Sin novedad en el infierno verde
Literatura
Encuentro La condena a las guerras hermana una novela alemana con una de José Marín Cañas
Alexánder Sánchez Mora | alsanchezm@gmail.com
La noche del 10 de mayo de 1933, la Opernplatz (Plaza de la Ópera) de Berlín fue iluminada por una enorme hoguera en torno a la cual se arremolinaba una entusiasta multitud; pero, tras esa apariencia festiva, se ocultaba uno de los acontecimientos más traumáticos de la historia cultural europea. El combustible que alimentaba la pira eran más de 25.000 libros entre cuyos autores estaban muchos de los más prestigiosos intelectuales, como Sigmund Freud, Albert Einstein y los hermanos Thomas y Heinrich Mann.
Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, era el organizador de esos actos, que fueron el anuncio de los hornos de los campos de exterminio de Auschwitz, Treblinka y tantos más.
Dentro de los textos condenados se encontraba una novela particularmente odiada por los nazis, tanto que, en su discurso de esa noche, Goebbels la mencionó como ejemplo de “la deslealtad literaria perpetrada contra los soldados de la Guerra Mundial”. Tal novela, traidora al “espíritu militar” de la nación alemana, era Sin novedad en el frente , y su autor, Erich Maria Remarque, un sobreviviente de la Primera Guerra Mundial.
Antibelicismo. La novela de Remarque relata las experiencias de Pablo Bäumer, un joven alemán imbuido de patriotismo que se une al ejército como voluntario junto con sus condiscípulos de secundaria. Tras un rápido entrenamiento, son enviados a combatir contra ingleses y franceses. Allí entrarán en contacto con un grupo de veteranos, cuya experiencia y agudo sentido común serán la salvación de los ignorantes reclutas.
El texto describe la camaradería entre los soldados, los aspectos más cotidianos de una existencia precaria, desde la preocupación constante por los alimentos, siempre escasos, hasta la lucha casi lúdica contra los piojos. La narración es minuciosa en cuanto a la salvaje carnicería de la guerra de trincheras, con sus cargas a la bayoneta a pecho descubierto contra tupidas alambradas y nidos de ametralladoras, los ataques con gases y los enloquecedores cañoneos.
Un punto central es su crítica de los valores tradicionales del patriotismo y el heroísmo, a los que denuncia como responsables de que una entera generación de jóvenes haya sido destruida por la guerra, “totalmente destruida, aunque se salvase de las granadas”.
El éxito de la novela fue inmediato. Se publicó en enero de 1929, y en tan solo seis meses ya se había vendido un millón de ejemplares. En junio de ese mismo año, la Editorial España, de Madrid, lanzó la traducción al idioma español, hecha por Eduardo Foertsch y Benjamín Jarnés.
Libro y cinta. En 1930, los Estudios Universal rodaron una película bajo el título de All quiet on the Western front , dirigida por Lewis Milestone y producida por Carl Laemmle, que se hizo merecedora del premio Oscar a la mejor película y al mejor director.
A Costa Rica llegó la traducción de Foertsch y Jarnés, y también la película, que obtuvo una calurosa acogida. Es muy posible que, confundido entre el público de la sala de cine, se encontrase un empresario cinematográfico, ingeniero frustrado, músico, periodista y escritor que tomó nota detallada de la que ya era la más famosa película sobre la Gran Guerra.
Es difícil, por no decir que imposible, precisar el impacto de Sin novedad en el frente sobre aquel polifacético escritor pues no existe constancia escrita del probable encuentro. Sin embargo, no debe de haber sido desdeñable ya que la novela alemana y su versión hollywoodense se convertirían en una presencia determinante en el relato que el costarricense escribiría poco después.
El cinéfilo en cuestión no es otro que el novelista José Marín Cañas y su novela es El infierno verde , un descarnado relato sobre la guerra entre Paraguay y Bolivia que ensangrentó el Chaco Boreal de 1932 a 1935. Marín Cañas la publicó en el vespertino La Hora , en 56 entregas diarias, desde el 14 de enero y hasta el 20 de marzo de 1935.
Semejanzas. Desde ese primer momento, los críticos relacionaron tal narración con la novela antibélica europea. Por ejemplo, en un artículo publicado en La Prensa Libre en diciembre de 1935, Clemente Marroquín vinculó El infierno verde con la novela de Remarque y con El fuego (1916), del francés Henri Barbusse, aunque fuera tan solo para descalificarlas por su “tono plañidero” y su carácter de “lamentos de soldados vencidos”.
A pesar de esa conexión un tanto evidente, no se ha profundizado en esos vínculos intertextuales.
La noción de intertexto remite al diálogo que cada texto establece con los que lo precedieron. Se puede así leer la historia literaria como un largo encadenamiento de procesos de escritura.
Cada nuevo texto no sería, entonces, un producto totalmente original, sino una reescritura de la tradición de la que es parte.
En las novelas de Remarque y de Marín Cañas, el narrador protagonista es un soldado raso que participa directamente en el frente de batalla.
La narración se abre con una escena de calma relativa que pronto da paso al recuerdo de la historia personal y colectiva que condujo, tanto al soldado paraguayo como al alemán, a la guerra. De esta forma, el lector se enfrenta con la optimista euforia patriótica y las arengas nacionalistas que invaden las aulas alemanas y las calles de Asunción.
En medio de la destrucción y la desesperanza –la atmósfera básica de ambos textos–, existe una especie de vínculo último que liga a la vida: la camaradería, la amistad que en esta situación extrema se convierte en un lazo fraterno más fuerte que cualquier otro.
Katczinsky (en Sin novedad en el frente ) y Nitsuga (en El infierno verde ) son dos hombres maduros y llenos de confianza en sí mismos que actúan como una metáfora de la seguridad perdida y anhelada, del universo lógico y ordenado que la guerra ha desplazado. El narrador protagonista encuentra en ellos un espacio de confianza y calidez pues están dotados de una peculiar capacidad para adaptarse y sobrevivir.
Tragedia. Ya avanzadas las dos novelas, el protagonista es herido (ambos en una pierna) y conducido a un hospital. El período de convalecencia sirve para que los soldados, el paraguayo y el alemán, experimenten su inadecuación para el mundo que dejaron atrás: sienten horror hacia la guerra, pero miran como extraña su vida anterior y se consideran incapaces de retornar a ella.
Ese episodio condensa el trágico desarraigo de los jóvenes enviados a la guerra, atrapados entre un presente sombrío y un futuro sin esperanza.
Tras su recuperación, el soldado se reintegra al frente. Ese momento está marcado por la muerte de las figuras paternas, Katczinsky y Nitsuga, hecho que desencadenará el final trágico.
El orden y el apego a la vida que emanaba de aquellos personajes desaparecen, y con ellos la esperanza. Los protagonistas están condenados puesto que se derrumba el orden sustituto que habían encontrado en medio de la destrucción.
Si bien los paralelismos entre ambos textos son innegables, no debe pensarse que la intertextualidad es tan simple como que un texto repite o, peor aún, copia a otro.
El infierno verde se nutre de los patrones temáticos y los esquemas narrativos de la novela testimonial antibélica, pero al mismo tiempo los reelabora y ofrece un resultado diverso.
Para dar solo un ejemplo concreto, la incorporación de las técnicas del fluir de la conciencia y del monólogo interior aleja el texto de Marín Cañas del realismo imperante en su modelo europeo y le permite construir un ambiente de fuertes resonancias oníricas.
En el suelo de la antigua Opern-platz –bautizada luego como Bebelplatz–, ha sido grabada una frase del poeta Heinrich Heine (1797-1856), cuyas obras también fueron quemadas en ese mismo lugar en 1933: “Eso solo fue un preludio; ahí donde se queman libros, se termina también quemando personas”.
Que este recuerdo de aquellos días oscuros sea, además, una advertencia contra la tentación siempre presente de la intransigencia.
EL AUTOR ES FILÓLOGO Y PROFESOR DE LA ESCUELA DE FILOLOGÍA, LINGÜÍSTICA Y LITERATURA DE LA UCR.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 2 marzo 2008

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