La pava tirándole a la escopeta
Adrián Rodríguez Solórzano
Cientista económico y social
El señor Víctor Hugo Munguía, presbítero de profesión, en Vivat academia, vivant professores (Foro, 6/3/08) critica a los profesores universitarios que “incursionan en teología, en Sagrada Escritura, en historia de la Iglesia...”. Eso, según él, es exclusivo para quienes son “expertos en teología”... y los profesores universitarios no deben “atreverse a hablar de lo que se ignora”. Claro, él y sus colegas sí se conceden la libertad y autoridad para escribir y hablar sobre temas que les son absolutamente ajenos, tanto por su formación como por su experiencia personal: sobre sexualidad, sobre tratados de libre comercio, sobre métodos anticonceptivos, sobre paternidad, sobre la familia... Parafraseándolo, le diría: “Una sotana o un doctorado en teología no convierte a nadie en experto en esos temas”.
En su comentario nos reafirma las “verdades” de siempre: que la Iglesia y sus líderes son los únicos que pueden hablar sobre “religiones comparadas”, que su misoginia se desdice por la devoción a la supuesta virgen María, que su lucha contra el gnosticismo implica que ellos –los curas– dan a las mujeres el lugar que les corresponde, que solo ellos pueden interpretar correctamente la Biblia, que la teología (estudio de lo inexistente) no es superchería supersticiosa, que ellos no esconden los Evangelios Apócrifos y que la prueba es que en sus bibliotecas se encuentran, etc.
Misoginia manifiesta. La Iglesia y sus líderes son misóginos por excelencia. Aparte de un historial que lo confirma, basta con preguntarles: ¿Acaso una mujer puede ser papa, o cardenal, o presbítero? ¿No está llena de sandeces misóginas la misma Biblia? ¿No son “impuras” las mujeres durante su menstruación? Por otro lado, ¿la devoción a la virgen María significa que el resto de las mujeres –mortales, vírgenes o no– tienen los mismos derechos que los hombres en su organización?
Y ellos, profesionales de la religión, lucharon contra el gnosticismo por causas que todos conocemos (era una fuerte competencia –herejía cristiana para su Iglesia– que identificaba al demiurgo creador del corrupto mundo físico con el Jehová bíblico), no porque este no le diera su lugar a las mujeres. Si esta hubiese sido una razón, entonces deberían proscribir la Biblia por su irreductible misoginia.
Por cierto, el que los judíos luchen contra los palestinos (la mayoría de estos se flagela o aprueba dicha práctica) no significa que lo hacen precisamente para erradicar la flagelación.
No hay exclusividad. Y otra cosa: entre los mismos teólogos hay fuertes diferencias en cuanto a la interpretación de la Biblia. Nadie puede arrogarse la exclusividad de su interpretación. ¿O acaso él tuvo alguna visitación divina que le confirió ese poder?
¡Ah!, los curas pueden tener los Evangelios Apócrifos en sus bibliotecas, pero ¿están disponibles al público?, ¿los ventilan acaso?, ¿forman parte de sus sermones?, ¿promueven su lectura y discusión?
Por supuesto, el señor Munguía debe defender su profesión a capa y espada, mas no debe asumir el papel de juez infalible cuando ya el mismo papa actual contradijo al anterior con esas fábulas del infierno.
periódico La Nación 13 marzo 2008

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