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RESONOCO

10/04/2008 GMT 1

Página Germinal

marfuerte @ 00:48

Año 2 No. 59

Alfonso Chase
El pensamiento y la acción creativa del sacerdote Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) ha sido incorporado este año como legado especial al ejercicio de la literatura, es decir, como escritor reconocido y de amplios valores estéticos, junto a su aporte a la geología, la paleontología y su visión religioso filosófica, que tantos conflictos provocó en su tiempo, y tanto rechazos mereció aún después de su muerte. El corpus literario de este admirable religioso se ha incorporado a la literatura sacra del siglo XX, con pleno valor estético, invención, realidad y fantasía, y un sostenido andamiaje de cultura, pero el cual debe verse como un aporte literario al desarrollo de la cultura francesa de todos los tiempos.

Se ha dado gran valor al aporte de las ideas del sacerdote, inundadas de un halo de poesía que transforma el lenguaje científico, para dar a la expresión personal creativa el valor de estar haciendo un estilo, casi desde sus primeros trabajos, sobre la base científica de lo que iba haciendo, pero rebuscando en la belleza insólita de su propuesta de conocimiento, una manera de ser y estar en las palabras, las frases, las ideas expuestas que escaparon al lenguaje meramente científico, dentro del cual quiso vérsele, aun después de la edición de sus obras póstumas.

La literatura religiosa de su época parece haberse enriquecido con sus concisas propuestas de lectura, a partir de las propias historias inventadas o de todo aquello que, como legado de los siglos, él encontró en las excavaciones, las rocas, los cuerpos absorbidos por el tiempo y su manera de ver hacia el arriba del cielo, donde palpitan nebulosas y galaxias.

Es claro que en este reconocimiento de Pierre Teilhard de Chardin, como escritor realmente importante, hay un rescate para el valor de su prosa sinfónica, el medio y la fe mística que supone trascender a otros universos, presentes en la distancia y las cosas cotidianas, para llegar al corazón de la materia y descubrirla como sujeto de la vida misma en el universo. No es que el pensamiento, y sus resultados, se hayan arrinconado hacia la ficción como invención, sino que además del valor científico anticipatorio de sus escritos, hay en él un notable escritor en lengua francesa y universal. Posterior a cualquier recuerdo suyo, siempre quedará el valor de la resurrección de contribuir a la belleza del universo.

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• Pierre Teilhard de Chardin
El fuego en el mundo

Ilustración: foto del padre Teilhard de Chardin
Está hecho.
El fuego ha penetrado una vez más la Tierra.

No ha caído ruidosamente sobre las cimas, como el rayo en su estallido. ¿El dueño fuerza las puertas para entrar en su casa? La llama lo ha iluminado todo sin sacudidas, sin trueno, desde dentro. Desde el corazón del más pequeño de los átomos hasta la energía de las leyes más universales ha invadido individualmente y en su conjunto, con naturalidad, a cada uno de los elementos, a cada uno de los resortes, a cada una de las conexiones de nuestro Cosmos, de tal forma que podría creerse que el Cosmos se ha inflamado espontáneamente.

En la nueva humanidad que se está engendrando hoy, el Verbo, ha prolongado el acto sin fin de su nacimiento, y en virtud de su inmersión en el seno del Mundo, las grandes aguas de la Materia se han cambiado la vida sin un estremecimiento. Nada se ha estremecido, en apariencia, en esta inefable transformación. Y, sin embargo, al contacto de la palabra sustancial, el Universo, inmensa hostia, se ha convertido, misteriosa y realmente, en carne. Desde ahora, toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu encarnación.

Hace ya mucho tiempo que nuestros pensamientos, y nuestras experiencias humanas habían reconocido las extrañas propiedades que hacen al Universo tan semejante a una carne…
Lo mismo que la carne, nos atrae por el encanto que flota en el misterio de sus pliegues y la profundidad de sus ojos.

Lo mismo que la carne, se descompone y se nos escurre tras los esfuerzos de nuestros análisis, de nuestros fracasos y de su propia duración.

Lo mismo que la carne, no se comprime realmente más que en el esfuerzo sin fin para alcanzarle siempre más allá de lo que se nos concede.

Todos nosotros, Señor, advertimos esa mezcla turbadora de proximidad y de distancia cuando nace. Y no hay, en la herencia de dolor y de esperanza que se transmiten las edades, no hay nostalgia más desolada que la que hace llorar al hombre de irritación y de deseo en el seno de la presencia que flota, impalpable y anónima, en todas las cosas, a su alrededor: “Si forte attrectent eum”.

Ahora, Señor, por medio de la consagración del Mundo, el resplandor y el perfume que flota en el Universo adquieren para mí cuerpo y rostro en ti. Eso que entreveía mi pensamiento indeciso, eso que reclamaba mi corazón en aras de un deseo inverosímil, me lo das tú magníficamente: que las criaturas sean no solo de tal modo solidarias entre sí, que ninguna pueda existir sin todas las demás para rodearla, sino que estén de tal forma suspendidas en un mismo centro real que una verdadera vida, sufrida en común, les proporcione, en definitiva, su consistencia y su unión.

¡Haz, Dios mío, que estalle, forzada por la audacia de tu revelación, la timidez de un pensamiento pueril que no tiene arrestos para concebir nada más vasto ni más vivo en el mundo que la miserable perfección de nuestro organismo humano! En el camino hacia una comprensión más atrevida del Universo, los hijos del siglo superan todos los días a los maestros de Israel. Tú, Señor Jesús, “en quien todas las cosas encuentran su subsistencia”, revélate al fin a quienes te aman como el alma superior y el foco físico de la creación. Nos va en ello la vida; ¿no lo ves tú así? Si yo no pudiera creer que tu presencia real anima, templa, enardece la más insignificante de las energías que me penetran o me rozan ligeramente, ¿no resultaría que, transido hasta la médula de mi ser, me moriría de frío?
¡Gracias, Dios mío, por haber dirigido mi mirada de mil maneras hasta hacerle descubrir la inmensa sencillez de las cosas! Poco a poco, en virtud del desarrollo irresistible de las aspiraciones que tú has depositado en mí cuando era un niño, bajo la influencia de amigos excepcionales que se han cruzado en momentos determinados en mi camino para ilustrar y fortificar mi espíritu con el despertar de iniciaciones terribles y dulces cuyos círculos tú me has hecho franquear sucesivamente, he llegado a no poder y a ver nada ni respirar fuera del medio en el que todo no es más que uno. En este momento en que tu vida acaba de pasar, con un aumento de fortaleza, al sacramento del Mundo, gustaré con una conciencia acrecentada, la fuerte y tranquila embriaguez de una visión cuya coherencia y armonía no logro agotar. Lo que yo experimento, frente y dentro del Mundo asimilado por tu carne, convertido, frente y dentro del Mundo asimilado por tu carne, convertido en tu carne, Dios mío, no es ni la absorción del monista ávido de fundirse en la unidad de las cosas, ni la emoción del pagano prosternado a los pies de una divinidad tangible, ni el abandono pasivo del quietismo que se mueve a merced de las energías místicas. Aprovechando algo de la fuerza de estas diversas corrientes, sin lanzarme contra ningún escollo, la actitud en que me sitúa tu presencia universal es una admirable síntesis en que se mezclan, corrigiéndose, tres de las más formidables pasiones que puedan jamás soplar sobre un corazón humano.

Lo mismo que el monista, me sumerjo en el Universo total; más la unidad que me recibe es tan perfecta que sé encontrar en ella, perdiéndome, el perfeccionamiento último de mi individualidad. Lo mismo que el pagano, yo adoro a un Dios palpable. Llego incluso a tocar a ese Dios en toda la superficie y la profundidad del Mundo de la Materia en que me encuentro cogido. Mas para asirlo como yo quisiera (para seguir sencillamente tocándole) necesito ir más lejos, a través y más allá de toda limitación, sin poder jamás descansar en nada, empujado en cada momento por las criaturas y superándolas en todo momento, en un continuo acoger y en continuo desprendimiento.

Lo mismo que el quietista, me dejo mecer deliciosamente por la divina fantasía. Mas, al mismo tiempo, sé que la voluntad divina no me será revelada en cada momento más que dentro de los límites de mi esfuerzo. No palparé a Dios en la Materia, como Jacob, más que cuando haya sido vencido por él.

Así, por habérseme aparecido el objeto definitivo, total, en que se ha insertado mi naturaleza, las potencias de mi ser comienzan a vibrar espontáneamente al unísono con una nota única, increíblemente rica, en la que yo distingo, asociadas sin esfuerzo, las más opuestas tendencias: la exaltación de obrar y la alegría de padecer; la voluptuosidad de poseer y la fiebre de superar; el orgullo de crecer y la felicidad de desaparecer en alguien mayor que uno mismo.

Enriquecido con la savia del Mundo, subo hacia el Espíritu que me sonríe más allá de toda conquista, envuelto en el esplendor concreto del Universo. Y no sabría decir, perdido en el misterio de la carne divina, cuál es la más radiante de estas dos beatitudes; haber encontrado al Verbo para dominar la Materia o poseer la Materia para llegar hasta la luz de Dios y experimentar sus efectos.

Haz, Señor, que tu descenso bajo las especies universales no sea para mí estimado y acariciado solo como el fruto de una especulación filosófica, sino que se convierta verdaderamente en una presencia real. En potencia y de hecho, lo queramos o no, tú te has encarnado en el Mundo y vivimos pendientes de ti. Más, de hecho, es necesario (¡y cuánto!) que estés igualmente próximo a todos nosotros. Situados, todos juntos, en el seno de un mismo Mundo, formamos, sin embargo, cada uno de nosotros nuestro pequeño Universo, en que la encarnación se opera independientemente, con una intensidad y unos matices incomunicables. He aquí por qué en nuestra oración en el altar pedimos que la consagración se haga para nosotros: “Ut nobis corpus et sanguis fiat…”. Si creo firmemente que todo en torno a mí es el cuerpo y la sangre del Verbo, entonces para mí (y en cierto sentido para mí solo) se produce la maravillosa “diafanía” que hace transparezca objetivamente en la profundidad de todo hecho y de todo elemento el calor luminoso de una misma vida. Si, por desgracia, mi fe se debilita, inmediatamente la luz se apaga, todo se hace oscuro, todo se descompone.

Señor, en este día que está comenzando acabas de descender. ¡Ay! ¡Qué infinita diversidad en los grados de su presencia a través de los acontecimientos que se preparan y que todos nosotros experimentaremos! Tú puedes estar un poco, mucho, cada vez más, o no estar en absoluto en las mismas circunstancias que están a punto de envolverme a mí y de envolver a mis hermanos.

Para que ningún veneno me dañe hoy, para que ninguna muerte me mate, para que ningún vino me embriague, para que te descubra y te sienta en toda criatura, ¡haz, Señor, que crea!

Revista Abanico, periódico La Prensa Libre 29 marzo 2008.

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