Desde mi espejo
Experiencia traumática
Haydée de lev
Tenía cuatro años cuando mamá descubrió que yo tenía una caries molar. Decidió, entonces, llevarme al dentista de la familia y llamó a mi tía Sara para que nos acompañara.
Yo nunca había estado en el consultorio de un dentista y, sin embargo, presentía que algo grave iba a suceder. Y así fue. Cuando le abrí la puerta a mi tía Sara, ella me alzó en sus brazos y sollozando me dijo: “¡No te va a doler, mi vida, te lo juro; no te va a doler, no tengas miedo!”.
Mamá la miró echando puñales por los ojos y trató, a su vez, de alzarme, pero, rauda y veloz, me escondí debajo de mi cama. Entonces, mi llanto se convirtió en alaridos de terror. Entre mamá y tía Sara lograron arrastrarme hasta un taxi, donde seguí pataleando y aullando.
Al entrar al consultorio del joven y simpático odontólogo tuvieron que sujetarme entre la asistente, mamá y mi tía, para que él pudiera abrirme la boca y examinar mis muelitas de leche, pero le mordí el dedo con todas mis fuerzas bucales.
Después supe que los pacientes que esperaban en la sala huyeron todos. Al cabo de muchos años necesité ir al dentista y le pedí al odontólogo que atendía a mis hijos que me recibiera porque el pavor me impedía ir a una consulta con un dentista para adultos. Así fue como, poco a poco, fui perdiendo el miedo a los odontólogos. ¡Y pensar que mis hijos acudieron al dentista desde pequeñitos, como la cosa más natural del mundo! ¿Y los suyos?
periódico Al Día 15 marzo 2008

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