¡Resurrección!
Ocean Castillo Loría.
El pasado domingo se celebró la resurrección del Señor Jesucristo, dando inicio a la pascua. Por esta razón, reflexionaremos los pasajes de los evangelios que narran la vuelta a la vida de Jesús de Nazaret.
Un primer aspecto es reconocer que, estamos frente a un hecho que se enmarca en el espacio y el tiempo pero que también es aclarado por los lentes de la fe, cualquiera podría decir: “Jesús resucitó y ya no hay donde verle”. Esto no es cierto, Jesús resucitado puede, y debe ser visto en cada hambriento cuya hambre es saciada, en cada sediento que bebe agua (material y de justicia), en cada extranjero que es recibido en el país como un hermano, en cada desnudo que es vestido, en cada enfermo que es consolado y en cada prisionero que es visitado. Así la única manera de ver al resucitado, es adentrarnos en él por la oración y la fe y concretar éstas por obras de amor al prójimo.
Pero esto solo es posible si somos capaces de interiorizar (vivir) la experiencia de la resurrección. Jesús dijo a sus seguidores que lo verían en Galilea. ¿Cuál es nuestra Galilea?, ¿Cuáles son los espacios de nuestra espiritualidad que deben ser trabajados?, ¿Seguiremos descuidando el espíritu a favor de la materia? Si no nos ocupamos de nuestro espíritu y de nuestro anhelo de eternidad no podremos experimentar el resucitado y vivir como tal.
Los pasajes de la resurrección destacan el papel de las mujeres, es María Magdalena evangelizadora de los discípulos a quien no le creen. Ella representa la fe de quien busca a Jesús, ella representa la alegría de quien tras experimentar el dolor de la muerte tiene frente a frente a la vida misma. Hoy que se habla mucho de la Magdalena como esposa de Jesús, se pierde de vista la gran revelación que estamos comentando: que el espíritu de Jesús no hace distinción entre hombres y mujeres sino, que todas y todos tenemos abiertas las puertas del Reino de Dios.
Es Jesús resucitado quien nos abre las puertas de la verdadera vida. Es por él, que somos hechos hijos de Dios y por tanto, al cumplirse en él, se cumplen nosotros las palabras del salmo: “Tú eres mi Hijo, hoy mismo yo te he dado la vida”. La prueba máxima del amor de Dios es la resurrección. Esta resurrección, es la que inaugura la nueva creación de la que por fe ya somos parte, he aquí una excelente justificación para abandonar la tristeza y adorar, alabar y bendecir a Dios.
Es con la resurrección que se confirma el Señorío de Jesús y la investidura de la gloria de Dios. Jesús es Señor de la historia, Jesús es Señor de nuestra existencia. Es por tal razón, que al dejar actuar en nosotros el espíritu del resucitado podemos construir un mejor país y un mejor mundo. La pregunta que debemos contestar es: ¿Permitiremos al Señor (Dios) del tiempo actuar en nosotros?
Por otro lado, un evento como el que comentamos ha sido cuestionado, como otras grandes verdades del cristianismo, la resurrección es un hecho histórico pero que lo trasciende por su irrevocabilidad e indestructibilidad: “Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Si existe un cuerpo natural, existe también un cuerpo espiritual” (1 Corintios 15, 44)
Solo basados en la Escritura y sumergidos en la reflexión y la enseñanza, es que podemos desarticular lo que parece oculto en supuestos códigos, “descubiertos” en supuestos “evangelios” y señalado por tumbas que no están vacías.
Asimismo, debe quedar claro ante los falsos cristos que hoy vemos, el que Jesús de Nazaret, el crucificado, es el mismo resucitado: “No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado como dijo...” (Mateo 28:5)
Asimismo, está claramente establecido que las enseñanzas del crucificado son las mismas que las del resucitado, ya que éste manda a bautizar y “… enseñándoles a guardar todo lo que yo (Jesús de Nazaret) os he mandado” (Mateo 28: 20)
La claridad de las escrituras refuta las argumentaciones que tanto libros como personas expresan hoy en día, y que causan confusión en tantas gentes. Es por ello que una celebración como estas, nos debe hacer pensar y profundizar en la formación de los cristianos de cara a aclarar tantos malos entendidos que hoy pasan como verdades a costa de Jesucristo.
La mejor prueba de la resurrección es el que tengamos un encuentro personal con él, que nos permita transparentarlo. Para ello, insistimos de nuevo, debemos dejarnos infundir por su espíritu, solo de este modo, podremos reflejar sus dones. De esta manera seremos partícipes de la gran aventura que significa construir y manifestar el Reino de Dios.
Construir y manifestar el Reino de Dios es querer, compartir y trabajar por la justicia, siguiendo el ejemplo de Jesús, así se encarna la resurrección, así se encarna a Cristo glorificado, así se manifiesta el cielo en la tierra. La garantía de una obra de este tipo es el hecho de que la muerte ya no tiene poder sobre Jesús y por ende, quienes creen en él deben vivir ya como resucitados.
La resurrección de Jesús muestra que Dios ve en él a su hijo predilecto, renovándole su amor (Sofonías 3: 17). Pero además, que es Dios quien dice la última palabra, y no los poderes de opresión que mandaron a Jesús a la cruz: “…el Señor se burla de ellos.” (Salmo 2: 4) “…te ríes de esos incrédulos” (Salmo 59: 9)
Con la resurrección los jueces son condenados y el condenado demuestra que tiene razón. Por eso como Jesús, los condenados de este mundo tendrán vida. Esta es la paz que anuncia Cristo, esta es la buena noticia que nos entera de la victoria del Reinado de Dios, por el cual le podremos ver cara a cara.
¡Jesús ha resucitado!
Cantemos con nuestra fe, nuestra voz y nuestras obras esta realidad.
Dejémonos consolar por el resucitado.
Dejémonos rescatar por él.

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