Gracias y misterios
Germinal
Año 2 No. 58
Alfonso Chase
Nada más oportuno que recordar en estos días a la escritora, religiosa, fundadora, polemista, sufrida criatura de los odios y rechazos profanos, porque en los poéticos pareciera que tenía la protección divina, que siempre mereció, por amorosa y digna de todas las cosas de su Señor. Teresa de Ávila (1515-1582) es una de las más grandes escritoras que ha producido España y su valor universal corre por el mundo a pesar de las persecuciones, intrigas, malevolencias y las ejecutorias de la no tan santa Inquisición que, espulgando en sus escritos, creyó ver herejías en donde solo hubo poesía, amor divino, vistas sobre misma para así entender a sus prójimos, escapando para siempre de aquellos que dijeron, decían y dicen que su prosa es descuidada, salpicada de giros populares, egocéntrica y con propósitos de interpretar los textos sagrados a su manera y deseo. Pero eso no es cierto, a pesar de Fray Luis de León o de don Miguel de Unamuno, que se sorprendieron al leer su vida, fortunas e infortunios, monólogos y diálogos, como si estuviera levitando sobre todas las cosas mundanas, para escapar así a las miserias de todos conocidas.
Santa Teresa de Jesús es la patrona de los escritores y escritoras, honor que comparte con su amigo San Juan de la Cruz, poeta como ella, compañero de ideas, los cuales forman al binomio sagrado más importante de su época. La de Ávila, como la llamaron algunos, supo construir una voluminosa obra mística, decimos ahora, que la convirtió en clásica viviente, beata en 1614 y santa en 1622, con grandes manifestaciones de júbilo popular y rechazo de sus enemigos, algunos todavía vivos en esa época.
El estilo de la escritora es pulcro, severo algunas veces, desbocado otras, pues escribía entre viajes, admoniciones y fundaciones, en una carrera vertiginosa por hacer en vida lo que se había propuesto. Entre carmelitas siempre, calzadas o descalzas, sus escritos constituyen un ardiente desafío espiritual, escrito todo al modo de oración y mercedes, para dar testimonio de su vida entre los mortales y las escuchas divinas que la impulsaron a sobrevivir a todos los problemas, teniendo como norte la literatura, su propia historia convertida en testimonio colectivo de esos azarosos días, certero vehículo para acercarse a Dios, y acercarnos a nosotros, al genio de esta doctora de la Iglesia Católica, ejemplo de perfección, camino de belleza escrita, esteta de su propia vida y guerrera insólita para lograr dar a sus ideas valor sobre el inmenso tiempo.
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• Santa Teresa de Ávila
1. Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades, que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es tratar de oración tornarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos.
Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que estaba obligada y vocalmente, que no tener oración mental y tanto trato con Dios la que merecía estar con los demonios, y que engañaba a la gente, porque en lo exterior tenía buenas apariencias.
Y así no es de culpar a la casa adonde estaba, porque con mi maña procuraba me tuviesen en buena opinión, aunque no de advertencia fingiendo cristiandad; porque en esto de hipocresía y vanagloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda; que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto muy poco me ha tentado jamás. Por ventura, si Dios permitiera me tentara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; más Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena opinión, como yo sabía lo secreto de mí.
2- Este no me tener por tan ruin venía que, como me veían tan moza y en tantas ocasiones y apartarme muchas veces a soledad a rezar y leer, mucho hablar de Dios, amiga de
hacer pintar su imagen en muchas partes y de tener oratorio y procurar en él cosas que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas de esta suerte que tenían apariencia de virtud, y yo que de vana me sabía estimar en las cosas que en el mundo se suelen tener por estima, con esto me daban tanta y más libertad que a las muy antiguas y tenían gran seguridad de mí. Porque tomar yo libertad ni hacer cosas sin licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo en monasterio hablar de esta suerte, ni lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame a mí —que con advertencia y de propósito miraba muchas cosas— que poner la honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hacía. A la verdad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera, aunque era mucho.
3. Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas podían tener con bondad (porque no debían más, que no se prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro. Y así me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas. Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que sirven muy de veras y con mucha perfección al Señor, que no puede Su Majestad dejar, según es bueno, de favorecerlas, y no es de los muy abiertos, y en él se guarda toda religión, sino de otros que yo sé y he visto.
4- Digo que me hace gran lástima; que ha menester el Señor hacer particulares llamamientos —y no una vez sino muchas— para que se salven, según están autorizadas las honras y recreaciones del mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas, que plega a Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo lo hacía. Y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano.
Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar a poner sus hijas adonde vayan camino de salvación sino con más peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra; y quieran más casarlas muy bajamente, que meterlas en monasterios semejantes, si no son muy bien inclinadas –y plega a Dios aproveche; o se las tenga en su casa. Porque, si quiere ser ruin, no se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo descubre el Señor; y no sólo daña a sí, sino a todas; y a las veces las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es lástima de muchas que se quieren apartar del mundo y, pensando que se van a servir al Señor y a apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo. Ve allí que lo tienen por bueno, a manera de decir.
Paréceme como los desventurados de los herejes, en parte, que se quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen así sin creerlo, porque dentro de sí tienen quién les diga que es malo.
5. Oh, grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos
—no digo ahora más mujeres que hombres— adonde no se guarda religión, adonde en un monasterio hay dos caminos; de virtud y religión, y falta de religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por igual, que por nuestros pecados camínase más el más imperfecto; y como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los mismos de su casa, que a todos los demonios, y más cautela y disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones.
Plega a la divina Majestad ponga remedio en ello, como ve que es menester, amén.
6. Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me pareciendo —como veía que se usaban— que había de venir a mi alma el daño y distraimiento que después entendí era semejantes tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar en muchos monasterios que no me haría a mi más mal que a las otras que yo veía eran buenas —y no miraba que eran muy mejores, y que lo que en mi fue peligro en otras no le sería tanto, que alguno dudo yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo malgastado, estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad; representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pasaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba.
7. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte, pues que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma desmentir; y yo, como no lo osé tratar con nadie y tornó después a haber gran importunación asegurándome que no era mal ver persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el distraimiento que esta que digo, porque la tuve mucha afición.
8. Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la ha habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh, grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!.
1. Ilustración de Johann Ulrich Krauss (1655- 1719).
2. Bilder Bible (1705).
Revista Abanico, periódico La Prensa Libre 15 marzo 2008

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