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RESONOCO

02/04/2008 GMT 1

Cada uno de nosotros: un apóstol

marfuerte @ 00:24

Claudio Alpízar Otoya

Hay que hacer el mayor esfuerzo para mejorar la sociedad

Politólogo

A principios del mes de febrero, el santo papa, Benedicto XVI, recibió a los obispos de nuestra Conferencia Episcopal en su visitaad limina apostolorum (visita a las puertas de los apóstoles). Durante una semana los siete obispos, encabezados por monseñor Hugo Barrantes Ureña, fueron atendidos uno a uno en visita individual por el Sumo Pontífice. En su importante mensaje, el Papa dejo claro que, ante los peligros que hoy enfrenta la sociedad, los religiosos deben actuar en primera instancia, pero que eso no exime a los fieles laicos a quienes “les corresponde participar en esa misión según su vocación específica”. En esta última recomendación es en la que quisiera enfocarme.

Es de suma importancia que todos los costarricenses hagamos los mayores esfuerzos para mejorar la sociedad actual, ante el deterioro que se vienen presentando en las instituciones sociales –desde la familia hasta las diversas instancias de la organización civil– en las que se ha sustentado el desarrollo del país, lo que ha repercutido en todo el entramado social con las consecuencias correspondientes.

Nuestro apostolado. Como seres humanos, todos estamos expuestos a cometer errores; sin embargo, la labor de apostolado que debemos ejecutar desde ese abanico de posiciones –como obreros, administradores, dirigentes comunales, sacerdotes o políticos– nos obliga a una revisión constante del quehacer profesional. Los esfuerzos y la consecución de objetivos deben estar apegados a los más altos principios y valores cristianos de solidaridad, para que sean la guía permanente. Así, los asuntos de raza, nacionalidad, sexo, credo o afinidad política no marcarán diferencia en la lucha por una sociedad en la que se respete la diversidad.

Ahora bien, desde el campo político, los fieles laicos que ejercen el poder en forma transitoria, deben mostrar sus mayores virtudes para la consecución del objetivo primordial: el bien común, única manera para que el pacto social establecido entre todos sea revisado y actualizado con en el transcurrir de los tiempos, realidad que todas las sociedades experimentan en este mundo cambiante y también pasajero.

Las dificultades que día a día se nos presentan son tierra fértil para generar nuevas maneras de anunciar las prédicas cristianas, para que así nuestras funciones profesionales vengan a formar parte de esa misión solidaria que debe emprender toda la sociedad como unidad. De la misma forma, la precariedad económica y la violencia doméstica deberá ser superadas, más cuando en la mayoría de estos casos son mujeres las más perjudicadas: convertidas obligatoriamente en padre y madre, en proveedoras y distribuidoras, como consecuencia del abandono y el debilitamiento que ha sufrido la familia costarricense por las profundas transformaciones a que se ha visto expuesta, pese a ser la institución más importante de todas. El Papa comparte esta preocupación ante la presencia de movimientos que formulan una “multitud de promesas de un bienestar fácil e inmediato, pero que terminan en el desengaño y la desilusión”.

Luz de esperanza. Sin duda, la visita de nuestros obispos y el mensaje transmitido por Benedicto XVI representan una luz de esperanza y una llamada de atención a reaccionar ante cambios que pretenden debilitar la institucionalidad ética y de principios de los seres humanos. Obliga a revitalizar constantemente nuestras creencias cristianas, base fundamental y popular de los cambios y la dirección que exige nuestra sociedad. Debe imperar una “globalización” de beneficios para los más necesitados, que genere una sociedad cada día más justas y caracterizada por una distribución de recursos que no erosione y desintegre, como la que actualmente predomina.

Fundamental en ese cambio de actitud nacional es una intersección de intereses entre la comunidad civil, los políticos y los religiosos, con un diálogo que venga a fomentar la paz social y la tolerancia. Que el intercambio de ideas y la participación sean el principal ingrediente de nuestra democracia, la que debe estar enfocada a la consecución de una sociedad más justa, en la cual desde nuestros diversos estrados todos nos convirtamos no solo en discípulos, sino en misioneros, de Jesucristo.
periódico La Nación 15 marzo 2008

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