EL GRAN CAMBIO DE RUMBO
Rolando Araya Monge
El actual caos ambiental es el signo más visible de una crisis de nuestra civilización, de la cosmovisión dominante, de la política, de la cultura, de la misma tecnociencia, como generadora de bienestar. El aumento vertiginoso de los precios es la evidencia de haber llegado al pico máximo de producción de petróleo. Se acaba la fiesta y los años del derroche. La anunciada recesión global no solo revela el problema del tamaño de la deuda acumulada por los Estados Unidos, sus deficiencias económicas, sino la primera manifestación del final de la era del dólar como moneda universal. Después de haber anunciado el fin de la historia, ahora resulta que el capitalismo global está al borde de una peligrosa crisis. pero más que un bandazo económico, se percibe más bien el ocaso de un paradigma, de la propia modernidad, de la arrogancia materialista. Algo nuevo está por nacer.
Los costarricenses han empezado a reaccionar por el encarecimiento de los alimentos. Se reportó una inflación promedio algo arriba del 10% para el año anterior. Pero no se dijo que el aumento en los alimentos había llegado a un 16%. Y siguen para arriba. Casi todos los días se reporta un nuevo aumento. La obtención de biocombustibles en el mundo compite con la producción de alimentos. No sabemos si se puede llegar a un desabastecimiento general. La China acaba de anunciar que ha destinado un territorio equivalente al de Gran Bretaña para producir jatropha, una oleaginosa usada para producir biodiésel. La crisis energética demanda planes más ambiciosos. Y el calentamiento global sigue su marcha, más huracanes, más inundaciones, más cultivos destruidos, más escasez, más pobreza en el mundo. ¿Pero qué estamos haciendo? Aquí, todo bien, según informan la mayor parte de los medios. Estamos danzando en el cráter de un volcán, pero el festín telecístico sigue adelante en la entrega de Costa Rica y amarrando al país más a un orden global complicado, en marcha hacia una gran crisis ecológica, energética, financiera, política y moral.
La naturaleza, como el cuerpo humano, tiene mecanismos de autorregulación conocidos con el nombre de homeóstasis. Las sociedades humanas, aun cuando la soberbia racionalista nos lleva a pretender controlarlo todo, de pronto, actúan de igual manera. Vienen grandes mareas. La situación del mundo está ligada a nuestro estado mental y la neurosis colectiva muestra sus llagas en el rostro de la humanidad a través de la violencia, las adicciones, las guerras, la desintegración familiar, la ruptura de la solidaridad, y la explotación llega a niveles ni siquiera vistos en los albores del capitalismo. La actual globalización no es el punto de llegada de ninguna utopía y ni siquiera la era del conocimiento trajo la igualdad y el bienestar esperados; es más bien, la fase senil de un sistema económico que ya no puede sostener el consumismo exacerbado ante la crisis ecológica, el agotamiento de los recursos naturales y la depredación de los valores más caros. Los pueblos débiles se han sentado a jugar con una baraja marcada para seguir perdiendo.
No cabe duda de que esta vez no nos servirán las promesas electorales, los nuevos modelos económicos, ni aún las viejas ideologías overjoleadas. Después de los fracasos, palabras como socialismo, revolución y reforma, han perdido su fuerza. Pero por encima de todo, triunfará la esperanza: un salto cuántico mayor que nos lleve a un nuevo paradigma social, una civilización basada en valores, en la búsqueda del auténtico ser libre, en los goces del espíritu, por encima del materialismo. Superar el economicismo actual, hacia una era ecológica supone una economía al servicio de la vida, del ser humano, de la libertad, de la felicidad. La prosperidad habrá de ser el fruto de la nueva educación, el cuidado de la salud, del balance ecológico, la igualdad, la solidaridad, el cultivo de la paz interior y la espiritualidad, la restauración de la comunidad, del arte, la música y la poesía, del triunfo de la alegría sobre el pesimismo. Y no al revés.
¿Y quién podrá hacer esto? La juventud. Se necesita ilusión, esperanza, optimismo. Eso aportan los jóvenes, aun libres, sin las rejas mentales que van fabricando los años a los mayores. Las clases sociales se multiplican, se entrelazan, se neutralizan. Mas el peligro de un desastre ecológico y social causado por los excesos de los más ricos, hará que muy pronto sean los jóvenes quienes reclamen lo que les pertenece a ellos: el porvenir.
Diario Extra 20 marzo 2008

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