Columna A FONDO
José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
El conflicto de la República Popular China con el Tíbet, tiene su raíz añeja. Todo sistema totalitario ha tenido como una parte de su plataforma fundamental, el aliarse con las fuentes religiosas del pueblo que oprime. En este sentido, la dictadura de Franco, la de Pinochet y otras de su misma estirpe, generalmente de extrema derecha, supieron negociar una alianza que les dio tranquilidad, pues al tenerla el pueblo, la tiene su gobierno.
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Las iglesias cristianas han hecho creer que estando el hombre destinado al sufrimiento, debe de estar sometido a la iniquidad si ese es su destino. Más aún, por siglos blandió el extracto evangélico que dice que “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, con lo cual impuso una división entre el cristiano y el poder político, muro por el cual el primero no debía de cuestionar al segundo. Con excepciones nacidas, precisamente, en nuestra América Latina, la segunda mitad del Siglo XX vio nacer movimientos contrarios a estas tesis, engendrados dentro de las mismas iglesias de avanzada. El Vaticano intentó, pero no ha podido apaciguarlos del todo.
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El problema del totalitarismo ateo es que no negocia con nadie sino que reprime con armas. Se sabe bien, desde antes de Marx, que la espiritualidad hace libre a la persona y que, además, le concede la fortaleza de discernir bien y de luchar por esa libertad. Hoy, por ejemplo, vemos a monjes budistas en algunas partes del mundo, oponerse al yugo de la dictadura. Ghandi no fue un monje oficial, pero actuó como si lo fuera a los ojos occidentales. Nos enseñan la revolución sin armas, algo insospechado para nosotros en esta parte del mundo.
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China creyó que la prosperidad creada por su apertura al capitalismo controlado, podría acallar el ansia de libertad religiosa que tiene su pueblo. Como no lo logró hacer Fidel en su pequeña Cuba, tampoco en China en un inmenso territorio e inmenso poder. Ni lo logró Rusia, ni Camboya, ni ningún país comunista que haya tenido el afán de triturar los nobles ideales de su gente, inspirados por Dios. El materialismo y el ateísmo alcanzan victorias políticas, pero nunca humanas.
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Así como China Popular dio un viraje importante en su política económica cuando vio que el comunismo no produce prosperidad social, así esperamos también que dé un viraje en su represión social en contra de la religión y del Tíbet, en especial. Por conveniencia, aunque no sea por convicción. Al fin y al cabo, tontos han demostrado que no lo son.
periódico La Prensa Libre 25 marzo 2008

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