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RESONOCO

08/04/2008 GMT 1

Columna A FONDO2

marfuerte @ 23:42

José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
No exageramos cuando sugerimos al Gobierno que decrete un estado de “Calamidad Nacional” por las crisis en la seguridad ciudadana .

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Nosotros recibimos muchas informaciones del exterior por las muertes entre pandillas. Pero lo que está ocurriendo en Costa Rica es que los malos están matando a los buenos. A juzgar por la última campaña que presiona a la Corte Suprema de Justicia, a la Asamblea Legislativa y al mismo Gobierno, los buenos se están organizando para defenderse. Cuando esto ocurre, los primeros pasos es hacerlo así: haciendo llamados, solicitando ayuda, publicando avisos, implorando la paz.

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Pero la historia en nuestros países ha sido repetida: si tales esfuerzos no fructifican, como nunca han fructificado ni aún en países con un ejército que lanzan a las calles en persecución de la delincuencia, entonces se crean las “Manos Blancas”, que clandestinamente toman la ley por su cuenta y andan matando a cuanto delincuente, sospechoso de delincuente, o inocentes que encuentran “en el lugar equivocado”.

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En un solo fin de semana los bandoleros acaban de matar a un estudiante de medicina, a un estudiante colegial y a una mujer policía. Entre otros. Todo esto enerva los ánimos de una población que se siente absolutamente desprotegida. Porque si, volviendo a repetirlo, tuviéramos a un ejército en las calles, algún sentimiento de abrigo se podría percibir.

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Pero si, como ha sido demostrado y reclamado, hay algunos policías corruptos, muy pocos recursos logísticos y materiales para reaccionar, funcionarios sin los arrestos, sin la conciencia ni la capacidad para actuar contra lo que está pasando, entonces la ciudadanía no tiene la menor estima por la policía preventiva. Y si a eso sumamos la acción desalentadora de las Fiscalías y de los Tribunales de Justicia, que han soltado a cuando delincuente les llega, apenas minutos después, pues entonces, como dicen nuestros abuelos: “Estamos jodidos”.

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Y si sumamos una inmigración abierta desde hace muchos años, a cuyo amparo, tantos y tantos refugiados y asilados usan ese estatus para delinquir, entonces también, más que “jodidos” nos sentimos “acabados”. Y cuando un inocente se siente acabado, le importa poco lo que se lleva en su entierro porque no hay nada peor que sentirse víctima de una injusticia.
periódico La Prensa Libre 27 marzo 2008

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