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RESONOCO

25/03/2008 GMT 1

Romero: 28 años.

marfuerte @ 03:08

Ocean Castillo Loría.

El 24 de marzo de 1980 cae asesinado Monseñor Oscar Arnulfo Romero, este año se cumplen 28 años de su muerte martirial. Cuán cierta resulta aquella palabra de Jesús que declaraba que si el grano de trigo no muere en la tierra no produce fruto. Este es precisamente el caso de Mons. Oscar Arnulfo Romero, quien ejerciendo su ministerio pastoral encuentra la muerte. La bala asesina destruye su corazón en el momento del ofertorio, cuando el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor.

El 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, nace el segundo de los ocho hijos del matrimonio compuesto por Santos Romero y Guadalupe Galdaméz. Su nombre: Oscar Arnulfo. Este niño tímido y reservado tuvo que interrumpir sus estudios primarios por enfermedad.

Trabajó desde muy joven, aprendiendo carpintería por las mañanas y en las noches, recibiendo de su madre el amor por la devoción a los santos y reteniendo las oraciones que hacían juntos. Es a partir de estas experiencias que muestra desde muy temprana edad inclinaciones religiosas.

Teniendo trece años presencia la ordenación sacerdotal de un joven, por lo que aprovecha la oportunidad para conversar con un clérigo al que le manifiesta su deseo de ser sacerdote. Al año siguiente, Oscar ingresa al Seminario Menor de San Miguel a cargo de los PP. Claretianos. Allí se encontrará por un periodo de hasta 7 años.

Sin embargo, durante este lapso debe de nuevo enfrentar el corte de sus estudios ya que debe regresar a su hogar dada la mala situación económica de su familia. Es por ello que durante tres meses trabaja junto a sus hermanos en las minas de oro de Potosí, ganando cincuenta centavos al día.

Corría el año de 1937 cuando ingresa al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Luego de 7 meses es enviado a Roma para profundizar sus estudios en teología. Romero llega a la capital italiana cuando Europa sufre la destrucción y el sufrimiento de la Segunda Guerra Mundial.

El 4 de abril de 1942 es ordenado sacerdote en Roma. Oscar Arnulfo Romero G. contaba con 25 años. Al año siguiente, obtiene su licenciatura en teología en la Universidad Gregoriana. De cara a la obtención de su grado doctoral, el padre Romero se interesa por temas como la mística y la teología ascética, pero la guerra, no le permite continuar con este proyecto.

Ya en El Salvador, sirve en la parroquia de Anamorós y por 20 años en San Miguel donde promueve diversos grupos apostólicos y muchas obras sociales; del mismo modo, impulsa la construcción de la Catedral de San Miguel y la devoción a la Virgen de la Paz.

El Padre Romero es símbolo del sacerdote tradicional: Oración, pastoreo, disciplina, temperancia. En muchas ocasiones, su imagen provocaba el distanciamiento de sus colegas por su tradicionalismo. Por otro lado, Romero se ganaba el cariño de su pueblo.

A estas alturas (Entre 1965 y 1968), la Iglesia Católica en América Latina está siendo impactada por dos importantes documentos: el Concilio Vaticano II y el documento con las conclusiones de Medellín, en los cuales se rescató el valor de la dignidad humana, sobre todo haciendo énfasis en los marginados.

Estos textos tuvieron una importante repercusión en un país como El Salvador donde se verificaba la explotación económica por parte de catorce familias que prácticamente eran dueñas del país, y que estaban aliadas al ejército.

El 3 de mayo de 1970, a los 53 años, es notificado de su nombramiento como Obispo y el 21 de junio de ese año, es ordenado y nombrado Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador. Este es un momento difícil para Romero, pues no encaja en una diócesis donde comenzaban a concretarse los cambios del Concilio y Medellín. Y es que el Padre Oscar era un sacerdote conservador, tímido, dedicado a administrar los sacramentos y a visualizar el Reino de los cielos, como el consuelo en la vida en el mundo futuro.

Monseñor Romero defiende y divulga la lógica del Concilio y Medellín, pero sin un convencimiento interno y sin apoyar la Teología de la Liberación. Es en este momento donde se le elige como director del periódico “Orientación” al que le imprime una línea editorial conservadora, donde critica a los sacerdotes que trataban de llevar adelante una evangelización de corte liberador.

Luego, fue nombrado rector del Seminario Mayor San José de la Montaña. Romero no resultó eficiente en la administración de esta instancia y tuvo que cerrarse. Lo cierto es que esa fue una consecuencia de la excesiva bondad y desprendimiento de Monseñor.

En 1974 es investido como Obispo propietario de la diócesis de Santiago María, donde iniciaba la represión contra campesinos organizados. Serán las masacres propiciadas por el gobierno y el ejército, las que impactarán al religioso e iniciarán su cambio de posición.

En junio de 1975 con motivo del asesinato de 5 campesinos, los sacerdotes del lugar le piden que haga una denuncia pública, pero éste, manda una fuerte carta al Presidente de la República. Romero comienza a despertar a una dura realidad.

Realidad de pobreza del campesinado.

Realidad de injusticia propiciada por la ambición de los patronos que negaban el salario justo.

Pobreza de las mayorías, riqueza de una minoría.

El pueblo se organiza para protestar en medio de la represión, los fraudes electorales y el grito de la Iglesia por justicia y paz. Es por este mensaje de la Iglesia que el gobierno expulsa a varios sacerdotes.

Para 1977, el 23 de febrero, Monseñor Romero con 59 años, es nombrado Arzobispo de San Salvador. Los sectores poderosos muestran su complacencia con el nombramiento, pues su esperanza era que detuviese el accionar progresista de la Arquidiócesis.

El panorama que encontró Monseñor fue el de una Iglesia encarnada en su mayoría con el pueblo. Tal encarnación se pagaba con un precio muy alto.

El 12 de marzo de 1977 es vilmente asesinado de 12 disparos el Padre Rutilio Grande SJ, junto a dos campesinos, un anciano y un niño. Es en estas muertes donde Monseñor termina de identificar dónde está Jesús y dónde sus acosadores. La luz de las Bienaventuranzas y del juicio final iluminan al prelado, él entiende la estatura de su misión, en el momento que aumenta la represión contra la Iglesia.

También en 1977 llega al poder mediante un claro fraude, el General Carlos Humberto Romero. Esta elección provoca protestas populares que desembocan en la muerte de muchos Salvadoreños.

Romero acompaña al pueblo en su sufrimiento continuando la obra de la Iglesia y haciendo realidad su lema: “Sentir con la Iglesia”. Los religiosos siguen siendo asesinados: el 11 de mayo cae el P. Alfonso Navarro Oviedo. En ese momento Monseñor expresa: “…cesen de perseguir la misión de la Iglesia. Cesen de sembrar discordias y rencores. Cesen de propalar esa filosofía de la maldad, de la venganza. Y unámonos todos para hacer de nuestra Patria, una Patria más tranquila…” El 28 de noviembre de 1978, se asesina al P. Ernesto Barrera y con él, a quienes ya hemos mencionado, y que engrosan una larga lista de familias, laicos, sacerdotes y catequistas que caen víctimas de la represión en El Salvador.

El seguimiento de Cristo, se encarna cada vez más en su vida, no como teoría sino como compromiso: “Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca de Dios. La religión no consiste en mucho rezar: consiste en esa garantía de tener a mi Dios cerca de mí porque les hago el bien a mis hermanos. La garantía de mi oración no es el mucho decir palabras; la garantía de mi plegaria está muy fácil de conocer: ¿Cómo me porto con el pobre? Porque allí está Dios”.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero se entrega a su pueblo. Son numerosas sus visitas pastorales y la celebración frecuente de dos o tres misas en distintos lugares. Se reunía constantemente con la gente, sobre todo, con los más pobres. En muchas oportunidades fungió como mediador en conflictos de trabajo, refugió a campesinos que huían de la persecución y dio mayor impulso a los medios de comunicación de la Iglesia. Así cumple uno de los mensajes de su primera carta pastoral aparecida en 1977: “La Iglesia no vive para sí misma”.

Monseñor se constituye en verdadero testigo de Cristo al denunciar un sistema que enfrenta a los hermanos de un mismo país, poniendo al humilde soldado contra el humilde campesino, lo cual implica como resultante una trasgresión a la ley de Dios. Pecado que conduce indudablemente a la muerte. Testimonia la muerte de Cristo en la muerte de su pueblo, testimonia su resurrección con la esperanza de la paz.

En agosto de 1977, se publica su segunda carta pastoral: La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia, en la que vuelve a subrayar el sentido de servicio de la iglesia y el papel que esta cumple con relación a la historia humana e historia de la salvación. Asimismo, trata de dialogar con el poder político sobre la situación persecutoria que vive la iglesia, esto por cuanto ha hecho la opción por los pobres.

De igual manera, rescata el concepto de unidad eclesial que se logra: “en la fidelidad a la palabra y en la exigencia de Jesucristo y se cimenta en el sufrimiento común. No puede haber unidad de la Iglesia ignorando la realidad del mundo en que vivimos”.

Ya en estos momentos las Homilías de Romero adquieren gran notoriedad, por el análisis de las situaciones que se viven a la luz de la palabra de Dios. Es con las homilías como mejor se reconoce la dimensión profética de Monseñor. Del mismo modo, son punto infaltable en el análisis de la situación del país tanto en el campo político como eclesiástico. Es por esto que en diversas ocasiones la emisora YSAX, donde se trasmitían, trató de ser silenciada. Pese a esto, en los momentos que lograron interrumpir las trasmisiones, el mismo pueblo reproducía su palabra. Indudablemente, a través de las homilías, Monseñor Romero historizaba el mensaje bíblico en la realidad de El Salvador.

Es en este testimonio de palabra y obra donde se haya el centro de su mensaje (Que también es el mensaje de Jesús): No hay amor más grande que dar la vida: “La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Cuando Cristo se deja matar, esa es la violencia, dejarse matar. La violencia en uno es más eficaz que la violencia en otros. Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero, ¡que difícil es dejarse matar por amor al pueblo!”.

En 1978 se publica su tercera carta pastoral: La Iglesia y las organizaciones políticas populares. Aquí se confirma que Monseñor ha tomado partido por el pueblo ante la violencia del opresor. Es esta carta una excelente muestra de creatividad doctrinal.

No hay duda que por su valentía, inteligencia y sencillez es que el mundo puso sus ojos en él, y es así como entre 1978 y 1980, recibe el Doctorado en Humanidades Honoris Causa de la Universidad Georgetown de Washington. En aquel momento entre otras cosas expresó: “… el sufrimiento, el temor, la inseguridad, la marginación de muchos hermanos, están aquí recibiendo hoy conmigo un homenaje de respeto y admiración, lo mismo que un rayo de consuelo y esperanza.
…Ha resonado también en su voz (La de la Iglesia), el acento de la dignidad de una Iglesia que prefiere su fidelidad al Evangelio a los privilegios del poder y del dinero, cuando éstos pueden empañar su testimonio y su credibilidad”.

En este mismo periodo se le otorga el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Lovaina, en su discurso resume del siguiente modo su misión y por ende, la de la Iglesia: “Los antiguos cristianos decían: Gloria Dei, vivens homo, (La gloria de Dios es el hombre que vive). Nosotros podríamos concretar esto diciendo: Gloria Dei, vivens pauper, (La gloria de Dios es el pobre que vive.). Creemos que desde la trascendencia del Evangelio podemos juzgar en qué consiste en verdad la vida de los pobres; y creemos también que poniéndonos del lado del pobre e intentando darle vida sabremos en qué consiste la eterna verdad del Evangelio”.

También recibe el premio de la paz de las Iglesias Suecas y se le propone como candidato al Premio Nóbel de la Paz. Y es que la paz, fue una preocupación permanente de Romero. Es innegable que esta preocupación adquiere actualmente una vigencia tremenda: “Este es el concepto fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana, es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz”.

Queda claro que aquellos sectores que tanto en el pasado, el presente y el futuro, piensan que la guerra traerá la paz, están equivocados, en el tanto, la violencia solo engendra violencia. En esta misma lógica, el primero de julio de 1979, Monseñor expresó: “…debe quedar bien claro que si lo que se quiere es colaborar con una seudo paz, un falso orden, basados en la represión y el miedo, debemos recordar que el único orden y la única paz que Dios quiere es la que se basa en la paz y la justicia. Y ante esa disyuntiva, nuestra opción… es clara y obedecemos al orden de Dios antes que al orden de los hombres”.

Resulta lamentable que en pleno siglo XXI el mundo tenga que verse involucrado en la dinámica del terror, la inestabilidad y la desconfianza, y que nuestra América Latina vea complicadas sus aspiraciones de desarrollo; postergando también en nuestros países la verdadera vivencia de la justicia y la paz.

Luego de lo que puede considerarse un paréntesis para hablar un poco de lo que Monseñor consideraba sobre el tema de la paz, es importante recordar que en Agosto de 1979 se publicó su cuarta carta pastoral: Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país. En ella, se afina el tratamiento del tema de la violencia condenando aquella que provoca víctimas y la que es generada como exceso en relación a los objetivos que se persiguen.

La violencia continuaba golpeando a El Salvador y a la Iglesia. El 4 de agosto de 1979 asesinan al P. Alirio Napoleón Macías a quien acribillan, según el testimonio del Diario de Romero: “Entre la sacristía y el altar Mayor”. Al día siguiente, Monseñor hace referencia a este hecho en la Misa de la catedral. Tampoco puede olvidarse que en el mes de marzo de ese año, había sido asesinado el P. Octavio Ortiz.

El 20 de junio de 1979 se ejecuta un nuevo asesinato contra un sacerdote, en esta ocasión, se trata del Padre Rafael Palacios. En la homilía ante su cuerpo, Monseñor expresa tal y como lo consignó en su diario: “…que el Padre Palacios había encontrado en Santa Tecla (Lugar donde ejercía su ministerio pastoral), lo que todo sacerdote fiel encuentra donde trabaja, mucho amor y mucho odio. Y testimonio del odio era la trágica muerte por asesinato y que indicaba cómo la Iglesia que tiene que cumplir el deber de denunciar el pecado, tiene que estar dispuesta a sufrir las consecuencias de haber tocado ese monstruo que hace tanto mal en el mundo, el pecado”.

En octubre de ese año diversos sectores políticos se alían a una parte del ejército que promueve el derrocamiento del Presidente G. Carlos Humberto Romero. En esta dinámica, el ejército retiene el control del poder, con lo que los sectores reformistas del nuevo gobierno quedan por fuera y se reprimen las manifestaciones populares.

De allí surge una segunda junta de gobierno, en la que la vieja Democracia Cristiana (DC) tiene un papel fundamental. El juicio de Monseñor Romero sobre lo que acontece

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