Una novela peligrosa
Precursor Se ha olvidado el relato que abrió el género de la novela bananera, anterior a ‘Mamita Yunái’
Alexánder Sánchez Mora | alsanchezm@gmail.com
¿Un hombre lobo en el Parque Bolívar? A inicios de la década de 1930, la aldeana sociedad josefina se vio conmovida por “noticias” espectaculares como aquella, y como la del fantasma que aterrorizaba en el Teatro Nacional, el cavernícola que vivía en los límites de la ciudad o la de los médicos fantasmas que practicaban cirugías imposibles.
El origen de todas esas informaciones era uno solo: el periódico La Hora , dirigido por el escritor José Marín Cañas. Este vespertino recibía el mote despectivo de “diario de las cocineras”, tanto por su bajo precio –que lo ponía al alcance de los bolsillos más pobres– como por su inclinación hacia el sensacionalismo.
Un aspecto notable en los contenidos de La Hora es que combinaba esa disposición “juguetona” e irreverente respecto de las crónicas de sucesos, con una gran profundidad en el análisis de los temas de mayor relevancia en la Costa Rica de ese momento.
Además, La Hora era el único periódico que mantenía una sección literaria semanal. No en vano Marín Cañas compartía la redacción con Abelardo Bonilla y Adolfo Herrera García, quienes llegarían a ser figuras destacadas en el periodismo, la literatura y la política.
Así, en las páginas de La Hora se dieron a conocer El infierno verde , la gran novela sobre la guerra del Chaco (entre Bolivia y el Paraguay), y Coto , una narración testimonial sobre el conflicto de 1921 con Panamá. Ambos textos situaron a Marín Cañas como uno de los mejores escritores costarricenses del siglo XX.
Misterios. Apenas unos días después de concluida la publicación de El infierno verde , el periódico anunció la aparición de una novela por entregas que abordaría “uno de los problemas más inquietantes de nuestra vida nacional”.
Su autor era un “joven escritor y distinguido profesional” que prefería conservar el anonimato hasta el fin de la publicación y que, “con estilo fácil, vigoroso y fluido”, construyó un texto “netamente nacional por su fondo, por su sabor y por su forma”.
Esa es la única información que se brindó sobre La reconquista de Talamanca. Novela costarricense , cuyas entregas ocuparon una banda vertical en el extremo derecho de la página séptima del cotidiano desde el 27 de marzo hasta el 15 de abril de 1935.
Después de esa última fecha, no se mencionó el nombre de su autor ni se ofreció ningún tipo de comentario sobre la novela; para cerrar el círculo de silencio en torno a ella, los demás medios de prensa escrita tampoco le prestaron atención alguna, y la historiografía literaria costarricense la ha desechado hasta el presente.
Sin embargo, desde diversas perspectivas, La reconquista de Talamanca es un texto digno de atención. En primer término, constituye todo un hito dentro del subgénero de la novela de la plantación bananera. De hecho, esta novela es la primera que se escribió en Costa Rica sobre tal tema.
Antes de ella, solo se habían publicado Bananos y hombres (1931), de Carmen Lyra, que no es una novela, sino una serie de cuadros, y Bajo el sol tropical (1932), de Jorge Orozco Castro, en la que apenas se toca tangencialmente el mundo bananero.
La trama. La reconquista de Talamanca relata la historia de Porfirio Rojas, un joven colombiano que llega al valle de Talamanca hacia 1910 y que pronto alcanza el éxito dentro de la estructura jerárquica de la poderosa compañía bananera. Rojas entra en contacto con una pareja de maestros costarricenses, Alcides e Isabel Vega, con quienes establece una estrecha relación: de discípulo con el primero y de amante con la segunda.
Alcides, hombre “endeble y enfermizo”, muere y deja en libertad a los amantes. Como fruto de esta pasión nace una niña que Isabel, agonizante en el hospital de Limón, entrega a unos desconocidos. En la distante Talamanca, Porfirio se entera de los hechos ya consumados.
Veinte años después, un nuevo matrimonio costarricense, el de Óscar y Ana Teresa González, se hará presente en Talamanca. La historia se repite: en tanto Óscar se desempeña como asistente de Porfirio Rojas, este conquista a Ana Teresa. El desenlace se precipita por la intervención de Walton, un negro que a lo largo de toda la novela ha sido caricaturizado. Walton revela que Ana Teresa es la hija que Porfirio Rojas nunca llegó a conocer.
El silencio de la crítica literaria, que condenó esta novela al olvido, parece deberse a algo más que a sus posibles limitaciones estéticas. Bajo la superficie de una historia bastante tradicional, anclada a esquemas narrativos decimonónicos, se insinúan las tensiones y angustias que asaltaban a los liberales costarricenses en la década de 1930.
La imagen de los negros es una de las más conflictivas en La reconquista de Talamanca y, por tanto, una de las más reveladoras de las angustias que atravesaban el discurso sobre la nacionalidad costarricense.
La novela no se limita a representar un personaje como Walton, que resume la inferioridad que el racismo de la época aduce como definitoria de los negros; el texto va más allá y delata los temores que bullen bajo la apariencia monolítica de esa ideología racista.
Walton es un “criado antillano” carente de cualquier poder formal; mas, a pesar de todo ello, es quien conduce, en forma subrepticia, el desarrollo de los acontecimientos.
Gracias a su cercanía laboral con Porfirio Rojas, Walton tiene acceso a información vital que utilizará en forma oportuna para provocar la destrucción de sus amos blancos. El negro, el “inferior racial”, se convierte en señor del destino de la Costa Rica blanca.
Pánico. En esa forma, la novela reelabora el pánico racista que alcanzó gran auge durante la década de 1930. Tales prejuicios no eran una simple repetición del racismo tradicional, sino que se alimentaban de la particular coyuntura económica que les servía de marco.
En primera instancia, la producción bananera en el Caribe entró en decadencia, lo cual hizo superflua la presencia de la población negra, que dejó de ser una necesidad para convertirse en una amenaza para la nación “blanca”.
A esta situación se sumó el creciente desempleo que afectó la economía del centro del país y que llevó a las autoridades gubernamentales a concebir el Caribe como zona receptora de ese excedente de trabajadores.
En suma, la inmigración negra, procedente del Caribe anglófono en su mayoría, nunca fue deseada, pero sí tolerada por los requerimientos productivos de la compañía bananera. Tal inmigración se transformó en un reto, simbólico y económico, para los grupos sociales dominantes.
La reconquista de Talamanca , tras su apariencia anodina, resultó ser una amenaza para la condescendiente autoimagen costarricense. Sus páginas anuncian un país dominado por los negros, en el que la familia patriarcal se desintegra por la debilidad de sus hombres y la liviandad de sus mujeres.
En tal país imaginario, se ve condenado al fracaso el ideal del progreso, representado por la acción combinada de la escuela, el ferrocarril y la compañía bananera.
Esa imagen catastrofista de la realidad nacional negaba toda posibilidad de regeneración y resultó inaceptable para el horizonte de expectativas de sus lectores contemporáneos. Quizá esta “ofensa” determinó el silencio que rodeó a la novela en su primera circulación: también fue la última.
El autor es lingüista y miembro del Instituto de Investigaciones Lingüísticas de la UCR. Prepara una edición crítica de ‘La reconquista de Talamanca’.
Suplemento Áncora periódico La Nación 17 febrero 2008

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