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RESONOCO

05/04/2008 GMT 1

Religión, razón y educación

marfuerte @ 21:20

Víctor Ml. Mora Mesén

Es necesario distinguir entre las diferentes vivencias religiosas

Director del Saint FrancisCollEge

La experiencia religiosa no puede ser equiparada con su estudio científico-social o filosófico. De la misma manera, el conocimiento acerca de lo religioso no se puede identificar con el pensamiento racional surgido de la experiencia de lo divino. Estas acotaciones parecen ser necesarias después de leer el artículo del señor Jaques Sagot, que apareciera el domingo 2 de marzo. Si bien en sus palabras hay un verdadero interés por despertar el deseo de preguntarse acerca del sentido último de la existencia, vivimos en una época en que lo “espiritual” comienza a parecerse a una mera vivencia estética: este es el peligro de desvincular la experiencia religiosa de su contenido hermenéutico.

Pensamiento teológico. En efecto, la irrupción de lo sagrado en la vida humana implica la construcción de nuevos significados, que se expresan en concepciones éticas, credos, ritos, etc. Pero no se limitan a esto; lo religioso configura la existencia y desarrolla una nueva manera de enfrentar la vida. En el ámbito del cristianismo, esta realidad se unió con los fundamentos de la racionalidad filosófica, dando origen a la Teología. Bajo la más estricta rigurosidad, el quehacer teológico consiste en preguntarse acerca del ser humano, su relación con el entorno y su vinculación con Dios, que ha sido revelado en Jesús de Nazaret. El Concilio Vaticano II habló de esta revelación como la voluntad comunicativa de Dios, que no quiere mantenerse al margen de la historia humana, sino que entra en ella como participante dialógico.

Todo esto caracteriza al cristianismo de forma particular y lo hace diferente a otras experiencias de lo religioso. Y este hecho ha determinado en gran parte la discusión filosófica del fenómeno religioso en Occidente. Esto queda en evidencia cuando hablamos de “Dios” o de “dioses”, en el fondo se proyecta la antigua herencia judeocristiana a las manifestaciones de lo sagrado, desde unos presupuestos racionales nacidos en el seno del helenismo. Esta es nuestra determinación cultural, la cual no debe ser obviada a la hora de definir un programa formativo que incluya la presentación de la vivencia religiosa. Todo ello implica que la crítica hacia la religión no puede prescindir del conocimiento del pensamiento teológico, ya que este es pertinente como una acción humana en medio de un contexto que nos inquieta e interroga. Sin embargo, muchas veces la ignorancia reina –con frecuencia lamentable en el mismo ámbito eclesial –, y resultan discursos carentes de valor objetivo: irreverencias seudorreligiosas o seudocientíficas a la capacidad intelectiva.

Enraizamiento de lo divino. Por todo esto disiento del señor Sagot. No da lo mismo cualquier tipo de acercamiento a lo religioso. No hay que caer en un falso posmodernismo que iguala todos los discursos y que los hace parecer productos de la mera inventiva humana. Si hay algo que necesitamos rescatar, es la seriedad de nuestros juicios para mantener una sana espiritualidad, que está muy lejos de ser una autoalienación. No es una experiencia intimista, descontextualizada, de lo sagrado lo que puede inspirar una vida, sino el enraizamiento de lo divino en el devenir humano. Toda manifestación religiosa se ha valido de las culturas en las que ha nacido para expresar su propuesta existencial y para incidir en su entorno de manera efectiva. Comprender esta dinámica puede ayudar a situarnos más objetivamente ante ellas.

¿Cuál es el objetivo de una formación religiosa? ¿Un conocimiento aséptico de la religión? Caeríamos, entonces, en una ridiculización de lo que ella es y dejaríamos de lado su fuerza interrogativa. A lo religioso hay que acercarse desde su impronta vital, sin dejar fuera de consideración todos los símbolos que produce. Para ello hay que desarrollar una capacidad muy dormida en nuestro medio: la disposición a ser impactados, cuestionados y retados.

Programas educativos. Cabe advertir que los programas educativos actuales en formación religiosa, al menos los diseñados para el sector público, no cumplen con estas expectativas. Para aquellos que profesamos la fe cristiana, nos urge hacer una distinción importante entre esta formación y la catequesis, que deberían ser procesos claramente diferenciados por sus objetivos y metas. La religión en los centros académicos debe suscitar la construcción de un razonamiento crítico, audaz y fundado, en claro diálogo con el mejor pensamiento teológico y filosófico a nuestro alcance. La catequesis debe entrar con sentido de compromiso en la vida eclesial y fortalecer la experiencia de cercanía con Jesús, para ser parte activa de la comunidad que se reconoce en la fe. Claro está, todo ello supone un cambio importante de mentalidad y actitud, que nos ayude a ser más responsables con el patrimonio espiritual que hemos heredado
periódico La Nación 22 marzo 2008

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