Columna Ojo crítico
Rodolfo Cerdas
politólogo
Cada quien creerá en lo que quiera. Unos en las apuestas más que en las encuestas. Y otros, como el Dr. Panglós, el personaje del Cándido de Voltaire –de los que aquí hay muchos–, que este es el mejor de los mundos y que la nariz se hizo para sostener los anteojos.
Pero la crisis de los partidos y su sistema es realmente profunda, estructural, orgánica y funcional. No es exclusiva de Costa Rica, aunque aquí es de crecimiento, de profundización y ampliación de las libertades democráticas y de la participación ciudadana.
Por eso exagerar el significado de las encuestas conduce a que los árboles nos oculten el bosque. Los datos duros sobre el régimen político y la evolución histórica de sus problemas –abstencionismo, desafección partidaria, desencanto político, percepción serial de los partidos, de la Asamblea, del Ejecutivo, etc.– obligan a no confundir el detonante con la bomba, ni los síntomas con la enfermedad. Ese error ya se cometió en otros países donde la democracia tenía también tradición y solidez –Venezuela, por ejemplo–, y no se justifica repetirlo aquí. Es hora de exigir a las dirigencias sociales y políticas un sentido crítico más alto y estricto, menos complaciente e interesado y más atalayador; y, sobre todo, perder el miedo a las diferencias de opinión y a la oposición política.
La crisis de los partidos y su sistema no es cuestión de más o menos simpatías, sino de que esas entidades, en cuanto tales, no representan, ni estructuran, ni dirigen y ni integran las demandas de la sociedad. Carecen de los órganos esenciales para existir, y los que se supone que hay, no funcionan; su débil cohesión nace de un interés electoral difuso en busca de posiciones futuras, pero no de programas, ideologías o unidad de propósitos. El familismo político es cada vez más un retardatario factor estructurante y la fracción sustituye el todo.
No hay pronunciamientos partidarios sobre la agenda nacional; a lo sumo opiniones personales contradictorias. Con Oduber podría decirse que hoy no hay partidos y casi ni maquinarias electorales. Los tradicionales no funcionan, salvo si se disuelve el PLN en el gobierno, y el PUSC en ¿Lorena Vásquez, Luis Fishman, Rafael A. Calderón o, según se dice, Otto Guevara? Y los que no son tan nuevos, o desaparecen o no acaban de estructurarse.
En tanto, una decisiva y huérfana masa ciudadana, que divide al país en dos mitades, oscila incrédula y expectante y dispuesta, como revólver chocho, a dispararse para cualquier lado. ¡Qué poco parece haberse aprendido, política y sociológicamente, del referéndum!
periódico La Nación 30 marzo 2008

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