Aquellos jóvenes…
Enrique Obregón Valverde | enriqueobregon@yahoo.com
Entrega sin reservas, como si fuera la cosa más natural del mundo
Hace sesenta años, los que hablaban de garantías sociales y del código del trabajo, rompieron la ley y pisotearon el derecho del pueblo a elegir libremente a sus gobernantes. Era época desordenada y violenta; años de gran convulsión política que dividió en dos a la sociedad costarricense.
Los que desconocieron el resultado legítimo de una elección nacional propusieron una falsa solución: nombrar presidente de la República a un ciudadano que no había sido elegido y solamente porque en apariencia era una buena persona. Se lo comunicaron a don José Figueres y este respondió de inmediato: “¿Una buena persona en la Presidencia, pero en todos lo demás puestos quedarán los que están en la actualidad, los que han traicionado al pueblo? Es una farsa. Me voy para las montañas del sur”.
Sonrisa cívica y patriótica. Y detrás de don Pepe, unos jóvenes, muy jóvenes, muchachos apenas, se marcharon también. Algunos murieron peleando y los demás regresaron victoriosos, con una sonrisa cívica y patriótica que no los ha abandonado jamás.
Aquellos jóvenes restauraron el derecho de sufragio, garantizando para siempre la libertad electoral, ayudaron a construir escuelas y colegios, universidades y hospitales, puentes y caminos, y contemplaron, con el transcurso de los años, cómo los descendientes de los campesinos tuvieron la oportunidad de asistir a la escuela, a los colegios, a la universidad.
Hoy, la gran mayoría de los profesionales que ocupan los cargos públicos o laboran en consultorios y despachos particulares, son hijos y nietos de una clase campesina que vivió esclavizada a la tierra sin recibir el abrazo solidario de la sociedad ni la ayuda natural de los gobernantes.
Asunto de mujeres. Hoy, estos nuevos profesionales saben que sus hijos tendrán la oportunidad de estudiar y surgir porque eso lo garantiza la organización democrática que emergió como consecuencia de la Revolución, una democracia que universalizó la ciudadanía al declarar que los derechos y las libertades de los pueblos eran también un asunto de mujeres.
Son pocos los jóvenes que todavía van quedando, ancianos ahora. Los encuentro por las calles, en los parques públicos o conduciendo un cochecito del supermercado. Me hablan de todo, de un libro que han leído, de algún paseo que hicieron, de los nietos, de la esposa, pero de la Revolución, no; de lo que hicieron, no; de la gloria de haber participado en actos heroicos, no. Es que para los combatientes, para aquellos muchachos de entonces, esa participación, esa entrega sin reservas la llevaron a cabo como la cosa más natural del mundo, como si hubieran nacido solamente para eso: para responder a un llamado patriótico, para cumplir con un deber total.
Cuando les doy la mano, al despedirme, silenciosamente les digo, casi rezando: “Muchas gracias, compañero”.
Libres y en paz. Fueron, lucharon, algunos se quedaron en la trinchera, los demás regresaron, pero todos, en el momento oportuno, estuvieron dispuestos a entregar sus vidas por los derechos del pueblo costarricense, por un futuro de libertad y de paz.
Eran jóvenes, muy jóvenes, muchachos apenas, hace exactamente sesenta años. Los que quedan, los que van quedando, son ahora ancianos, pensionados, enfermos, de lento caminar, pero mantienen, desde aquella lejana juventud, una sonrisa cívica y patriótica propia de quienes han cumplido con una obligación histórica trascendental.
periódico La Nación 12 marzo 2008

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