierra, publicado en más de 360 idiomas, lo que corrobora su carácter universal, como nos indica Ban Ki-mon, secretario general de Naciones Unidas.
Sin embargo, la DUDH sufre hoy ataques de distinta naturaleza en tanto declaración moral de toda la humanidad. En primer lugar, se cuestiona como consenso internacional supremo en materia de derechos humanos. Como afirma el Secretario General, la DUDH fue la primera afirmación universal de lo que ahora damos por descontado: la inherente dignidad e igualdad de todos los seres humanos. En tanto tal, se entiende que se trata del paraguas general, por sobre el cual no puede situarse ningún otro segmento particular de estos derechos. Bueno, pues eso no es tan así: hoy existen tremendas presiones por parte de determinados colectivos para colocar sus propios derechos humanos por encima de la Declaración Universal (mujeres, indígenas, nacionalistas, etc.). Y existe al respecto una actitud de disimulo y vista gorda poco edificante. Esta disyuntiva está clara: puede plantearse la reforma y ampliación de la DUDH, pero todo intento de colocar por encima de ella ciertos derechos humanos específicos es, en el fondo, una violación directa de la Declaración Universal, algo que deberíamos rechazar categóricamente todos los que decimos defenderla.
Fuente de inspiración. El otro ataque hipócrita que sufre la Declaración se refiere a su determinación política. El secretario Ban Ki-mon nos recuerda que la DUDH ha sido fuente de inspiración de la carta fundamental de muchos Estados de reciente independencia y de muchas nuevas democracias. En realidad, la experiencia del siglo XX debería servirnos como prueba categórica de que la democracia representativa es la encarnación de la DUDH como sistema político. El sufragio universal, directo y secreto, los derechos civiles y políticos como base del pluralismo de opciones y la celebración de elecciones libres y competitivas, señas de identidad de la democracia representativa, son la aplicación concreta de la DUDH. Y el intento de alternativa ensayado, basado en la pirámide de consejos y el partido único, solo ha supuesto la violación de los derechos contenidos en la Declaración Universal.
Una derivación reciente, no menos peligrosa, ha consistido en el intento de sustituir la democracia representativa por la llamada democracia participativa. Afortunadamente, buena parte de los teóricos que durante la década de 1990 hicieron tal propuesta, hoy ya están de regreso de esa aventura. La opción hoy es nutrir la democracia representativa mediante instrumentos de participación directa, para lograr su fortalecimiento y no su fragilización (así me lo confirmó Boaventura Santos durante el XII Congreso del Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo, CLAD).
Consenso mayor. Otra ofensiva actual contra la DUDH procede del recrudecimiento de los fundamentalismos religiosos. El cuadro moral universal que repre- senta la Declaración tiene un consenso mucho mayor que ninguna de la religiones existentes. Cada colectivo puede tener las creencias religiosas que desee, pero el acuerdo moral común y moderno es la Declaración. Eso siempre ha sido algo difícil de aceptar por las jerarquías religiosas, que trataron de disminuir el contenido moral de la DUDH, pero es del todo imposible de entender por los fundamentalismos, que la consideran un pacto con el diablo.
La Declaración es, en verdad, el mejor cuadro valórico para desarmar el fundamentalismo religioso y de cualquier otro tipo, precisamente porque establece la necesidad de coherencia interna entre los medios y los fines, algo que verdaderamente excluye toda posibilidad de utilizarla como fundamentalismo inverso.
La Declaración Universal está viva, no solo por lo que representa, sino porque necesita que sea aplicada en la medida que se acepta. Y vaciarla de contenido moral y político es un riesgo universal, por más que se hagan encendidas declamaciones en su defensa.
periódico La Nación 1 de febrero 2008

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