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RESONOCO

08/02/2008 GMT 1

Un nazi en Turrialba

marfuerte @ 00:09

José Antonio Solera Víquez

Mi bisabuela era alemana, pues había emigrado desde Fránkfurt, a finales del siglo XIX, junto con una hermana y su cuñado. Había venido a trabajar como cocinera en la casa de unos alemanes radicados en San José, pero al sentirse sola y desarraigada, se fue a vivir a Turrialba, a la colonia alemana que se había formado en ese lugar. Por allá conoció a mi bisabuelo y nacieron mi abuela Virginia y sus hermanos. Luego se establecieron en La Uruca y en esa casa aprendí a comer la ternera con sauerkraut , kartoffelsalat y fane kuchen con jalea.

A mediados del año 1985, yo comenzaba mis estudios en Derecho y en los medios de comunicación se le daba una regular importancia al hecho de que en Embu, Brasil, habían exhumado los posibles restos de Josef Mengele, el Ángel de la Muerte , que había burlado la justicia humana por muchos años, con la callada complicidad de las autoridades. Recuerdo que, años después, Simón Wiesenthal dudó de “esta muerte” porque era ya la sétima vez que lo sepultaban.

Para esas mismas fechas, mi abuelita estaba en Heredia, pasando una temporada con nosotros y tomábamos café una tarde de tantas. Los temas de nuestra charla iban sin rumbo fijo; cuando de repente, de modo casi natural, Mengele salió al paso y con él otra lista de nombres tristemente célebres: Adolf Eichmann, Walter Rauff y Klaus Barbie.

Para mí, era impresionante notar cómo el español criollo de mi abuela cambiaba de tono al pronunciar esos nombres con un fuerte acento alemán.

De repente, vino una especie de revelación. Me miró con seriedad y me dijo: —¡Y eso que no saben nada del que está escondido allá en Turrialba! —¿Cómo? – dije realmente impresionado– ¿un nazi en Turrialba? —Sí, y uno grande… –respondió ella, mirando a la distancia. —Pero… ¿quién es, cómo se llama? Entonces, como quien ha dicho lo que no debe, cambió de tema y pasamos a conversar de otras cosas. Nunca más hablamos de aquello y esta historia se quedó sin ser contada por muchos años.

Tal vez sea ya muy tarde. Tal vez esto no pase de ser un cuento de abuelas en tertulias de café, pero algo dentro de mí me impulsa a escribirlo y darlo a conocer. Tengo la esperanza de que tal vez alguien, allá, en Turrialba, sienta un peso de conciencia y quiera terminar de contar las muchas partes que le faltan a esta historia. Por justicia.
periódico La Nación 3 febrero 2008

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