El seminario
Mauricio Víquez Lizano
Presbítero
Hace algunos días, conversando con un sacerdote amigo y algo disgustado por esas cosas que a veces ocurren en la vida, dije ciertas cosas que en realidad no creía. Ese hecho, más la conversación con un antiguo seminarista y algunas lecturas cuaresmales en espacios pequeños que me he dado en medio de mis labores, me han llevado a recordar cosas que tienen que ver con una vocación y mis días de seminarista.
Repasando y descubriendo cosas, miré algunas de las impresiones que guardaba el actual papa en su obra autobiográfica Mi Vida acerca de su vida de muy joven estudiante. De entre todo lo que narra, J. Ratzinger cuenta de ese refugio de convivencia y estudio que era el seminario en medio de una guerra cruel que poco a poco iba marcando el corazón y la vida de tantos. Un lugar apacible, sobrio y exigente era aquel donde se gestó el corazón y la mente de uno de los teólogos más relevantes del presente.
El genial José Luis Martín Descalzo, en su singular escrito titulado Un cura se confiesa , escribe esto: “Sí, amigo, sí; aunque no lo creas, yo fui hombre feliz en el seminario”.
Una experiencia feliz. Pues estas anotaciones del actual Pontífice y de don José Luis, amén de los hechos que ya indiqué, me lanzaron irremediablemente a pensar en mi recorrido por los pasillos, aulas y jardines del seminario, de nuestro Seminario Central. Curiosamente, llegué a la misma conclusión de ambos. Primero, fue un ambiente incomparable para absorber dos milenios de maravillosa sabiduría católica, así como una tradición filosófica más secular aún y de andar absorto por la historia de una institución excepcional que tiene como misión llevar al ser humano de siempre hasta Cristo. Segundo, efectivamente, fue una experiencia más feliz que otra cosa.
Por mis años, abiertos en 1983 por la visita de Juan Pablo II, el claustro de profesores supo dar lo que tenía. Profesores jóvenes eran esos que venían ansiosos de dar lo mejor de sí y lo dieron a quienes se les confiaron por decisión de los obispos de entonces. Docentes dedicados que pasaban por las aulas del edificio que, visible en Paso Ancho desde muchos lugares de San José, acogía futuras generaciones de hombres animados por un ideal que esperaban no perder de vista.
Un verdadero maestro. Los padres Munguía, Sancho, Hernández, Quirós y otros se sucedían por la aulas semana a semana, compartiendo lo que preparaban con ahínco en sus respectivos estudios.
En mi caso, singular y aleccionadora era la presencia y el magisterio de Carlos J. Alfaro. Un verdadero maestro de esos que solo aparecen una vez en la vida. Nunca antes en la Universidad de Costa Rica o después en posgrados tuve oportunidad de conocer a un hombre de tal talla académica y coherencia vocacional cristiana.
Pero no solo era eso. En el seminario había normalmente alegría de vivir. Había gentes variadas y llenas de riquezas particulares. Los santos notorios y los que lo eran menos evidentes. Los brillantes y los que tenían que dedicarse más. Los que pensaban así y los que pensaban asá. Era una vida marcada por rezos, cantos, hartas horas de estudio serio, alguna que otra hora difícil, disputas deportivas y, por supuesto, de una meta común.
Eso fue el seminario para mí. Hoy no debe ser muy distinto. Y, como siempre, es bueno pensarlo, es casi seguro que, de volver a tomar decisiones fundamentales en la vida, resolvería de nuevo pasar la gran puerta de madera que alguna vez me abrió el rector de entonces, ahora obispo en Cartago. Si fuera joven católico de este 2008, consideraría el camino del sacerdocio si Dios me llamara. Y seguramente sería de nuevo, dentro de los muros del seminario, con sus luces y sombras, un hombre feliz.
periódico LA Nación 10 marzo 2008

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