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RESONOCO

11/04/2008 GMT 1

El problema de la esperanza

marfuerte @ 00:03

Dominique Moisi

Dominique Moisi es fundador y asesor del Ifri (Instituto Francés de Relaciones Internacionales); actualmente es catedrático en el Colegio de Europa en Natolin, Varsovia. Copyright: Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org Traducción de Kena Nequiz

PARÍS – En Europa las elecciones presidenciales de Estados Unidos se siguen con un interés apasionado. Se ven como una larga saga llena de sorpresas. De este lado del Atlántico algunos incluso envidian las calidades humanas e intelectuales de los tres candidatos restantes y se oyen cosas como “¿podríamos tomar prestado a alguno de sus candidatos?”. Muchos europeos piensan que los tres candidatos son excelentes y que, a diferencia de elecciones anteriores, Estados Unidos sufre de un exceso de calidad.

Pero el interés de los europeos en estas elecciones presidenciales no puede ocultar el hecho de que no es claro lo que se espera de ellas. Los europeos quieren unos Estados Unidos más “normales”, más cercanos a sus valores, pero a la vez les preocupa que unos Estados Unidos más modestos exigirían más de ellos en la esfera del poder militar “duro”. Estados Unidos como modelo o Estados Unidos como protector – este “dilema europeo” es nuevo en sí mismo. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los europeos consideraban a Estados Unidos tanto su protector contra los objetivos expansionistas de la Unión Soviética como el actor externo clave para la reconstrucción moral y económica de su continente profundamente herido.

El sueño alternativo. Este ya no es el caso. La caída de la URSS, las heridas que Estados Unidos se ha provocado a sí mismo –particularmente en Iraq– y el surgimiento espectacular de Asia han cambiado las percepciones europeas sobre aquel país. Estados Unidos ya no es el protector o el modelo que solía ser, ni está sólo en términos de influencia y poder. Incluso se puede decir que la Unión Europea se ha convertido poco a poco en una fuerza “normativa” en el mundo como reacción a la evolución del poder de Estados Unidos. Europa sabe desde hace mucho que nunca podrá equilibrar a Estados Unidos en la esfera del “poder duro”; pero, ante la disminución del “poder suave” de ese país, fue más importante que nunca encarnar el rostro “humano” y respetuoso de la ley de Occidente.

En este sentido, Europa ha llegado a considerarse, al menos en parte, como un sueño alternativo para todos los que han dejado de soñar con Estados Unidos. Pero visto desde dentro, el modelo de la UE es menos convincente. Por lo tanto, muchos europeos siguen sintiendo nostalgia por unos Estados Unidos como modelo. Para estos europeos, Barack Obama, con su campaña de la “esperanza”, es el candidato ideal para restablecer, como por arte de magia, el poder suave de Estados Unidos. Después de todo, él encarna el sueño americano.

Pero algunos europeos prefieren a Hillary Clinton o inclusive a John McCain, porque les preocupan las consecuencias para los socios europeos de Estados Unidos de un candidato más limitado y menos experimentado. Les preocupa no sólo su capacidad sino la vieja cuestión trasatlántica de “compartir la carga”. La duda implícita en las reservas de algunos europeos en cuanto a Obama se puede formular en una pregunta: “¿Tendremos que hacer más en Afganistán y otros lugares?”.

Visión defensiva. ¿Podría el restablecimiento de la reputación internacional de Estados Unidos resultar negativo para Europa al erosionar su nuevo monopolio de la representación de los valores occidentales y forzarla a que retome sus obligaciones de poder duro? ¿Podría ser que un candidato del miedo –McCain o, cada vez más, Clinton– sea mejor para los intereses de Europa que un candidato de la esperanza? Con Obama en el poder sería más difícil para los europeos –al menos al principio– acusar a Estados Unidos, aun si la “nueva Francia” de Nicolás Sarkozy ya se ha alejado de esa fácil tentación. Pero también sería más difícil rechazar un llamado para compartir más la carga en el mundo.

Esta visión “defensiva” de las relaciones trasatlánticas es problemática. Lo mejor para Europa y para el mundo son unos Estados Unidos con confianza en sí mismos, que se deshagan de su cultura del miedo y redescubran las raíces de su cultura de la esperanza. Esos son los Estados Unidos de Obama. Por supuesto, mientras mayores sean las expectativas, mayor es el riesgo de desilusión. Pero después de ocho años del auto aislamiento de Estados Unidos impuesto por Bush, es un riesgo que vale la pena correr.

Aunque Estados Unidos ya no es la única superpotencia mundial, sigue siendo la “nación indispensable”. Los europeos tienen razón al sentirse fascinados por las elecciones presidenciales en ese país. Independientemente de quién gane, las consecuencias del resultado se sentirán en todo el mundo.
periódico LA Nación 30 marzo 2008

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