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RESONOCO

12/03/2008 GMT 1

Columna Ojo Crítico

marfuerte @ 01:30

Rodolfo Cerdas

politólogo

Los ticos tenemos dos opciones ante la delincuencia desbordada: o dejarnos vejar por algún asesino, o comprar armas, aprender su uso y defendernos. El Estado no está, ni ahora ni en la hora de nuestra muerte, amén, en condiciones de garantizar nada. Por eso la retórica ultrapacifista es inútil y tenemos que pagar seguridad privada.

Ahora, so capa de pacifismo, se quiere coartar el derecho a tener armas y promover la sumisión de las víctimas a la delincuencia. Mientras la paz y seguridad languidecen, se piden restricciones, controles y trámites absurdos –como que solo se podrá tener un arma–, aplicables solo a quienes respetan la ley, pero jamás a los que viven fuera de ella. Se desarma y castiga a la víctima, mientras se premia al victimario superarmado.

El criminal roba sus armas, o las consigue y contrabandea con la narcoguerrilla. Ni las registra ni pide permisos. El ciudadano, en cambio, las compra legalmente en empresas conocidas y serias controladas por el Gobierno, y acata la ley. Sin embargo, es a él a quien se quiere negar su derecho a defenderse.

Esto fortalece al delincuente y viola el derecho ciudadano a la legítima defensa. La violencia no aumentó porque los ciudadanos compraron armas, sino por lo contra- rio: estos compraron armas porque la violencia va en aumento. Este Estado es obsoleto, los policías –igual que los tráficos– no solo fallan por su cantidad, sino porque se niegan a salir a patrullar “porque no les gusta”, y en las casas y calles no hay seguridad ni tranquilidad.

Las armas matan, sí. Pero más matan los vehículos, e igual o peor las armas blancas. ¿Se prohibirán unos y otras también? Estas restricciones además de violar el derecho a la legítima defensa, empujan fuera de la ley a cientos de miles de ciudadanos que ya poseen legalmente armas. Cada quien decidirá si usa o no su derecho legítimo a tener armas para defenderse. Cualquier decisión que adopte será muy respetable. Lo que no lo es, es eliminar el derecho e imponer a todos la indefensión frente al delincuente.

Una nación pacífica, sí. Pero no una nación de borregos. Las armas, en sí, no son buenas o malas. Depende de para qué se las use. La paz que aún nos queda no mermó un ápice por las carabinas 22 y escopetas 28 que, por años, han colgado en las casas campesinas. Y nuestra independencia y libertad se cimenta sobre las armas de quienes dieron sus vidas luchando contra el nazifascismo y sobre las que empuñaron Martí, Bolívar y San Martín; Mora, Cañas y Juan Santamaría, y tantos otros costarricenses que, en su momento, lucharon por la democracia y la libertad.
periódico La Nación 2 marzo 2008

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