Elecciones EE.UU. 2008
Alfonso Chase
Todo pareciera repetirse, en el tiempo, como si la válvula circular de la política llegara, otra vez, al punto en donde había estado. La escena es común desde los años sesenta, luego del triunfo de John F. Kennedy, por un piquito de votos, sobre el señor Richard Nixon. En ese tiempo un extraño favorito de los mismos que, ahora, pero más poderosos, pretenden extender en el espacio su poder ya consolidado.
Todo lo anterior para intentar ver, más claramente, lo que sucede en Estados Unidos previo a las elecciones de noviembre. Primero: el fenómeno inicial de Hillary Clinton como imbatible, al menos con una ayuda financiera consolidada, imposible de soslayar antes de dar el primer paso político, luego el que se despojara de su apellido, Rohman, para dar paso a su conversión en la esposa melliza de Bill Clinton, senadora brillante cuando quiere, inmersa en el sistema que dijo combatir en algún momento, víctima de los enemigos de su marido, y de sí propio, perdidos ya todos los trazos de un pensamiento semiradical sesentero, está debidamente integrada al sistema, que ha tenido que sufrir en los dos bandos. La desintegración de su proyección política ha sido, más que lenta, cuidadosamente planea por sus adversarios. Pero sigue teniendo aún el apoyo de los mandos medios partidarios, y del clientelismo político de los demócratas, altos y medios, pero el olvido escurridizo de las bases que ven en ella lo que dicen: ¡más de lo mismo!
Lo que se dijo al principio de una estrategia política integrada para soldar de nuevo un país dividido ha sido, vasta paradoja, los inicios de Barack Obama, constantes, en los últimos tres años, previos a mostrar querer ser el presidente de todos los norteamericanos, bajo el alero demócrata, representando, por su juventud, a las bases, perplejas de su pérdida del poder, o la sumisión de mayorías demócratas legislativas a los planes republicanos, por miedo a dejar de ser llamados patriotas, al apoyar a la administración actual en lo básico, o a los tejes y manejes de la astuta Nancy Pelosi, convertida en la certera negociación en cuanto a temas difíciles se refiere. El caso Obama debe verse, al principio en solitario, pero basado en lo que dice conscientemente en sus escritos y discursos, o en las improvisaciones retóricas, ante auditorios enfebrecidos. Nada que no se haya dicho antes, desde hace más de cincuenta años, sobre las posibilidades de participación de mayorías más variadas, el papel de Estados Unidos a nivel interno e internacional, con leves disensiones, que se arreglan luego en nuevos discursos, que amplían los centros vitales de la energía de cambio, pero siguen los mismos guiones, a que se acostumbra, si siguen siendo participantes en primarias hacia la elección final, que se ha constituido en un dolor de cabeza para los barones de la política del Partido Demócrata.
Ambos proceden de un estado industrial: Illinois, y fueron creados en familias de eje central blanco, pero que en el caso de Obama se hace énfasis en su parentesco con África, antes que de los descendientes afronorteamericanos, que constituyen la élite del poder de la gran burguesía negra, como suele llamarse, algunos de los cuales le apoyan, a diferencia de los activistas tradicionales que lo consideran “un infilfrado”, término no injusto, pero que quizás se debe a su protagonismo meteórico de solo tres años de historia real a nivel nacional.
Obviamente, que la señora Clinton luce un poco desfasada en algunos temas, la mayoría polémicos, a los que ella evita referirse y a que son la sustancia del mensaje de Obama, al menos en sus improvisaciones. En sus mensajes escritos lucen más cercanos, sobre todo cuando se refieren a la económica, la política étnica, la visión internacional, el poder establecido en el complejo militar industrial, más el apoyo de los sectores financieros de las grandes corporaciones, que se reparten el apoyo cotizando para los dos, o simplemente apuestan por otros candidatos, que puedan restarle votos a estos emblemáticos representantes del Partido Demócrata. En lo que en sí coinciden, y lo hacen muy sutilmente, es en el rechazo al real presidente Dick Cheney, cuyo Gobierno en la sombra hace parecer al presidente George Bush como figura decorativa.
El factor Obama se opone al síndrome francés de la señora Hillary Clinton, ese ir ganando en las encuestas para precipitarse luego en el abismo de la realidad final, frente a un imprevisto. Pero si usted habla con los mandos medios del Partido Demócrata se puede constatar que ambos no lucen gratos a los políticos profesionales, pues les merecen desconfianza por su psicología personal, las relaciones con otros sectores, necesarios para ganar las elecciones de noviembre, o simplemente porque, según ellos, no los representan.
Hasta las primarias del 4 de marzo todo son incógnitas, pues el voto demócrata es volátil, caprichoso y móvil en el proceso, donde lo único real son los delegados electos para definir al elegido y luego reunirse todos para ir a las elecciones sin fracturas, asunto que no parece ser la realidad a futuro, ya que no se puede pensar en un binomio para restañar heridas, pues el prestigio de la señora Hillary Clinton ha sido seriamente dañado en esta frenética carrera, en la cual el señalamiento de estar, ambos en menos de las corporaciones pareciera ser la base de las acusaciones mutuas.
Los observadores, pocos son los que hablan francamente, saben que los clientelismos étnicos son importantes en este proceso, así como que el tema de la guerra debe ser resuelto con honorabilidad, de ser eso posible, sobre todo para darle un realce digno a la vuelta a casa de los soldados.
Lo nuevo en este proceso es la simpatía y el respeto que reúne Barack Obama, como representante de sectos inéditos en el protagonismo político, sus ideas más frescas sobre temas de la vida cotidiana, su propio ancestro: hijo de padre africano y madre blanca estadounidense, nacido en Hawai, viviendo en Indonesia y finalmente radicado en Illinois, pero creado por una familia, la suya, de blancos. Todo un récord para un candidato para el siglo XXI, sin por eso estar en demérito de Hillary Clinton, más madura dentro del status político, pero lejana de la energía que demostró cuando fue primera dama, en sus propósitos sobre la educación, la seguridad social o la ayuda para sectores inmigrantes. Pero ambos muestran ser honorables senadores, con relaciones muy claras con el sector ya establecido en la política norteamericana, diferentes, eso sí, por ideas generacionales, visión de mundo y sus relaciones con los grupos minoritarios, que parecen ir siendo más influyentes, ante el estupor de los neoconservadores, que ahora no tienen muro en que recostarse, pues su posible candidato no les satisface del todo.
Los hechos políticos de Estados Unidos tienen la proyección internacional que se merecen, aunque la fanfarria de los medios y la contención de los candidatos, para abordar temas dispersos y polémicos, pareciera ser la norma en este caso.
Los más cazurros, entre las altas figuras del Partido Demócrata, suspiran por un candidato invisible pero lleno de prestigio y nostalgia. Y todos sabemos su nombre: Al Gore, premio Nobel 2007. Pero él, en su dignidad sonriente, mira los toros desde la barrera.
periódico La Prensa Libre 3 marzo 2008

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