Vivat academia, vivant professores
Víctor Hugo Munguía C.
Presbítero
Desde hace muchos días me viene inquietando el hecho de que algunos profesores de las “ciencias del espíritu”, no tanto de “ciencias de la naturaleza”, al explicar las disciplinas que imparten en las aulas universitarias incursionan en teología, en Sagrada Escritura, en historia de la Iglesia, para inquietar a los estudiantes que se profesan creyentes y para gozo de los estudiantes que se confiesan no creyentes.
Si inquietar intelectualmente es en sí un hecho valioso, no lo es, de ninguna manera, atreverse a hablar de lo que se ignora, porque cualquiera que viva entre las lides académicas podrá reconocer que hay campos del saber que desconoce. Una licenciatura o una maestría en cualquiera de las ciencias del espíritu no convierte al graduado automáticamente en experto en teología, o en experto en cualquiera de las mismas ciencias del espíritu.
Para hablar de “religiones comparadas”, hay que recorrer un largo camino intelectual, y no recurrir al simplismo de comparaciones que están lejos de ser posesión pacífica de las ciencias del espíritu. Algún profesor (no me quisieron dar el nombre) se aventuraba a pontificar sobre la pérdida de lo femenino en la Iglesia (por supuesto, la católica), sin conocer el abc de la visión de la Biblia sobre la mujer, sin conocer el abc de la lucha de la ortodoxia contra el gnosticismo (que despreciaba lo femenino) y sin conocer el abc de la historia de la devoción a la Santísima Virgen María.
Nuevo Testamento. Algún profesor se atrevía a distinguir entre “paulinismo” y “cristianismo”, dejando entrever que una cosa quería Jesús y otra se atrevió a hacer San Pablo, sin conocer el abc de la única fuente de la fe y de la teología católica, que es la “Tradición Apostólica”, que cristalizó luego en la redacción del Nuevo Testamento.
Algún profesor habló en clase de “espíritus chocarreros” (no me explico la racionalidad de semejante expresión en una aula universitaria), y, cuando se le discutió la existencia de los espíritus de marras, se atrevió a decir que se pueden comparar con los dones del Espíritu Santo, haciendo gala de una ignorancia supina, porque jamás se puede comparar la teología con la superchería supersticiosa que, lamentablemente, anda todavía por las calles…
Algún profesor tuvo la osadía de decir en “estudios generales” que la Iglesia (por supuesto, la católica) escondía los Evangelios Apócrifos porque no le interesaba a ella que se conocieran las presuntas verdades que allí se contienen. Siempre recuerdo con fruición maliciosa que un colega mío, que tuvo que oír el reclamo violento de uno de los jóvenes de su parroquia por semejante barbarie, simplemente bajó de su biblioteca el volumen de los Evangelios Apócrifos, se lo prestó a quien protestaba y le hizo conciencia de que la editorial que los hacía públicos era una editorial católica.
Algún profesor, a estas alturas, tuvo la osadía de seguir afirmando que “la religión es el opio de los pueblos”, ignorando todo el camino de concientización que han vivido las comunidades cristianas y los servicios sociales que tienen siglos de existir, cabalmente a partir de las convicciones religiosas.
Altura intelectual. Algunos profesores siguen citando los “lugares comunes” del oscurantismo medieval, de las hogueras de la Inquisición, del silencio de Pío XII frente al holocausto, de las riquezas del Vaticano, sin fijarse en los ríos de tinta con que científicos grandes han matizado la percepción de estos temas. Qui bene distinguit bene philosophatur…, sólo quien es capaz de distinguir matices en los asertos podrá tener acceso a la verdad. Quien se deja llevar por el simplismo siempre repetido, corre el riesgo de desprestigiar la altura intelectual de sus lecciones…
No podría creer que “libertad de cátedra” signifique tener derecho a decir cualquier cosa, sin fundamente alguno, o libertad de incursionar en otras áreas del saber que no conozco. A veces tengo la sensación de que algunos muchachos me cuentan que algunos profesores dijeron cosas de teología tan equivocadas, como atreverse a afirmar cosas irracionales en materia de ciencias de la naturaleza.
Alguno tuvo el tupé de incursionar en cosas de religión, sin tener razón para ello, y, cuando le salieron alumnos capaces de “dar razón de su esperanza” (cfr. I Ped 3, 15), silenció la polémica por él iniciada, diciendo: “Aquí no estamos en clase de teología”… Silenciar al que tiene razones es una forma indigna de ejercer la docencia, y en cambio reconocer que non erubescendum est homini confiteri se nescire quod nescit (no tenemos que avergonzarnos de confesar que no sabemos lo que ignoramos) tiene un no sé qué de dignidad, que es propio de los grandes sabios, que normalmente son gentes muy sencillas.
periódico La Nación 6 marzo 2008

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