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RESONOCO

29/02/2008 GMT 1

Rembrandt en Costa Rica

marfuerte @ 00:43

Óscar Arias Sánchez

El arte es mi pasión, aunque la política sea mi oficio

Presidente de la República

El pasado 7 de febrero se inauguró la Exposición de Grabados de Rembrandt en el Museo del Banco Central. Durante los próximos días, cuatro millones y medio de costarricenses podrán apreciar 48 grabados del maestro holandés. Considerando que en el mundo existen alrededor de 290 grabados de Rembrandt, un promedio de un grabado por cada 23 millones de seres humanos, creo reaalmente que no exagero si digo que esta exposición constituye un privilegio invaluable. Confío en que los costarricenses sabrán apreciarla.

El arte es mi pasión, aunque la política sea mi oficio. Sé que, cuando deje mi oficina en la Casa Presidencial, volveré a mis viejos amigos. Volveré a recorrer con mis dedos el lomo de los libros que siempre he leído y oleré su aroma de vejez y sabiduría. Volveré a observar las pinturas que tanto me conmueven, mientras escucho en el fondo alguna ópera. Volveré a caminar por las amplias galerías de los museos que añoro y volveré a embriagarme con el hechizo del arte.

Imponencia del mar. Ese hechizo lo sentí cuando, en junio del 2006, visité la ciudad de Florencia para colocar una obra del escultor costarricense Jorge Jiménez Deredia en los jardines del Palacio Pitti, y un autorretrato del pintor nacional Rafa Fernández en el Corredor Vasariano que comunica ese Palacio con el Palacio Vecchio. Al final de ese magnífico corredor, en una galería conocida como el Salón de los 500, el alcalde de Florencia ofreció una cena en nuestro honor, y después de dos horas de amena charla sobre arte, me dijo: “Presidente, usted es el primer político con quien no hablo de política durante una visita de Estado”. ¡Y cuánto le agradecí que no lo hiciera! porque hablar de política frente a las obras maestras de los genios renacentistas habría sido un sacrilegio. Habría sido como hablar de la espuma de una ola, frente a la imponencia del mar.

A menudo, la política y el oficio de gobernar son como una espuma. Los trajines cotidianos, el ir y venir de una nación para reparar sus calles y sus hospitales, para aumentar sus salarios y mejorar su educación, para generar acuerdos y negociar con la oposición, son preocu-paciones que crecen a diario como la espuma, y como la espuma también desaparecen, porque la tarea de un Gobierno es encontrarles solución. El arte, en cambio, es lo que permanece. Es la corriente sobre la cual navegamos.

A lo largo de milenios, hemos ido de caza con los habitantes de las Cuevas de Altamira y hemos recorrido las islas griegas con Homero. Hemos visto florecer la Primavera de Botticelli, y hemos bajado a los infiernos con Dante. Hemos visitado las calles holandesas con Rembrandt y nos hemos estremecido con las notas de Wagner. Hemos vislumbrado el pensamiento con Rodin y hemos profundizado el pensamiento con James Joyce. Nos dividen las lenguas, las fronteras y los siglos, pero el arte universal, ese es nuestro pasado común. Ese es nuestro origen compartido. Esa es la razón por la que podemos admirar los grabados de Rembrant y sentir orgullo porque, a pesar de que fueron elaborados hace casi 400 años por un hombre que vivió a miles de kilómetros de distancia de aquí, por un hombre cuya existencia fue infinitamente distinta de la nuestra, fueron elaborados por un ser humano, por un miembro de nuestra especie.

Ese es el orgullo que quiero que sienta el pueblo costarricense, un pueblo que tiene derecho a no pasar su vida en medio de las sombras y el silencio. Quiero un país lleno de música y pintura, de danza y escultura, de teatro y literatura, y no dejaré de luchar por alcanzarlo.

De un joven soñador. Al escuchar que una colección de grabados de Rembrandt vendría a Costa Rica, recordé inmediatamente el momento en el que vi por primera vez un cuadro de este pintor. Tenía 18 años y era un muchacho ansioso de conocimiento, de visita en Nueva York. En el Metropolitan Museum of Art, en medio de una sala cálidamente iluminada, estaba el cuadro Aristóteles con un busto de Homero. Sentí un profundo estremecimiento ante la imagen de ese filósofo vestido con ropajes del siglo XVII, que miraba fijamente al poeta que narró los mitos y se convirtió en leyenda. Ahí estaba yo, viendo a Rembrandt, Rembrandt viendo a Aristóteles, y Aristóteles viendo a Homero. No supe entonces que ese momento fue una premonición de mi vida: la política, el arte, la filosofía y la literatura… solo estaba ausente la música. Ese cuadro resumía los pilares que habrían de sostenerme hasta el día de hoy.

Deseo con todas mis fuerzas que los niños y jóvenes costarricenses puedan también adivinar sus vidas en la contemplación del arte, sentir el espíritu de los grandes genios universales y salir al mundo a conquistar sus sueños. Ese es el deseo que pide con fervor un presidente que alguna vez, hace muchos años, fue también un joven soñador.

periódico La Nación 15 febrero 2008

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