Entre conservadores... y conservadores
Sergio I. Moya Mena
Las opciones en las elecciones legislativas celebradas en Irán el pasado 14 de marzo, se limitaban a dos bandos bien definidos: conservadores o ultraconservadores. El margen de maniobra de los sectores políticos de talante reformista -afines al ex presidente Mohammad Khatami, rival político del actual presidente Mahmoud Ahmadinejad- fue muy reducido, pues el Ministerio del Interior junto al Consejo de Guardianes, compuesto de 12 juristas religiosos designados por el Líder Supremo, el Ayatollah Alí Khamenei, habían rechazado la candidatura de más de 2000 reformistas, alegando acusaciones como “mala reputación, actuar contra el Estado o insuficiente compromiso con el Islam”. El propio Khamenei había “solicitado” reiteradamente que el pueblo votara por los conservadores, que claman estricta adherencia a los valores de la Revolución Islámica de 1979.
Se trata de un paso más en la escalada de autoritarismo que vive el país desde hace algunos años. Con el pretexto de proteger la “seguridad nacional”, periódicos y revistas independientes han sido cerrados y muchos profesores universitarios críticos al gobierno han sido despedidos. Además, la tortura y malos tratos continúan aplicándose entre los detenidos, la policía persigue a las mujeres que no visten “decentemente” e Irán sigue siendo el país del mundo con más sentenciados a muerte por delitos cometidos antes de cumplir los 18 años.
Sin embargo, parece claro que esta arremetida contra los reformistas, que la organización Human Rights Watch ha calificado como una “violación flagrante a los principios básicos de una elección libre y justa”, perseguía también silenciar el voto de protesta por la crisis económica que vive el país. A pesar de que los incrementos en la producción de petróleo y gas impulsarán el crecimiento económico (se estima que sólo en el último año el país ha recibido $63 billones por exportaciones petroleras), el alza en los alimentos y los alquileres ha disparado la inflación hasta un 18% y el Gobierno se muestra incapaz de frenar el desempleo, atraer más inversión extranjera o siquiera, suministrar gas natural a decenas miles de habitantes en todo el país, lo cual ha dejado a muchos sin calefacción. Cerrarle el paso a los reformistas era también una forma de amordazar a aquellos que pedían una política exterior menos beligerante frente a Occidente.
Dado el carácter poco competitivo de las elecciones, el escrutinio de los votos se enfocó más bien en determinar cuál de las facciones conservadoras sacaría mejor provecho: la ultra-radical de Ahmadinejad o las más pragmáticas, encabezadas por el antiguo negociador nuclear Ali Larijani, el ex comandante de la Guardia Revolucionaria Mohsen Rezai, o la del alcalde de Teherán, Muhammad Qalibaf. Larijani y Qalibaf son considerados como potenciales rivales de Ahmadinejad en las elecciones presidenciales de 2009, en las que no parece que ningún reformista vaya a tener posibilidades reales. Esta situación implicará que en dichas elecciones los iraníes podrán escoger entre planteamientos económicos diversos, pero no respecto a la política exterior del país, materia en la que existe cierto consenso entre los conservadores: todos apoyan la defensa del programa nuclear iraní, la retórica nacionalista y el apoyo a las facciones chiítas iraquíes y a Hezbollah en el Líbano.
Por el momento, Ahmadinejad puede respirar con alguna tranquilidad, no solo ha podido frenar a los sectores más críticos sino que sigue teniendo el apoyo del Ayatollah Khamenei. A esto hay que agregar que la amenaza de un ataque militar de Estados Unidos contra Irán ha disminuido considerablemente después de la publicación de un informe de inteligencia de la potencia que concluye que Irán dejó de desarrollar armas nucleares en 2003.
Pero más allá de la definición del futuro político de Ahmadinejad en las elecciones presidenciales del año entrante, los acontecimientos recientes resaltan el papel central e incuestionable del cauteloso y enigmático Khamenei como Líder Supremo y la consolidación de su estrategia de poder. Lejos de lo que se suele suponer, Khamenei no es ni ha sido un figura conciliadora entre los distintos sectores políticos iraníes. Su actitud durante los últimos veinte años ha sido favorecer claramente a las facciones conservadoras, lo cual ha evitado que presidentes más o menos moderados como Hashemi Rafsanjani o pragmáticos como Mohammad Khatami llevaran adelante políticas dirigidas hacia una mayor democratización del país, la liberalización de la economía o un acercamiento a la comunidad internacional. Khamenei no solo es quien dice la última palabra en todas las grandes decisiones sino que controla estamentos medulares del poder como la Guardia Revolucionaria, la milicia Basij integrada por millones de miembros y el Consejo de Guardianes.
El año entrante Irán celebrará el treinta aniversario de la revolución que derrocó al Shah e instauró la república islámica, pero la hegemonía conservadora que representa Khamenei no parece ofrecer mucho espacio político para las transformaciones. El pulso entre modernización o retorno al purismo revolucionario parece, por el momento, estar decidido.
periódico LA Prensa Libre 27 marzo 2008

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