Figuras
Enrique Obregón Valverde | enriqueobregon@yahoo.com
Me estaba mirando con sus grandes y bellos ojos de niño bueno
Abogado
Las personas que viajan, que visitan otros países, por lo general adquieren objetos pequeños que luego guardan como recuerdos. Son objetos de poco valor, aparentemente sin importancia, pero que, con el tiempo, agrada mirarlos y sentir que en ellos está impreso un paisaje al atardecer, la simpatía de quien nos atendió en un bazar o un agradable paseo por calles desconocidas.
Así como la mayor parte de los viajeros, yo también he adquirido y guardado algunas figurillas que de vez en cuando miro con cierta complacencia. Una mañana, distraídamente, cerré el libro que estaba leyendo y miré las figuras que tengo y que fueron colocadas, sin ningún orden, sobre el estante de la biblioteca. Entonces me parece que sonreí.
Primero está Confucio, estilizado, con gran seriedad, pensativo, adquirido en Hong Kong; recuerdo que cuando lo tenía en mis manos pensé en su afirmación de no haber entendido el Tao, después de su conversación con Lao-Tsé: “el Tao es como un gran dragón que vuela muy alto y nadie lo puede alcanzar”. Luego Pinocho, una linda estatuilla de sobresalientes colores, rojo, verde y blanco, que me regaló Clotilde Fonseca cuando visité su casa en Roma, atendiendo a una invitación para almorzar, en los días en que su esposo, mi buen amigo Francisco Antonio Pacheco, ejercía funciones de Embajador en Italia. Para esa época se conmemoraba el centenario de la publicación del libroPinocho , y los escaparates de todas las tiendas estaban repletos de pinochos de todo tamaño y color.
Para no olvidar. También está en mi estante la figura rústica de un hachero, de latón quemado, con un hacha en sus manos, un tanto retadoramente, que mi esposa me regaló, en un momento feliz, como para indicar que no me olvidara de que yo, en una época, había sido jornalero que chapeaba potreros, desyerbaba cañales y derribaba árboles en la montaña.
En el centro hay dos figuras de madera que compré en Moscú: un soldado debidamente uniformado, con malla metálica que le cubre la cabeza y el cuerpo hasta la cintura, inclinado reverentemente ante un sacerdote ortodoxo, de la época de los zares, que le da la bendición antes de partir para la guerra, y un mujik que conduce un trineo cargado de troncos y tirado por un caballo, en pleno invierno siberiano. Entonces recordé mi respuesta a un amigo que me preguntó, al regreso, mi impresión de la última capital de los zares: “Moscú es una ciudad propia para rusos y para osos”.
Después está un buda barrigón, carcajeante, con los brazos en alto, que me regaló un profesor de filosofía a la salida de su casa, en un lejano pueblecito de Taiwán. Y a su lado, en fila, un impresionante indio de barro, cargando un saco inmenso de maíz, con sus pantalones rotos y sus grandes pies descalzos (símbolo de una raza conquistada y de una gran civilización desaparecida), que adquirí en Lima cuando fui a dar charlas de democracia en Perú, sin existir allí democracia. A la par del indio peruano, una figura pequeña de bronce, claro y oscuro, del Quijote, que en Madrid, hace ya muchísimos años, una amiga me regaló para el día de mi cumpleaños.
Directamente con Dios. Finalmente, sobre un promontorio donde termina el mueble como un torreón, por encima de todos los demás, está la figura impresionante de Moisés, tallada en madera de milenario olivo, que compré en una tienda de Belén cuando recorría las tierras sagradas de Israel en compañía de mi esposa –en visita mística y sobrecogedora– y pensando que estábamos en el único lugar de la tierra en donde los hombres tenían por costumbre hablar directamente con Dios.
Pero regresé al inicio de la fila –obligado retorno– y descubrí que Pinocho estaba mirando detenidamente al hachero, es decir, me estaba mirando con sus grandes y bellos ojos de niño bueno. Me sorprendió el desmedido contraste y creo que fue por eso por lo que sonreí.
periódico La Nación 16 febrero 2008

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