Columna Desde mi espejo
Mínima cortesía
Haydée de lev
Usted, cuando da el dinero para pagar el peaje, ¿saluda a quien lo recibe y agradece cuando le dan el comprobante? Porque a pesar de ser rostros anónimos, estos trabajadores no son robots, son personas como usted y como yo y la inmensa mayoría de los conductores no les dicen las pocas palabras que los identifican como seres humanos: “buenos días” o “buenas tardes” o “buenas noches” y “gracias”.
¿Es que cuesta tanto ser cortés? En realidad todo el esfuerzo que representa decir tres palabras (y ojalá con una sonrisa) va a ser compensado con otra sonrisa para usted.
Cuando entro a un ascensor, saludo a los que ya están en el con las consabidas fórmulas de cortesía, pero si yo soy la primera en abordar el ascensor, éste puede llenarse de gente y nadie saludará a los demás.
Le aseguro que yo no soy un bicho raro; lo que sucede es que las mínimas reglas de cortesía las aprendí siendo niña, en mi hogar y en la escuela y para todos los niños, jóvenes, adultos y ancianos era de rigor el saludo y el agradecimiento.
Yo no creo en eso de que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero en cuanto al respeto, la consideración y la cortesía, sí lo fue. ¡Lástima que hayan quitado de escuelas y colegios la materia “Urbanidad”.
Tal vez si la hubieran dejado seríamos tan corteses entre nosotros como lo somos con los turistas.
periódico Al Día 2 febrero 2008

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